La purificación en Hebreos 9 y los límites de una lectura sacrificial
La purificación en Hebreos 9 y los límites de una lectura sacrificial
Hebreos 9 es uno de esos pasajes en los que la arquitectura del pensamiento bíblico se vuelve decisiva. Allí no basta con reconocer que Cristo murió, ni siquiera con afirmar que su muerte fue decisiva para la salvación. El capítulo exige algo más: exige que la obra del Hijo sea leída dentro de la lógica del santuario, del pacto, de la sangre, del sacerdocio y del acceso a la presencia de Dios. Cuando esa lógica se respeta, el argumento de Hebreos adquiere una densidad extraordinaria. Pero cuando se simplifica demasiado pronto, la riqueza del texto se reduce a una sola categoría dominante, y el edificio entero pierde parte de su forma.
En este punto merece atención el comentario de Samuel Pérez Millos. Su lectura de Hebreos 9 tiene fortalezas evidentes. Percibe con claridad el contraste entre el santuario terrenal y el ministerio superior de Cristo. Reconoce que el antiguo sistema no podía perfeccionar al adorador. Afirma con vigor que la sangre de Cristo está ligada a la confirmación o inauguración del Nuevo Pacto. Y subraya que la obra del Hijo produce redención eterna, purificación y acceso a Dios. Además, organiza la parte final del capítulo bajo el encabezado “La purificación por el sacrificio perfecto de Cristo”, mostrando así el lugar central que concede a la eficacia de la obra de Cristo.
Sin embargo, precisamente allí aparece el punto crítico. La cuestión no es si Samuel habla o no del pacto. Sí habla del pacto. Tampoco la cuestión es si reconoce o no la función de la sangre. Sí la reconoce. El punto más delicado es otro: aunque integra muerte, sangre y pacto, sigue explicando la purificación bajo la categoría dominante de sacrificio perfecto. Y al hacerlo, la estructura sacerdotal y pactual del capítulo corre el riesgo de quedar subordinada a una comprensión predominantemente sacrificial de la obra de Cristo. La muerte del pactante inaugura el pacto; pero la purificación termina siendo leída, sobre todo, como el efecto del sacrificio perfecto. Ahí es donde se vuelve necesario un examen más fino.
La crítica, por tanto, no debe formularse de forma injusta. Samuel Pérez Millos no ignora el pacto ni omite el lenguaje de inauguración. Al contrario, su comentario reconoce que la sangre tiene función constitutiva para la entrada en vigor del Nuevo Pacto y que sin sacrificio no era posible dar vigencia al pacto. Esa afirmación es importante y debe ser reconocida como un punto de coincidencia. Lo que aquí se discute no es la presencia de la categoría de pacto en su lectura, sino el hecho de que dicha categoría no termina siendo la estructura dominante desde la cual se explica la purificación. El pacto aparece; pero la purificación sigue siendo absorbida por la idea de un sacrificio perfecto que la produce.
El orden del capítulo: santuario, sangre, pacto y acceso
Hebreos 9 no se limita a exponer la eficacia de la muerte de Cristo. Empieza con el santuario terrenal y con la estructura del antiguo orden. Samuel mismo reconoce que el capítulo parte del tabernáculo del antiguo sistema para contrastarlo con el ministerio de Cristo como Sumo Sacerdote del nuevo orden. Señala, además, que el antiguo santuario era una representación simbólica del orden nuevo y que su incapacidad consistía en no poder perfeccionar a los que se acercaban a Dios. El valor de esta observación es enorme: muestra que el interés del autor de Hebreos no se agota en el sacrificio como tal, sino en el problema del acceso. El antiguo sistema no perfecciona; no abre definitivamente el camino; no introduce de una vez al adorador en la presencia divina. Cristo, en cambio, sí.
