Jeremías 31 y Hebreos 9:22
Jeremías 31 y Hebreos 9:22
La remisión no como fórmula aislada, sino como promesa del Nuevo Pacto
Hay textos que, leídos de forma aislada, parecen ofrecer una fórmula suficiente. Hebreos 9:22 es uno de ellos. “Sin derramamiento de sangre no hay remisión” posee una contundencia que puede tentar al lector a detenerse allí, como si la frase bastara por sí sola para explicar toda la lógica de la remisión. Pero Hebreos no fue escrito para ser leído a fragmentos, y mucho menos cuando el propio autor ha venido preparando el terreno desde la promesa del Nuevo Pacto. Si se aísla Hebreos 9:22 de Jeremías 31, la remisión corre el riesgo de ser interpretada como una simple consecuencia de la sangre en abstracto. Si, en cambio, se lee dentro del marco de la promesa profética, la frase adquiere un espesor mayor: la remisión no aparece como una fórmula ritual autosuficiente, sino como uno de los dones constitutivos del Nuevo Pacto inaugurado por la sangre del Hijo.
Samuel Pérez Millos acierta en algo que debe ser reconocido con claridad: él no separa Hebreos 9 del Nuevo Pacto prometido en Jeremías. En su comentario a Hebreos 9:15 afirma expresamente que Jesús es el mediador del Nuevo Pacto “conforme a la profecía de Jeremías”, y recuerda que en esa promesa Dios dice que será propicio a las injusticias de su pueblo y que nunca más se acordará de sus pecados. Añade, además, que ese Nuevo Pacto se hace efectivo porque descansa sobre la muerte de Cristo. �
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Ese punto de partida es importante. Samuel no lee Hebreos 9 como si el pacto estuviera ausente. Tampoco trata Jeremías 31 como una simple cita decorativa. Reconoce que el trasfondo profético es decisivo para entender la nueva economía inaugurada por Cristo. Y, sin embargo, cuando llega a Hebreos 9:22, el peso principal de su explicación recae en la idea de que el derramamiento de sangre constituye la condición necesaria para la remisión. La frase es leída como un principio general del sistema cultual que halla su cumplimiento definitivo en la muerte sacrificial del Hijo.
No quiero negar la verdad de esa observación. El texto dice lo que dice, y la sangre es indispensable. Pero precisamente aquí comienza la diferencia que quiero desarrollar. El problema no está en afirmar que sin derramamiento de sangre no hay remisión. El problema está en permitir que esa frase funcione como una fórmula casi autosuficiente, en lugar de leerla a la luz de Jeremías 31. Porque Jeremías no prometió simplemente sangre. Jeremías prometió pacto. Y dentro de ese pacto prometió remisión. La sangre, por tanto, no debe ser pensada como una sustancia religiosa aislada que produce perdón por una especie de automatismo cultual. Debe ser leída como la sangre por la cual el Nuevo Pacto es inaugurado, y es dentro de ese pacto inaugurado donde la remisión se vuelve efectiva.
La promesa profética y el lugar de la remisión
Jeremías 31 no presenta la remisión como una verdad suelta. La presenta como parte de una constelación de promesas. Dios hará un nuevo pacto. Pondrá su ley en el corazón. Será el Dios de su pueblo. Todos lo conocerán. Y no se acordará más de sus pecados. La remisión, por tanto, no es una frase flotante. Es un elemento interno a una nueva relación pactual. Pertenece a una nueva economía de comunión.
Samuel percibe esto cuando cita Jeremías 31:34 y lo integra en su explicación del Nuevo Pacto. No cabe duda. Pero a mi juicio no deja que esa observación reorganice suficientemente el sentido de Hebreos 9:22. Porque, al acentuar el derramamiento de sangre como principio general necesario para la remisión, la frase corre el riesgo de ser escuchada como una sentencia cerrada en sí misma. En cambio, si se la oye a la luz de Jeremías 31, su sentido se ensancha: la remisión no es solo el efecto de la sangre, sino la promesa del pacto nuevo puesto en vigor por esa sangre.
Esto importa mucho. Porque la frase “sin derramamiento de sangre no hay remisión” puede ser oída de dos maneras muy distintas. Puede ser oída como una especie de ley cultual desnuda: hay sangre, entonces hay perdón. O puede ser oída dentro de la economía del Nuevo Pacto: la sangre del Hijo inaugura la alianza prometida, y dentro de esa alianza se cumple la palabra divina: “no me acordaré más de sus pecados”. Samuel se inclina más hacia la primera forma, aunque sin olvidar del todo la segunda. Yo sostengo que la segunda debe gobernar la lectura de la primera.
No testamento, sino pacto
Hay otro punto en el que Samuel merece ser escuchado con atención. Cuando comenta Hebreos 9:16–17, rechaza la interpretación testamentaria y sostiene que el pasaje debe leerse en clave de pacto. Además, explica que la muerte mencionada allí no es la de un “testador”, sino la de la víctima inmolada para la formalización del pacto. �
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Esta observación es valiosa, y yo la comparto. El problema no es si Hebreos 9 habla de pacto o de testamento. Habla de pacto. El problema es qué se hace después con esa afirmación. Porque una vez admitido que el texto trata de pacto, ya no es legítimo dejar que la remisión se explique al margen del pacto mismo. Si la muerte es la muerte requerida para la formalización del pacto, entonces la remisión de Hebreos 9:22 debe ser leída como remisión pactual, no simplemente como remisión sacrificial en abstracto.
