El Hijo prometido, la muerte del pacto y la gloria del Resucitado
Capitulo 1
El Hijo prometido, la muerte del pacto y la gloria del Resucitado
La fe cristiana no nace de una idea sublime ni de una intuición religiosa convertida después en doctrina: nace del obrar soberano de Dios en su Hijo. El evangelio proclama que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Ungido esperado desde antiguo, en quien convergen las promesas hechas a Israel, la voz de los profetas y el designio eterno de salvación para el mundo. Por eso, cuando el Resucitado abrió las Escrituras a sus discípulos, les mostró que en Moisés, en los profetas y en los salmos se hablaba de él (Lc 24:26-27, 44); por eso mismo, la predicación apostólica lo confesó sin vacilación como «Señor y Cristo» (Hch 2:36).
Desde el principio, la Iglesia ha reconocido que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios. No comenzó a existir en Belén, ni recibió en el tiempo una dignidad que antes no poseyera. Antes de la creación ya era: «En el principio era el Verbo» (Jn 1:1). Antes de su nacimiento ya compartía la gloria del Padre, como él mismo oró: «Glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Jn 17:5). El enviado no era un hombre meramente escogido; era el Hijo eterno, por quien fueron hechas todas las cosas (Jn 1:3), en quien todas subsisten (Col 1:15-17) y en quien resplandece la misma gloria de Dios (Heb 1:1-3).
Y, sin embargo, este Hijo eterno no permaneció distante. En la plenitud del tiempo, «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley» (Gál 4:4). El Verbo se hizo carne, participó de carne y sangre (Heb 2:14), compartió nuestra condición y se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (Heb 4:15). Así, el que eternamente era Hijo de Dios llegó a ser, en la historia, descendiente de David según la carne (Ro 1:3; 2 Ti 2:8). No comenzó entonces a ser Hijo, pero sí llegó a ser hijo de David por medio de la encarnación. En él se cumplieron las antiguas promesas: el heredero esperado, el Rey prometido y el hijo de David eran el mismo Hijo eterno hecho hombre.
Los evangelios lo muestran caminando entre los hombres con una cercanía que no fue apariencia, sino misericordia encarnada. Tocó al leproso y lo limpió (Mt 8:2-3); miró con compasión a las multitudes cansadas y dispersas (Mt 9:36); se acercó al quebrantado, acogió al cansado y levantó al caído. En Jesús, la bondad de Dios dejó de ser un atributo invisible: tomó rostro, tomó voz, tomó manos que tocaron la miseria humana sin retroceder.
Sus obras no fueron simples manifestaciones de poder, sino señales del reino de Dios irrumpiendo en un mundo herido. Donde había enfermedad, sanaba; donde había opresión, libertaba; donde había impureza, restauraba. Mateo vio en estas acciones el cumplimiento de Isaías: «Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias» (Mt 8:16-17; Is 53:4). Pedro lo resumió con palabras memorables: Jesús «anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10:38). Su ministerio no se reduce a enseñanza moral: fue la visita salvadora de Dios a su pueblo.
Pero el mundo, que tanto necesitaba su luz, no lo recibió. «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Jn 1:11). El Santo fue rechazado por pecadores; el Justo, condenado por injustos; el lleno de gracia y de verdad, entregado a la violencia. Fue despreciado, escarnecido, golpeado y conducido a la muerte, como lo narran con sobria gravedad los relatos de la pasión (Mt 26:67-68; Mt 27:27-31). Pedro lo llamó «el Santo y el Justo», a quien los hombres mataron (Hch 3:14-15). La historia de Jesús revela, al mismo tiempo, la bondad de Dios que se acerca al hombre y la dureza del corazón humano que se levanta contra el Santo de Dios.
Los apóstoles nunca ocultaron esta doble realidad. Pedro proclamó en Jerusalén que Jesús fue entregado «por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios», pero fue crucificado «por manos de inicuos» (Hch 2:23). La cruz sucedió según el designio divino, pero esto no borra la responsabilidad humana. Herodes, Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel se aliaron contra Jesús para cumplir lo que la mano y el consejo de Dios habían predeterminado (Hch 4:27-28). La soberanía de Dios no absuelve la maldad del hombre, ni la maldad del hombre frustra su propósito eterno.