Esto significa que la estructura misma del capítulo obliga a leer todo en clave cultual y sacerdotal. El problema que Hebreos 9 busca resolver no es solo el de la culpa, sino el de la cercanía. No trata únicamente del pecado como deuda; trata del pecado como impedimento de acceso. El tabernáculo, la división de sus espacios, la limitación del ingreso al Lugar Santísimo, la repetición de los ritos y la imposibilidad de perfección conforman una gramática de distancia. Si ese es el marco, entonces la purificación no debe ser concebida como una categoría abstracta de cancelación, sino como una acción sacerdotal que remueve aquello que impide la entrada a la presencia de Dios.
Aquí está una primera insuficiencia en la lectura sacrificial dominante. Si la purificación es explicada sobre todo como efecto del sacrificio perfecto, el lector puede terminar entendiendo el capítulo como si toda su lógica fuera simplemente: antigua sangre ineficaz, nueva sangre eficaz. Pero eso, aunque verdadero en cierta medida, resulta todavía incompleto. Hebreos 9 no solo compara sangres; compara órdenes cultuales, tipos de santuario, formas de acceso, modos de mediación. La sangre debe ser leída dentro de esa economía. Y, por eso mismo, la purificación no puede quedar absorbida en una noción general de sacrificio, por más perfecta que se la llame.
La sangre del pacto y la muerte del pactante
Debe reconocerse con toda claridad que Samuel ve la relación entre muerte, sangre y pacto. En su comentario subraya que en el sistema bíblico la sangre era indispensable para la confirmación del pacto y que sin sacrificio no era posible darle vigencia. También entiende que la obra de Cristo en Hebreos 9 está ligada a la inauguración del Nuevo Pacto por medio de su sangre. Esto es importante, porque la diferencia con su lectura no puede formularse como si él hubiera olvidado el pacto o reducido todo a una simple teoría de expiación desencarnada.
Pero justamente aquí aparece el punto neurálgico. Aunque Samuel reconoce la inauguración del pacto por la muerte del pactante, el pacto no termina funcionando como la estructura teológica que reorganiza el sentido de la purificación. La secuencia parece ser esta: la muerte de Cristo, en cuanto sacrificio perfecto, confirma el pacto y produce purificación. Desde la perspectiva que este libro propone, el orden debe ser más exacto y más exigente: la sangre derramada inaugura el pacto; y dentro de ese pacto inaugurado se comprende la remisión, la purificación y el acceso. El problema no es afirmar que la muerte inaugura el pacto; el problema es no dejar que esa inauguración pactual defina la manera de entender la purificación.
Dicho de otro modo, Samuel reconoce correctamente la relación entre sangre y pacto, pero sigue describiendo la purificación con una categoría rectora sacrificial. Lo que aquí se propone es una inversión de prioridad: no debe decirse primero que el sacrificio perfecto produce purificación y, luego, añadir que esa sangre inaugura el pacto; debe decirse que la muerte del pactante inaugura el Nuevo Pacto, y que solo dentro de ese pacto inaugurado la purificación puede ser correctamente entendida como una acción sacerdotal eficaz que abre el acceso a Dios.
La purificación no es una mera consecuencia sacrificial
La frase central de la lectura de Samuel está ya condensada en su esquema: “La purificación por el sacrificio perfecto de Cristo”. La formulación es fuerte, clara y, en cierto nivel, verdadera. Pero, precisamente por su claridad, corre el riesgo de estrechar demasiado la categoría de purificación. Desde la perspectiva que aquí defendemos, la purificación en Hebreos 9 no debe ser vista solo como el resultado de un sacrificio perfecto, sino como la obra del Sacerdote del Nuevo Pacto que, por medio de su propia sangre, trata definitiva y cultualmente con el pecado para abrir el camino a la presencia de Dios.
La diferencia es sutil, pero decisiva. En una formulación, el sacrificio explica la purificación. En la otra, el sacerdocio del Hijo, dentro del marco pactual, explica la purificación. En una, la purificación es efecto. En la otra, es acción sacerdotal. En una, la cruz concentra casi todo el peso explicativo. En la otra, la cruz es indispensable, pero no agota la descripción del ministerio de Cristo.
