Dos formas de leer el Nuevo Pacto

Dos formas de leer el Nuevo Pacto

Samuel Pérez Millos y la arquitectura de una diferencia

No toda diferencia teológica nace de una negación frontal. A veces dos lecturas pueden compartir las mismas palabras fundamentales —Cristo, pacto, sangre, sacerdocio, remisión, acceso— y, sin embargo, divergir de manera profunda. No porque una afirme lo que la otra niega, sino porque cada una ordena esas realidades de manera distinta. A menudo, el verdadero contraste no está en el vocabulario, sino en la arquitectura. No está en las piezas, sino en el modo en que son dispuestas. Ese es, precisamente, el caso aquí.

La lectura de Samuel Pérez Millos sobre Hebreos, según los materiales que he revisado, no puede ser descartada como si se tratara de una visión simplista o unilateral. Sería injusto hacerlo. Samuel reconoce de forma clara la centralidad de Cristo, la insuficiencia del antiguo sistema, la superioridad del sacerdocio del Hijo, la función de la sangre en el Nuevo Pacto, la realidad de la purificación y la remisión definitiva de los pecados. En su comentario, el Nuevo Pacto aparece unido a la mediación sacerdotal de Cristo, a la eficacia de su sacrificio y a la apertura del acceso a Dios. Todo eso está ahí, y debe ser reconocido antes de plantear cualquier objeción. � � �

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Pero reconocer esto no cancela la necesidad de una respuesta. Al contrario, la hace más importante. Porque cuando la interpretación de un autor es seria, el desacuerdo no puede formularse desde la caricatura, sino desde la precisión. Y la precisión, en este caso, exige decir que la diferencia entre Samuel y lo que aquí propongo no consiste en que él no vea el pacto, o no vea la sangre, o no vea el sacerdocio. La diferencia consiste en que su explicación se organiza principalmente desde la categoría del sacrificio perfecto, mientras que la arquitectura que yo propongo se ordena desde una secuencia más amplia y más rigurosa: encarnación, cruz, pacto inaugurado, resurrección, sacerdocio, purificación, remisión y acceso.

La cercanía y la distancia

Hay algo profundamente atractivo en la forma en que Samuel organiza el argumento de Hebreos 9. El antiguo sistema aparece como sombra, limitación, impotencia. El santuario terrenal, el orden levítico, la repetición de los sacrificios y la incapacidad de perfeccionar al adorador sirven para iluminar por contraste la obra de Cristo. En ese marco, el sacrificio del Hijo aparece como perfecto, definitivo e irrepetible, y sobre esa base Samuel explica la purificación, la remisión, el acceso a Dios y la herencia eterna. Esa forma de leer el texto tiene fuerza y coherencia. No es arbitraria. Nace del contraste explícito que Hebreos mismo establece entre el antiguo orden y la obra consumada de Cristo. �

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Y, sin embargo, precisamente ahí nace la distancia entre su lectura y la mía. Porque la fuerza del contraste no debe llevarnos a simplificar demasiado deprisa la secuencia interna del argumento. Es verdad que el sacrificio de Cristo es perfecto. Es verdad que su sangre inaugura el pacto. Es verdad que su obra trae remisión. Pero la pregunta que debe seguir en pie es esta: ¿qué lugar ocupa cada una de estas realidades dentro de la economía total de la obra del Hijo? Mi convicción es que, si no mantenemos esa pregunta abierta, terminamos dejando que la cruz explique por sí sola lo que Hebreos distribuye entre la cruz, la resurrección y el ministerio sacerdotal del Resucitado.

El punto donde ambos se encuentran

Antes de seguir, es importante decir con claridad dónde Samuel y yo nos encontramos. Ambos afirmamos que la sangre de Cristo es indispensable. Ambos afirmamos que el Nuevo Pacto no puede separarse de la muerte del Hijo. Ambos afirmamos que la remisión de los pecados es un don definitivo de la nueva alianza. Ambos afirmamos que el antiguo sistema era insuficiente y que Cristo ha introducido una realidad superior y final. Ambos afirmamos, además, que Cristo es el mediador sacerdotal del Nuevo Pacto. � � �

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La diferencia, por tanto, no nace en la superficie. Nace más abajo. Nace en la forma de enlazar esas afirmaciones. Samuel hace del sacrificio perfecto el eje explicativo principal. Yo, en cambio, sostengo que la sangre derramada inaugura el pacto, sí, pero que la purificación y el sacerdocio no deben quedar completamente absorbidos por ese único momento. Para decirlo con mayor precisión: Samuel lee con más fuerza desde la eficacia sacrificial; yo quiero leer desde la secuencia pactual y sacerdotal.

