El Nuevo Pacto: convergencias reales y diferencias decisivas
El Nuevo Pacto: convergencias reales y diferencias decisivas
Una respuesta a Samuel Pérez Millos
Si algo debe decirse con honestidad al comenzar este capítulo, es que mi desacuerdo con Samuel Pérez Millos no nace de una lectura superficial de su comentario, ni del intento de levantar una oposición artificial allí donde no la hay. Al contrario, cuanto más atentamente se consideran sus páginas sobre Hebreos, más evidente resulta que Samuel ha percibido varios de los grandes ejes del Nuevo Pacto con verdadera seriedad teológica. Ve la insuficiencia del antiguo sistema. Ve el contraste entre el santuario terrenal y la realidad traída por Cristo. Ve la centralidad de la sangre. Ve la importancia de la remisión. Ve el papel decisivo de Cristo como mediador. Ve, además, que el Nuevo Pacto pertenece al ámbito del santuario, del sacerdocio y de la purificación. Todo eso debe ser reconocido sin reservas. � �
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Y, sin embargo, precisamente porque hay tanto en común, las diferencias que permanecen no son menores. No se trata de una disputa sobre palabras aisladas, sino de una diferencia de arquitectura. Samuel y yo no discrepamos tanto en los elementos del Nuevo Pacto cuanto en la forma de ordenarlos, en el lugar que damos a cada uno y en la categoría dominante desde la cual se interpreta el conjunto. Él organiza el Nuevo Pacto, de manera predominante, desde el sacrificio perfecto de Cristo. Yo sostengo que debe organizarse desde una secuencia más amplia, más propiamente pactual y sacerdotal. Él deja que la sangre y la remisión se expliquen sobre todo desde la muerte sacrificial. Yo insisto en que la sangre debe ser entendida como sangre del pacto, que la remisión debe leerse a la luz de Jeremías 31, y que el acceso a la presencia divina exige no solo muerte y sangre, sino también pacto, sacerdote y santuario.
Este capítulo quiere recorrer, uno por uno, los principales ejes que Samuel atribuye al Nuevo Pacto, y mostrar dónde nos encontramos y dónde nos separamos.
1. El Nuevo Pacto como realidad definitiva
Samuel entiende el Nuevo Pacto como la realidad definitiva que reemplaza al antiguo régimen. El antiguo sistema, con su santuario terrenal, su sacerdocio levítico y sus sacrificios repetidos, era incapaz de perfeccionar a los que se acercaban a Dios. Por eso debía ser cancelado y dar paso a lo definitivo. En este punto, su lectura es clara: el Nuevo Pacto aparece como la culminación del propósito redentor de Dios y como el fin de la economía provisional del antiguo orden. � �
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Hasta aquí, no hay desacuerdo esencial. También yo sostengo que el Nuevo Pacto es definitivo y que el antiguo sistema no podía llevar a perfección ni abrir plenamente el acceso a Dios. Pero la diferencia comienza a aparecer cuando preguntamos qué significa exactamente que el Nuevo Pacto sea definitivo. En Samuel, esa definitividad está vinculada de manera muy marcada al carácter definitivo del sacrificio de Cristo. El pacto es definitivo porque el sacrificio es definitivo. Yo, en cambio, sin negar esto, diría que el Nuevo Pacto es definitivo no solo por la perfección del sacrificio, sino porque introduce una nueva economía completa: una nueva relación con el pecado, una nueva interioridad, un nuevo conocimiento de Dios, un nuevo sacerdocio, un nuevo acceso y un nuevo pueblo. En Samuel, la definitividad del pacto se explica con más fuerza desde la consumación sacrificial; en mi lectura, desde una transformación total de la economía cultual y pactual.
2. El Nuevo Pacto garantizado por el sacrificio de Cristo
Samuel afirma con claridad que el sacrificio de Cristo “garantiza” el Nuevo Pacto. No solo eso: cuando comenta Hebreos 9:16–17, rechaza la idea de “testamento” y sostiene que debe leerse en clave de pacto. La muerte a la que se refiere el pasaje, para él, no es la del testador, sino la de la víctima inmolada para la formalización del pacto. Además, conecta la eficacia del pacto con Hebreos 9:22: sin derramamiento de sangre no hay remisión. �
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Aquí la convergencia es real, pero la diferencia sigue siendo profunda.
Yo también rechazo leer el pasaje en clave testamentaria. También sostengo que el texto trata de pacto, no de testamento. También afirmo que el pacto requiere muerte para entrar en vigor. También afirmo que la sangre es indispensable. Hasta aquí, caminamos juntos.
Pero aquí es donde me separo de Samuel: él tiende a explicar esa muerte en términos de precio pagado, de una lógica donde Cristo libra al pecador porque satisface una exigencia, como si el centro del capítulo estuviera en una deuda cobrada y cancelada. Yo sostengo que esa manera de describir la muerte de Cristo desordena el escenario de Hebreos. Porque Hebreos 9 no está construido principalmente como un tribunal que exige un pago, sino como un santuario que exige pacto, sacerdote, sangre y purificación para el acceso. Samuel ve el pacto, sí; pero la metáfora del precio pagado desplaza demasiado la lectura hacia una lógica de cobro. Yo quiero devolverla al santuario.