Sin embargo, la muerte de Cristo no fue solo el fin de una vida justa ni el cierre trágico de un ministerio santo: fue el acto decisivo del propósito redentor de Dios. En ella se inauguró el Nuevo Pacto. Por eso, al entregar la copa, Jesús declaró: «Esto es mi sangre del nuevo pacto» (Mt 26:28; cp. Lc 22:20; 1 Co 11:25). Hebreos lo presenta como mediador de una alianza mejor, cuya entrada en vigor dependió de su muerte (Heb 9:15-18). Su sangre es el sello eficaz de la promesa anunciada en Jeremías: «He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto» (Jer 31:31-34).
De esta alianza brotan sus dones preciosos: la remisión de los pecados («Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado», Jer 31:34), la purificación de la conciencia («la sangre de Cristo… limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo», Heb 9:14) y el acceso libre a Dios («Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo», Heb 10:19). Esta obra no es meramente individual ni interior: alcanza incluso las realidades celestiales (Heb 9:23-24) y reúne en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos, formando un pueblo santo (Jn 11:51-52; Ef 2:11-22; 1 P 2:9-10).
Con esta nueva economía surge también un sacerdocio nuevo y definitivo. El Salmo 110 lo había anticipado: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (Sal 110:4). Así como el Hijo eterno llegó a ser hijo de David por la encarnación, llegó a ser Sumo Sacerdote en la historia por la resurrección, entrando en «el poder de una vida indestructible» (Heb 7:16). Lo provisional cedió paso a lo definitivo; lo repetido, a lo perfecto.
La historia de Jesús no concluye en la cruz: Dios lo levantó de entre los muertos. Pedro proclamó: «Era imposible que fuese retenido por ella» (Hch 2:24). Pablo resume el evangelio: Cristo murió, fue sepultado y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras (1 Co 15:3-4). En la resurrección, el Padre vindicó públicamente a su Hijo y le concedió una vida indestructible (Ro 6:9; Heb 7:16).
Exaltado a la diestra de la Majestad en las alturas (Heb 1:3), el Resucitado ejerce ahora su ministerio como gran Sumo Sacerdote. El que murió por los suyos es el mismo que vive por los suyos: «Cristo… murió; más aún, resucitó, el que también está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» (Ro 8:34). Él puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, «viviendo siempre para interceder por ellos» (Heb 7:25). La purificación de la conciencia, el acceso al Santísimo y la sostenida comunión con Dios no son beneficios abstractos ni automáticos: pertenecen al ministerio vivo y celestial de este Sacerdote. La sangre del pacto y el sacerdocio del Resucitado forman una sola obra indivisible.
Así se contempla la obra de Cristo en su unidad santa y gloriosa. El Hijo eterno se hizo hombre y llegó a ser hijo de David por la encarnación. Caminó entre nosotros, llevó nuestras dolencias, manifestó la misericordia de Dios y fue rechazado. En su muerte derramó la sangre con la que se inauguró el Nuevo Pacto. Al resucitar, entró en el poder de una vida indestructible y llegó a ser Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec. Exaltado, ministra ahora en favor de su pueblo: purifica la conciencia, sostiene el acceso al Santísimo e intercede perpetuamente por los que se acercan a Dios por medio de él.
Por eso, toda confesión cristiana —y este libro— debe comenzar con Cristo mismo, contemplado en la plenitud de su obra: no solo como Maestro, sino como Mesías; no solo como Hijo eterno, sino como hijo de David encarnado; no solo como Crucificado, sino como inaugurador del pacto; no solo como Resucitado, sino como el que entró en una vida indestructible; no solo como Exaltado, sino como Sacerdote vivo; no solo como Salvador de individuos, sino como Cabeza de un pueblo nuevo, pues Dios «lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia» (Ef 1:22-23).
Cuando se contempla a Cristo como las Escrituras lo presentan —el Hijo prometido, el Hijo eterno hecho carne, el hijo de David, el Crucificado cuya sangre inauguró el pacto, el Resucitado victorioso, el Exaltado que abrió el camino y el Sumo Sacerdote vivo que sostiene para siempre a su pueblo delante de Dios—, entonces aparece ante nosotros, en toda su armonía gloriosa, la grandeza de su obra redentora. Todo converge en él. Todo se cumple en él. En Cristo, la promesa se hace realidad, el pacto se sella con sangre, el perdón se concede, la conciencia es purificada, el acceso se abre y se sostiene, y la esperanza eterna queda asegurada. Aquí está el centro del evangelio. Aquí está su gloria.

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