Todos me conocerán
Todos me conocerán
Sacerdocio, conocimiento de Dios y el acceso de todos y cada uno en el Nuevo Pacto
Hay promesas del Nuevo Pacto cuya fuerza ha sido domesticada por la costumbre. Se las repite con tanta frecuencia que terminan sonando familiares, y lo familiar a menudo deja de conmovernos. Una de ellas es esta: “Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán.” La frase suele citarse como si hablara solamente de una experiencia espiritual generalizada. Y, ciertamente, habla de eso. Pero dice más. Mucho más. Dice algo sobre el conocimiento de Dios, sí; pero también dice algo sobre el sacerdocio, sobre la mediación, sobre la estructura del acceso y sobre la forma misma del pueblo del Nuevo Pacto.
Si se la escucha con atención, esta palabra no solo anuncia una intensificación de la piedad. Anuncia una reconfiguración de la relación entre Dios y su pueblo. En el antiguo orden, el conocimiento de Dios no estaba distribuido de la misma manera en que lo estará en el Nuevo Pacto. No porque el pueblo no pudiera conocer verdaderamente al Señor, sino porque su acceso al conocimiento santo de Dios estaba encuadrado dentro de una economía de mediación, distancia y santuario. Había sacerdocio. Había altar. Había cortinas. Había un orden de acceso restringido. Había una pedagogía santa que no podía separarse del régimen cultual que Dios mismo había establecido.
Por eso, cuando Jeremías anuncia que en el Nuevo Pacto “todos me conocerán”, no está diciendo simplemente que habrá más devoción. Está diciendo que algo decisivo ha cambiado en la estructura misma de la relación pactual. El conocimiento de Dios ya no quedará restringido por las viejas distancias del orden anterior. Ya no pertenecerá, en el mismo sentido, a una esfera custodiada por mediaciones limitadas. El conocimiento del Señor se abrirá sobre todo el pueblo del pacto. Todos y cada uno lo conocerán.
Conocer a Dios y el antiguo orden sacerdotal
No debe olvidarse que, en la economía antigua, el sacerdocio no solo tenía funciones sacrificiales. También estaba ligado al conocimiento santo de Dios. El sacerdote no era únicamente quien ofrecía; era también quien discernía, enseñaba, guardaba y administraba el orden sagrado. El conocimiento del Señor, por tanto, no circulaba en un vacío espiritual general. Estaba vinculado a una economía cultual concreta.
Esto no significa que solo el sacerdote conociera a Dios, ni que el pueblo viviera en completa ignorancia. Significa que la relación entre el pueblo y el conocimiento de Dios estaba estructurada por una mediación santa. Había una diferencia entre el pueblo y quienes ejercían el ministerio del santuario. Había grados de cercanía determinados por el mismo orden que Dios había establecido. Había un conocimiento ligado al altar, a la ley, a la sangre, al discernimiento entre lo santo y lo profano.
Por eso, la promesa “todos me conocerán” tiene una fuerza mayor de la que suele percibirse. No es solo una intensificación cuantitativa del conocimiento religioso. Es una transformación del modo en que ese conocimiento se distribuye dentro del pueblo del pacto. Lo que antes estaba estructurado por un régimen de mediación sacerdotal restringida ahora se abre sobre el pueblo entero.
La promesa no elimina la santidad: cambia la forma del acceso
Aquí conviene evitar dos malentendidos. El primero sería pensar que el Nuevo Pacto destruye toda mediación. No es así. Cristo mismo es el Mediador del Nuevo Pacto. El segundo sería pensar que, porque todos conocen al Señor, la santidad queda banalizada. Tampoco es así. El acceso nuevo no elimina la santidad; elimina la vieja forma de distancia que caracterizaba al orden antiguo. No desaparece la mediación; es llevada a su plenitud en el Hijo. No desaparece el sacerdocio; es cumplido y transformado en el sacerdocio superior de Cristo.
Lo que cambia, entonces, no es que haya menos santidad, sino que el conocimiento de Dios deja de estar confinado dentro de las fronteras del viejo régimen cultual. Lo que antes solo podía experimentarse a través de una economía de separación, ahora llega al pueblo como herencia común del Nuevo Pacto. Ya no se trata de unos pocos cerca y la multitud lejos en el mismo sentido en que el antiguo sistema lo disponía. Ahora, bajo la mediación perfecta del Hijo, todos y cada uno son introducidos en el conocimiento del Señor.
Esta expresión —todos y cada uno— no es retórica vacía. Es la lógica misma de Jeremías 31. El Nuevo Pacto no produce una cercanía reservada para una élite. No produce un pueblo dividido entre conocedores y no conocedores. Produce un pueblo en el que el conocimiento de Dios pertenece a todos los miembros de la alianza.
Samuel Pérez Millos y los límites de una lectura más centrada en sacrificio y mediación
Aquí aparece una diferencia importante con la manera en que Samuel Pérez Millos desarrolla el Nuevo Pacto en los materiales que compartiste. Su exposición destaca con fuerza la mediación de Cristo, la sangre del pacto, la purificación, la remisión, el acceso, la redención eterna y la herencia. Todo ello forma parte real del contenido del Nuevo Pacto en su lectura. � �
Los Hebreos - Samuel Perez Millos.pdf None
COMENTARIO EXEGÉTICO AL TEXTO GRIEGO DEL NUEVO TESTAMENTO Vol. 4 444-516.pdf None
No hay que negarlo. Samuel ve bien que el Nuevo Pacto no es una idea abstracta. Lo ve en clave sacerdotal, sacrificial y cultual. Y esto es valioso. Pero precisamente ahí aparece también su límite. En los materiales compartidos, el eje recae con más fuerza en el sacrificio perfecto, la sangre, la purificación y la remisión, mientras que la dimensión del conocimiento universal de Dios dentro del pueblo no recibe el mismo desarrollo estructural.