Para decirlo de la forma más simple:
Samuel dice, en sustancia, que el sacrificio garantiza el pacto.
Yo diría: la sangre del pactante inaugura el pacto, y esa inauguración no debe ser descrita primero como pago judicial, sino como acto pactual y sacerdotal.
3. Cristo como Mediador del Nuevo Pacto
Samuel dedica una sección expresa a Cristo como “Mediador del Nuevo Pacto” y lo presenta como Sumo Sacerdote que ejerce su ministerio en la presencia de Dios sobre la base de un sacrificio perfecto, definitivo e irrepetible. El pacto, entonces, no es para él una realidad automática ni impersonal; está inseparablemente unido al ministerio personal de Cristo. � �
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Aquí de nuevo comparto mucho de su formulación. El Nuevo Pacto no es un sistema sin rostro. Tiene mediador. Tiene sacerdote. Tiene ministerio. Y ese mediador es Cristo. Pero mi diferencia con Samuel está en que no me basta con decir que Cristo media el pacto. Yo quiero afirmar algo más fuerte: Cristo es el Pacto en persona. No solo lo administra; lo encarna. No solo lo pone en vigor; lo personifica.
Eso cambia la forma de ver la mediación. En Samuel, la mediación está muy ligada al sacrificio perfecto del Hijo. En mi lectura, la mediación debe ser leída dentro de una secuencia más amplia: Cristo llega a ser Hijo de David en la encarnación, inaugura el pacto con su sangre en la cruz, y llega a ser Sumo Sacerdote en la resurrección. Desde allí media el pacto como el Hijo vivo y sacerdotal. Samuel reconoce la mediación, pero no la articula con suficiente rigor en esta secuencia histórica.
4. El Nuevo Pacto incluye purificación
Samuel vincula el Nuevo Pacto estrechamente con la purificación. De hecho, su esquema de Hebreos 9 culmina en una sección titulada “La purificación por el sacrificio perfecto de Cristo”. Además, en su tratamiento del capítulo relaciona esa purificación con la conciencia y con la eficacia real de la sangre de Cristo. � �
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Aquí, a mi juicio, se encuentra una de las diferencias más importantes.
Yo no niego que la purificación tenga relación con el sacrificio de Cristo. Lo que niego es que deba ser explicada principalmente como efecto del sacrificio perfecto. Porque Hebreos no usa el lenguaje de purificación como si hablara solo de una transacción exitosa. Purificar es una acción cultual. Es una acción sacerdotal. Es tratar con aquello que impide el acceso a la presencia de Dios. Por eso, aunque la sangre sea indispensable, la purificación debe ser leída como tarea del sacerdote, no simplemente como el efecto de la víctima.
Samuel deja que el sacrificio explique la purificación. Yo quiero que el sacerdocio explique la purificación, sin separar jamás esa acción de la sangre del pacto. Por eso mi diferencia con él aquí puede expresarse así:
él habla de purificación por el sacrificio perfecto;
yo hablo de purificación como acción sacerdotal dentro del pacto inaugurado.
5. El Nuevo Pacto incluye remisión de pecados
Samuel afirma con toda claridad que la remisión de los pecados forma parte del contenido central del Nuevo Pacto. Interpreta Hebreos 10 como la clausura de la inutilidad del antiguo sistema: donde ya hay remisión, ya no puede haber más sacrificio por el pecado. También conecta directamente la remisión con Hebreos 9:22 y con la necesidad del derramamiento de sangre. �
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Aquí, sin embargo, debo introducir una corrección importante a su énfasis. Samuel mismo reconoce que Hebreos 9 debe leerse a la luz de Jeremías 31, y que allí el Nuevo Pacto incluye la promesa: “seré propicio a sus injusticias y nunca más me acordaré de sus pecados.” � Eso significa que la remisión no aparece como una realidad aislada, sino como una promesa interna del Nuevo Pacto. Por eso, Hebreos 9:22 no debe convertirse en una fórmula autónoma: “sangre = perdón”, sin más. Debe leerse desde Jeremías 31: la sangre inaugura el pacto, y dentro de ese pacto se da la remisión y el no-acordarse más de los pecados.
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Aquí Samuel y yo coincidimos en la centralidad de la remisión, pero diferimos en la forma de articularla. Él la relaciona de manera muy directa con el derramamiento de sangre como cumplimiento del principio cultual. Yo insisto en que la remisión debe ser leída a la luz del contenido mismo de Jeremías 31, incluyendo la superación del régimen de memoria cultual del pecado que caracterizaba al antiguo orden, especialmente visible en la lógica de Yom Kippur.
6. El Nuevo Pacto incluye acceso a la presencia de Dios
Samuel subraya que el antiguo sistema no podía abrir acceso definitivo a la presencia de Dios, mientras que la obra de Cristo sí lo hace. El sacrificio perfecto asegura entrada, seguridad y esperanza. Además, ese acceso está ligado tanto al sacrificio como al sacerdocio superior del Hijo. �
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Aquí la cercanía entre ambos planteamientos es grande. También para mí el acceso es central. Pero, una vez más, la diferencia está en la secuencia y en el marco. Samuel tiende a describir ese acceso desde la eficacia del sacrificio perfecto. Yo quiero describirlo desde la lógica del santuario: no se entra simplemente porque una deuda quedó saldada, sino porque el pacto ha sido inaugurado, la purificación ha sido realizada, el sacerdote está vivo y el camino ha sido abierto.