Esto importa porque en Hebreos la categoría dominante no es simplemente la de víctima, sino la de Sumo Sacerdote. Samuel mismo lo reconoce al describir el capítulo como una exposición de la supremacía de Cristo en su ministerio sacerdotal y al insistir en que Cristo ejerce funciones propias de ese ministerio en la presencia de Dios. Pero, al mismo tiempo, su forma de resumir la purificación la subordina al sacrificio perfecto. Aquí aparece una tensión interna en su lectura: reconoce el sacerdocio, pero deja que la categoría sacrificial tenga la última palabra en la explicación de la purificación.
Desde la perspectiva de este libro, esa tensión debe resolverse de otro modo. La purificación pertenece primariamente a la obra sacerdotal. No es simplemente el nombre del efecto producido por una inmolación, sino el nombre de la acción cultual eficaz del Mediador. Purificar, en el universo de Hebreos, es tratar con aquello que impide el acceso. Es una obra que mira al santuario, a la presencia, al camino abierto, a la conciencia limpia y al pueblo habilitado para acercarse a Dios. Por eso la purificación no debe reducirse a la sola categoría de sacrificio, aunque jamás pueda separarse de la sangre derramada.
La conciencia limpia y los límites de la interiorización
Samuel concede mucha importancia a la purificación de la conciencia. Y con razón. En su comentario aparece con claridad que la sangre de Cristo produce una limpieza que va más allá de lo ceremonial y alcanza la conciencia del creyente. Esto constituye uno de los puntos fuertes de su lectura, porque impide reducir Hebreos 9 a un mero formalismo ritual. La obra de Cristo no se limita a cambiar un estatus externo; toca la interioridad del adorador.
Sin embargo, aun aquí debe hacerse una precisión. La conciencia limpia no es el centro último del argumento de Hebreos 9. Es una consecuencia importantísima, pero no la meta total. El horizonte mayor sigue siendo el acceso a Dios. La conciencia es limpiada para que el adorador pueda servir y acercarse. El problema de una lectura excesivamente centrada en la eficacia del sacrificio es que la limpieza de la conciencia puede terminar siendo tratada como el fin principal, cuando en realidad forma parte de una realidad más amplia: la apertura del camino a la presencia divina.
Desde esta perspectiva, la purificación de la conciencia no debe aislarse de la estructura pactual y sacerdotal. La conciencia es limpiada porque el Nuevo Pacto ha sido inaugurado por la sangre del Hijo y porque el Sacerdote ha realizado eficazmente la obra que permite al pueblo de Dios entrar con libertad a su presencia. La interioridad es real, pero no autónoma. Está integrada al culto, al acceso y a la comunión pactal.
El colapso de las categorías sacrificiales
Aquí conviene hacer una observación más amplia, porque ayuda a explicar por qué una lectura como la de Samuel puede parecer natural a primera vista. La tradición cristiana, sobre todo en su recepción latina, terminó usando la palabra “sacrificio” con una amplitud que supera el uso más fino del lenguaje bíblico. Muchas ofrendas distintas fueron agrupadas bajo una categoría general, de manera que víctima, sacrificio, expiación y oblación comenzaron a funcionar casi como términos equivalentes. Ese colapso terminológico no siempre reproduce las distinciones que permanecen más visibles en el hebreo bíblico y en la LXX.
Cuando esa simplificación se traslada a la lectura de Hebreos 9, el resultado es comprensible: la obra de Cristo termina siendo explicada ante todo como sacrificio perfecto, y la purificación aparece como uno de sus efectos. Pero el Antiguo Testamento obliga a una mayor precisión. No toda ofrenda es llamada sacrificio en el mismo sentido. Y, particularmente, lo expiatorio no recibe siempre ni naturalmente la misma designación que aquellas ofrendas en las que el oferente participa delante de Dios junto con el sacerdote. Allí donde hay comunión de mesa, pacto celebrado y participación del oferente, el sacrificio adquiere un espesor relacional que no debe ser confundido con el perfil propio de las ofrendas expiatorias.
Esto importa para Hebreos 9 porque la obra de Cristo no debe quedar encerrada en una noción general de sacrificio que borre las diferencias internas del culto bíblico. La sangre de Cristo, sí; la muerte del pactante, sí; la inauguración del pacto, sí. Pero precisamente por eso, la purificación debe ser descrita con el lenguaje más adecuado: no como simple efecto de una inmolación perfecta, sino como la obra sacerdotal del Hijo en el marco del Nuevo Pacto.