Aquí está, a mi juicio, uno de los límites de la formulación de Samuel. Él ve con claridad que no se trata de un testamento. Ve también que el pacto requiere muerte. Pero, al hablar de Cristo como aquel que “pagó el precio” para librar al pecador de su pecado, desplaza demasiado pronto la escena hacia la lógica de una deuda satisfecha. � El pacto sigue presente, sí, pero el lenguaje del precio pagado introduce una gramática que ya no es la dominante de Jeremías 31 ni la del santuario de Hebreos 9. Allí comienza a imponerse, aunque sea de forma implícita, el escenario del tribunal.
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Y, sin embargo, Jeremías 31 y Hebreos 9 piden otra cosa. Piden que la muerte del Hijo sea leída como muerte del inaugurante del pacto, no primero como pago judicial. Piden que la sangre sea entendida como sangre de pacto. Piden que la remisión sea leída como contenido de la nueva alianza, no como mera consecuencia mecánica de una satisfacción previa.
La remisión prometida y el fin de la memoria cultual del pecado
La diferencia se vuelve todavía más profunda cuando se atiende al modo en que Jeremías formula la remisión: “no me acordaré más de sus pecados”. Esa promesa no significa simplemente que Dios perdona. Significa también que el régimen anterior de memoria cultual del pecado queda atrás. La remisión del Nuevo Pacto no es solo una absolución; es la superación de una economía en la que el pecado volvía a ser traído una y otra vez al primer plano.
En esta línea, Hebreos 10 recoge la consecuencia final: donde hay remisión de estos, ya no hay más ofrenda por el pecado. Samuel observa esta conclusión y la toma como el cierre de la inutilidad del antiguo sistema y como expresión de la definitividad de la nueva economía. � En esto hay un punto de coincidencia importante. Pero, nuevamente, mi lectura quiere acentuar algo más: no se trata solo de que el sacrificio sea definitivo, sino de que la promesa misma de Jeremías 31 incluía el fin de ese régimen de recordación cultual del pecado. La remisión del Nuevo Pacto no solo cierra la repetición sacrificial; cierra también la antigua forma de traer el pecado continuamente al frente.
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Por eso Hebreos 9:22 debe leerse a la luz de Jeremías 31. Porque la sangre no solo responde a una necesidad ritual. La sangre inaugura el pacto en el que Dios promete no acordarse más de los pecados. Separar la frase de Hebreos 9:22 de esa promesa es volver a reducir la remisión a una fórmula. Y el Nuevo Pacto no es una fórmula. Es una nueva relación.
La sangre no debe desplazar al pacto
La insistencia en la sangre es necesaria, pero también peligrosa si no está bien ordenada. Puede llevar al lector a pensar que el centro del texto está en una especie de eficacia sacral de la sangre considerada en sí misma. Samuel evita en parte ese error porque no omite el pacto. Pero, al hacer descansar la explicación principalmente en el principio de la sangre necesaria para la remisión, no deja que la categoría de pacto tenga toda la primacía estructural que, en mi opinión, debería tener.
Yo propondría otra forma de ordenar el argumento. No diría simplemente: sin sangre no hay remisión. Diría: sin la sangre del pacto no hay remisión del pacto. Y, por tanto, la secuencia debe mantenerse así:
sangre derramada → pacto inaugurado → remisión prometida cumplida.
La frase de Hebreos 9:22 sigue en pie. No se debilita. Pero se la oye dentro del acorde completo de Jeremías 31. Entonces ya no suena como una ley ritual autosuficiente, sino como el medio por el cual el Dios que había prometido “no me acordaré más” pone en vigor la alianza nueva en la sangre de su Hijo.
Del tribunal al santuario
Aquí reaparece la diferencia mayor con la lectura de Samuel. Cuando la muerte de Cristo es descrita en términos de “precio pagado”, el lector empieza a oír Hebreos 9 más como una escena judicial que como una escena sacerdotal. Pero Jeremías 31 y Hebreos 9 juntos resisten ese desplazamiento. El problema no es solo cómo cancelar una deuda, sino cómo abrir una nueva comunión con Dios. No se trata solo de absolución, sino de pacto. No se trata solo de castigo evitado, sino de acceso restaurado.
Por eso el lenguaje dominante no debería ser el del tribunal, sino el del santuario. El santuario requiere pacto. El santuario requiere sacerdote. El santuario requiere purificación. Y el santuario requiere sangre, sí, pero sangre en orden al acceso a la presencia de Dios. Jeremías 31 y Hebreos 9:22, leídos juntos, nos devuelven precisamente a ese escenario.
Conclusión
Samuel Pérez Millos hace algo muy importante y muy correcto: lee Hebreos 9 desde Jeremías 31, defiende que el texto habla de pacto y no de testamento, y afirma que la remisión forma parte del contenido del Nuevo Pacto. Todo eso debe ser reconocido. Pero, a mi juicio, no deja que esa verdad domine enteramente su explicación de Hebreos 9:22, porque sigue dando demasiado peso a la lógica del derramamiento de sangre entendido como pago o precio satisfecho.
Mi propuesta es otra. Jeremías 31 debe gobernar la lectura de Hebreos 9:22. La sangre no debe ser explicada como un medio aislado que produce perdón, sino como la sangre del pacto inaugurado por el Hijo. La remisión no debe ser pensada como una fórmula ritual, sino como una promesa pactual cumplida. Y la muerte de Cristo no debe describirse primero como pago judicial, sino como muerte del inaugurante del pacto, por la cual entra en vigor la palabra divina: “no me acordaré más de sus pecados”.
Así, Jeremías 31 y Hebreos 9:22 se iluminan mutuamente. Jeremías impide que Hebreos sea leído como mera fórmula sacrificial. Hebreos muestra el costo santo y real de la promesa de Jeremías. Y juntos nos enseñan que la remisión del Nuevo Pacto no nace de una abstracción religiosa, sino de la sangre por la cual el Hijo pone en vigor la alianza nueva y eterna.
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