Esta diferencia puede parecer mínima, pero no lo es. En una lectura, el acceso aparece como la consecuencia de una satisfacción suficiente. En la otra, aparece como el resultado de una nueva economía pactual y sacerdotal en la que el santuario ya no está cerrado para el pueblo del Nuevo Pacto.
7. Redención eterna y herencia eterna
Samuel incluye dentro del contenido del Nuevo Pacto la redención eterna y la herencia eterna. En su exposición, el pacto no solo cancela el antiguo régimen, sino que establece de forma positiva una condición nueva y definitiva para el pueblo de Dios. �
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Aquí no hay un contraste de oposición, sino de amplitud. Yo no rechazo esas afirmaciones. Las incorporo. Pero las integro dentro de un marco todavía más amplio: el Nuevo Pacto no solo trae redención y herencia, sino también nueva ley, morada del Espíritu, conocimiento universal de Dios, nuevo sacerdocio, nuevo Sumo Sacerdote y libre acceso para el pueblo entero. Samuel se concentra en los efectos principales del sacrificio y del sacerdocio de Cristo. Yo quiero que la riqueza de Jeremías 31 y Hebreos 7–10 se despliegue con mayor amplitud.
8. Nuevo sacerdocio y mediación sacerdotal
Samuel no separa el Nuevo Pacto del tema del sacerdocio. Eso es importante. En Hebreos 7 desarrolla extensamente la superioridad del sacerdocio de Cristo, la necesidad de cambiar de sacerdocio y la perpetuidad del ministerio del Hijo. Cuando llega a Hebreos 9, esa superioridad queda explícitamente vinculada al Nuevo Pacto. Cristo es el sacerdote definitivo, permanente e intercesor. � �
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Yo no rechazo esa visión. Pero aquí está, quizá, la diferencia más grande de todas: para Samuel, Cristo es el sacerdote superior, perpetuo e intercesor; para mí, además de eso, debe preguntarse cuándo llega a ser Sumo Sacerdote. Y mi respuesta es: no en la cruz, sino en la resurrección.
Esta diferencia reordena todo. Para Samuel, la obra sacerdotal queda muy estrechamente ligada al sacrificio perfecto y a la mediación continua. Para mí, la secuencia debe distinguir con mucha más claridad:
Cristo llega a ser Hijo de David en la encarnación;
la cruz inaugura el Nuevo Pacto por la sangre derramada;
Cristo llega a ser Sumo Sacerdote en la resurrección, en la vida indestructible del orden de Melquisedec;
y desde allí ejerce el ministerio por el cual se realizan la purificación, la remisión y el acceso.
Samuel ve el nuevo sacerdocio. Yo quiero situarlo históricamente en la resurrección.
Conclusión
La diferencia entre Samuel Pérez Millos y mi planteamiento no puede resumirse en una oposición simple. No es que él vea pacto y yo no, ni que yo vea sacerdocio y él no. Ambos reconocemos muchos de los mismos elementos. La diferencia es que Samuel organiza el Nuevo Pacto desde el eje del sacrificio perfecto y de sus efectos —purificación, remisión, acceso, redención—, mientras que yo sostengo que el Nuevo Pacto debe leerse desde una secuencia más amplia y más estrictamente pactual-sacerdotal.
Para Samuel, el pacto queda garantizado por el sacrificio perfecto.
Para mí, la sangre del pactante inaugura el pacto.
Para Samuel, la purificación es principalmente purificación por el sacrificio perfecto.
Para mí, la purificación es tarea sacerdotal dentro del pacto inaugurado.
Para Samuel, Cristo es el mediador y sacerdote perpetuo del Nuevo Pacto.
Para mí, además, Cristo llega a ser Sumo Sacerdote en la resurrección.
Para Samuel, la remisión se explica sobre todo desde la sangre sacrificial.
Para mí, debe leerse a la luz de Jeremías 31: el pacto prometido incluye remisión y el “no me acordaré más” del pecado.
Y, tal vez, la diferencia más profunda de todas sea esta:
Samuel deja que la lógica del sacrificio perfecto organice el capítulo.
Yo insisto en que Hebreos debe ser leído no primero desde el tribunal, sino desde el santuario.
Allí, en ese cambio de escenario, todo se vuelve distinto. Porque el santuario no requiere solo un pago. Requiere pacto. Requiere sacerdote. Requiere purificación. Requiere acceso abierto por el Hijo vivo. Y, precisamente por eso, el Nuevo Pacto no es solo una solución al problema de la culpa. Es la apertura definitiva del camino a la presencia de Dios.
Si quieres, el próximo capítulo puede tomar uno de estos puntos —por ejemplo, Jeremías 31 y Hebreos 9:22— y desarrollarlo en detalle.
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