El sacrificio como centro o la secuencia como clave

En Samuel, el Nuevo Pacto queda fuertemente ligado al sacrificio perfecto de Cristo. La purificación se explica desde ese sacrificio. La remisión se apoya en la sangre derramada. La mediación de Cristo se asienta sobre esa obra definitiva. Esta forma de leer no es falsa. Pero sí me parece insuficiente, porque hace que el sacrificio se convierta en la categoría que explica de manera dominante tanto la purificación como la remisión y la eficacia del pacto. � �

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Yo propongo, en cambio, una lógica más precisa. No digo simplemente: sangre, luego perdón. Digo: sangre derramada, pacto inaugurado, remisión de pecados. Esa diferencia puede parecer sutil, pero no lo es. En la lectura de Samuel, la remisión corre el riesgo de ser vista como la consecuencia directa e inmediata del sacrificio, casi como una relación lineal suficiente en sí misma. En la mía, la sangre derramada no se entiende al margen del pacto; es sangre del pacto. La remisión no cae directamente de la sangre como si se tratara de una mecánica sacral; la remisión se da dentro del pacto ya inaugurado.

Eso obliga a leer de otra manera Hebreos 9:22. Samuel acierta al subrayar que sin derramamiento de sangre no hay remisión. Yo no niego eso. Lo que niego es que esa frase pueda ser aislada del marco pactual que la sostiene. Porque si la sangre es sangre del pacto, entonces la remisión no debe explicarse como una relación autosuficiente entre sangre y perdón, sino como el fruto de la sangre en cuanto inauguración de la alianza nueva. � �

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La purificación: efecto o tarea sacerdotal

Aquí aparece una diferencia todavía más honda. Samuel entiende la purificación, en los materiales que he revisado, principalmente como la purificación producida por el sacrificio perfecto de Cristo. Así titula, de hecho, la sección clave del comentario sobre Hebreos 9. La sangre limpia, la conciencia es purificada, el creyente recibe acceso y la obra del Hijo es presentada como definitiva. Todo eso es cierto. Pero, precisamente por eso, surge la pregunta decisiva: ¿es la purificación solo el efecto del sacrificio, o es más propiamente una tarea sacerdotal? �

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Mi diferencia con Samuel está aquí. Para mí, la purificación no debe ser descrita solo como aquello que el sacrificio produce, sino como aquello que el sacerdote hace. Purificar no es únicamente provocar un resultado en abstracto. Purificar es tratar sacerdotalmente con aquello que excluye al hombre de la presencia de Dios. Es una acción cultual. Es una obra que mira al santuario, al acceso, a la remoción eficaz del obstáculo del pecado. Si esto es así, entonces la purificación no puede quedar enteramente explicada en el solo hecho de la muerte. La cruz aporta la sangre. Sí. Pero la purificación, en su densidad bíblica, pertenece al ministerio sacerdotal.

Y aquí mi desacuerdo con Samuel se hace nítido. Él reconoce la mediación sacerdotal de Cristo, pero organiza la purificación desde el sacrificio perfecto. Yo quiero invertir la prioridad: la sangre es indispensable, pero la purificación debe ser leída desde la acción sacerdotal del Hijo dentro del pacto inaugurado por esa sangre.

El sacerdocio: permanencia o acceso histórico

El contraste se vuelve más fuerte cuando llegamos a Hebreos 7. Samuel presenta el sacerdocio de Cristo de forma muy clara: superior al levítico, no fundado en genealogía terrenal, perpetuo, eficaz para salvar e intercesor continuo. Ese retrato es importante y, en muchos sentidos, correcto. El problema es que no responde plenamente a la pregunta que a mí me parece decisiva: ¿cuándo llega Cristo a ser Sumo Sacerdote? � �

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Samuel habla de designación divina. Habla del orden de Melquisedec. Habla de perpetuidad. Pero no sitúa de manera explícita el acceso histórico de Cristo al sumo sacerdocio en la resurrección. Su lectura deja el sacerdocio del Hijo en una especie de gran continuidad: Cristo es el sacerdote superior, Cristo es el mediador definitivo, Cristo es el intercesor vivo. Todo eso es verdad. Pero no responde todavía al problema del cuándo histórico.

Mi tesis, en cambio, exige una respuesta precisa: Cristo llega a ser Hijo de David en la encarnación; Cristo llega a ser Sumo Sacerdote en la resurrección. Y esta formulación no es un mero gusto teológico. Surge de la necesidad de distinguir entre el ingreso del Hijo en la línea davídica y su entrada en la vida indestructible propia del orden de Melquisedec.