La muerte no agota la explicación de la purificación
Otro punto que merece ser resaltado es el siguiente: en Hebreos 9 la muerte de Cristo es decisiva, pero no autosuficiente en el plano de la descripción teológica. Samuel la vincula justamente a la confirmación del pacto. Sin embargo, el argumento del capítulo no concluye con el derramamiento de la sangre como si allí estuviera ya expresado todo. El énfasis recae una y otra vez en Cristo como Sumo Sacerdote, en el santuario no hecho de manos, en la redención eterna, en la conciencia limpia, en la entrada a la presencia de Dios. La muerte es indispensable, pero no basta como categoría única para nombrar lo que el Hijo hace.
Por eso, decir que la purificación en Hebreos 9 es “por el sacrificio perfecto de Cristo” es verdadero, pero insuficiente. Hace falta decir algo más preciso: la purificación es realizada sacerdotalmente por Cristo, por medio de su sangre, en el marco del Nuevo Pacto inaugurado por su muerte. Esa formulación no contradice a Samuel en todo; lo corrige en el punto donde su lectura tiende a comprimir el argumento.
Una propuesta de lectura
Desde la perspectiva aquí defendida, Hebreos 9 debe leerse siguiendo una secuencia más orgánica:
- El antiguo santuario y sus ritos muestran la imposibilidad de acceso pleno.
- La sangre del antiguo sistema no perfecciona al adorador.
- Cristo, como Sumo Sacerdote, ofrece una obra definitiva.
- Su sangre inaugura el Nuevo Pacto.
- Dentro de ese pacto inaugurado, la purificación de los pecados y de la conciencia se vuelve eficaz.
- Esa purificación abre el acceso real a la presencia de Dios.
Este orden no minimiza la cruz. La honra más profundamente, porque la sitúa en su marco pactual y sacerdotal. La sangre no es solo sangre expiatoria; es sangre del pacto. La purificación no es solo efecto sacrificial; es obra sacerdotal eficaz. El acceso no es una consecuencia secundaria; es la meta del ministerio del Hijo.
Conclusión
La lectura de Samuel Pérez Millos sobre Hebreos 9 merece ser apreciada por su claridad cristológica, por su insistencia en la superioridad del ministerio de Cristo y por su reconocimiento de la relación entre sangre y pacto. Sería injusto presentarla como una lectura que ignora el Nuevo Pacto o que omite la muerte del pactante. No es ese el caso. Su comentario ve con claridad que la sangre de Cristo está ligada a la confirmación o inauguración del pacto y que la obra del Hijo produce purificación y acceso a Dios.
Sin embargo, su argumento sigue mostrando un límite importante: la purificación queda organizada bajo la categoría dominante de sacrificio perfecto. Y, desde la perspectiva de este libro, eso resulta insuficiente para hacer justicia a la lógica más profunda de Hebreos 9. La purificación no debe ser explicada solamente como efecto del sacrificio, sino como obra sacerdotal del Hijo en el marco del Nuevo Pacto inaugurado por su sangre. El problema no es que Samuel diga demasiado de la cruz, sino que permite que la cruz explique por sí sola lo que Hebreos explica sacerdotal, pactual y cultualmente.
La secuencia correcta, por tanto, no es simplemente: sacrificio perfecto y, por ello, purificación. Es más bien esta: muerte del pactante, sangre del pacto, pacto inaugurado, purificación sacerdotal, acceso abierto a la presencia de Dios. Solo así Hebreos 9 conserva toda su arquitectura. Solo así la sangre del Hijo deja de ser una categoría aislada para convertirse en el medio por el cual el Nuevo Pacto entra en vigor. Y solo así la purificación recupera su verdadero espesor bíblico: no una mera consecuencia sacrificial, sino la acción eficaz del Sacerdote del Nuevo Pacto que limpia a su pueblo y lo conduce al rostro del Dios vivo.
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