Hijo de David en la encarnación

La encarnación sitúa al Hijo en Judá. Lo introduce en la promesa real. Lo hace verdaderamente descendiente de David. Allí llega a ser Hijo de David en el sentido histórico y mesiánico. Pero precisamente porque entra en Judá y no en Leví, la encarnación no puede ser el momento en que entra también en el sacerdocio del orden antiguo. La carne asumida es davídica, no levítica. La humanidad del Mesías lo coloca en el linaje real, no en la genealogía sacerdotal.

Esto obliga a pensar de manera más rigurosa el sacerdocio del Hijo. Si Hebreos mismo deja entrever que, mientras estaba en la tierra, Cristo no podía ser sacerdote según el sistema legal vigente, entonces no puede decirse sin más que la existencia terrenal del Mesías constituye ya el ejercicio pleno del sumo sacerdocio. La encarnación tiene una función propia: hace al Hijo verdaderamente Hijo de David. No lo hace todavía Sumo Sacerdote en ejercicio. �

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La resurrección como umbral sacerdotal

Aquí la diferencia con Samuel se vuelve decisiva. Para mí, el sacerdocio del Hijo debe ser localizado históricamente en la resurrección. No porque la cruz deje de ser central, sino porque el orden de Melquisedec se sostiene en el poder de una vida indestructible. Y esa vida indestructible se manifiesta históricamente en la resurrección. Allí el Hijo sale del ámbito de la mortalidad y entra en la condición propia del sacerdote perpetuo. Allí la muerte deja de ser un horizonte que lo amenaza y se convierte en una realidad vencida bajo sus pies.

Por eso, no me basta con decir que Cristo fue designado por Dios como sacerdote. Quiero decir algo más: que el Hijo, una vez resucitado, entra en el ejercicio histórico del sumo sacerdocio. La designación no se confunde con el acceso. El decreto divino no se confunde con el momento histórico de manifestación del oficio. Samuel se mueve con suficiencia en la primera categoría. Mi propuesta exige la segunda.

El Nuevo Pacto incluye más

Hay también otra diferencia importante entre ambos. Samuel expone el Nuevo Pacto en términos muy marcados por Hebreos 9: sangre, mediación, purificación, remisión, acceso, redención eterna, herencia. Todo ello está claramente en sus materiales. Pero mi lectura no puede detenerse allí. Porque veo el Nuevo Pacto como una realidad más amplia, más orgánica y más transformadora. � �

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Para mí, el Nuevo Pacto incluye, además de la remisión:

el fin del régimen de memoria cultual del pecado, expresado en el “no me acordaré más” frente a la lógica de Yom Kippur;

la ley escrita en el corazón, en relación con la morada del Espíritu;

el conocimiento universal de Dios dentro del pueblo del pacto;

un nuevo sacerdocio;

un nuevo Sumo Sacerdote;

una nueva ley;

y entrada libre al trono de la gracia para todo el pueblo llamado por Dios “mi pueblo”.

Samuel no niega necesariamente estas cosas, pero no las desarrolla con la centralidad que yo considero necesaria. Su foco recae con más fuerza en el sacrificio perfecto y sus efectos. El mío quiere mostrar que el Nuevo Pacto es no solo remisión, sino una nueva economía cultual, sacerdotal, pneumatológica y comunitaria.

Una diferencia de arquitectura

Si tuviera que resumir en una sola frase la diferencia entre Samuel y mi propuesta, diría esto:

Samuel organiza el Nuevo Pacto principalmente desde el sacrificio perfecto de Cristo; yo lo organizo desde una secuencia pactual y sacerdotal en la que la cruz inaugura el pacto y la resurrección introduce al Hijo en el sumo sacerdocio por el cual se realiza la purificación, la remisión y el acceso.

Esa es la verdadera diferencia. No se trata de un contraste entre verdad y error en bloque. Se trata de dos formas de ordenar verdades que, en muchos puntos, ambos reconocemos. Pero el orden importa. El orden determina qué ilumina qué. Y cuando el orden cambia, cambia también la manera en que Cristo es contemplado.

El centro de la respuesta

Esta respuesta a Samuel Pérez Millos no nace del deseo de negar su aporte, sino de la convicción de que Hebreos pide todavía más precisión. Me parece que su lectura honra con razón el sacrificio de Cristo, pero no distingue con suficiente nitidez entre encarnación y resurrección, entre sangre derramada y sacerdocio en ejercicio, entre sacrificio perfecto y purificación como tarea sacerdotal. Y precisamente por eso, deja sin nombrar con toda claridad una secuencia que, a mi juicio, es indispensable para hacer justicia al texto:

Cristo entra en David por la encarnación.

Cristo inaugura el pacto por la cruz.

Cristo llega a ser Sumo Sacerdote por la resurrección.

Y desde esa condición sacerdotal realiza la purificación y abre el acceso definitivo al Dios vivo.

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