No digo que Samuel niegue esa promesa. Digo que no la deja desplegar con toda la radicalidad que, a mi juicio, Jeremías 31 exige. Porque si todos conocerán al Señor, entonces el Nuevo Pacto no solo resuelve el problema del pecado y del acceso; también transforma la relación del pueblo con el conocimiento santo de Dios. Y eso tiene implicaciones directas para cómo entendemos el sacerdocio.
El nuevo sacerdocio y el nuevo conocimiento
Aquí está una de las claves más importantes: el hecho de que todos conozcan al Señor no significa que el sacerdocio desaparece en un sentido absoluto, sino que el antiguo régimen de distribución del acceso ha sido superado por la obra del nuevo Sumo Sacerdote. El conocimiento universal de Dios dentro del pueblo no es una negación del sacerdocio; es uno de los frutos del sacerdocio consumado de Cristo.
Bajo el antiguo orden, el sacerdocio servía dentro de una economía donde el acceso estaba restringido. Bajo el Nuevo Pacto, Cristo, como Sumo Sacerdote definitivo, abre una nueva situación en la cual el conocimiento de Dios ya no se encuentra del otro lado de las viejas barreras. El sacerdote perfecto no conserva la distancia antigua; la supera. Su ministerio no perpetúa la separación; abre el acceso.
Por eso, el “todos me conocerán” debe leerse también como una consecuencia del sacerdocio nuevo. No porque todos lleguen a ser sacerdotes en el mismo sentido que Cristo, sino porque todos son introducidos por el sacerdocio del Hijo en una relación con Dios que el antiguo orden no podía ofrecer de la misma manera. El nuevo sacerdocio produce un nuevo pueblo, y ese nuevo pueblo es un pueblo que conoce al Señor.
Aquí mi lectura se separa de Samuel de manera más nítida. Él enfatiza el nuevo sacerdocio en relación con la superioridad de Cristo, su intercesión y su sacrificio perfecto. Yo quiero añadir, con igual fuerza, que ese nuevo sacerdocio debe ser leído también en relación con el conocimiento de Dios extendido a todos los miembros del pacto. En otras palabras, el sacerdocio nuevo no solo trae remisión y acceso; trae también una nueva forma de participación del pueblo en el conocimiento santo de Dios.
Todos y cada uno: el acceso ya no es de unos pocos
Aquí quiero detenerme en la expresión que tú has subrayado con razón: todos y cada uno. Esa es, en verdad, la maravilla del Nuevo Pacto. No solo habrá acceso. No solo habrá conocimiento. No solo habrá cercanía. Habrá acceso, conocimiento y cercanía para todos y cada uno de los miembros del pueblo de Dios.
Esta universalidad no debe ser trivializada. Tiene un alcance cultual inmenso. Significa que la presencia de Dios ya no queda del otro lado de una economía en la que solo algunos pueden aproximarse del mismo modo y en el mismo grado en que el resto no puede hacerlo. El Hijo ha abierto una nueva situación. Y por eso, el acceso ya no está limitado a un representante humano de la misma manera en que lo estaba antes. No solo el sumo sacerdote entra una vez al año. No solo el orden consagrado se acerca. Todos y cada uno de los que pertenecen al pueblo del Nuevo Pacto son llamados a entrar con libertad a la presencia de Dios.
Esto no anula el sacerdocio de Cristo; lo magnifica. Porque muestra la eficacia de su ministerio. Un sacerdote imperfecto mantiene la distancia. El sacerdote perfecto introduce al pueblo. Un sacerdote transitorio sirve dentro de una economía de separación. El sacerdote eterno inaugura una economía de cercanía. Un sacerdocio incapaz de perfeccionar deja en pie la necesidad de mediaciones restrictivas. El sacerdocio del Hijo produce un pueblo que conoce al Señor y que tiene acceso.
La ley en el corazón y el conocimiento del Señor
Además, esta promesa no está sola. Se encuentra junto a la ley escrita en el corazón. Y ambas deben leerse juntas. Porque el conocimiento de Dios no se abre sobre el pueblo de manera externa, como mera información religiosa disponible para todos. Se abre sobre el pueblo porque la interioridad misma del pueblo ha sido transformada. La ley escrita en el corazón y el conocimiento universal del Señor pertenecen al mismo mundo. Ambos apuntan a la acción interior de Dios por su Espíritu.
No se trata, por tanto, de que ahora todos tengan simplemente derecho a saber. Se trata de que Dios mismo ha rehecho la interioridad de su pueblo de tal manera que todos pueden conocerlo. El acceso universal al conocimiento de Dios no brota de una reforma pedagógica. Brota de la obra del Espíritu en el corazón. Por eso este conocimiento no es solo cognitivo. Es pactual. Es relacional. Es cultual. Es la forma nueva de vida de un pueblo habitado por Dios.
El pueblo del Nuevo Pacto ya no vive desde la distancia
Todo esto nos permite decir algo muy importante: el pueblo del Nuevo Pacto ya no vive desde la distancia como estructura dominante de su relación con Dios. Vive desde la cercanía abierta por el Hijo. Esto no significa irreverencia. No significa banalización de la santidad. Significa que la santidad ya no se manifiesta principalmente manteniendo lejos al pueblo, sino haciéndolo partícipe de una comunión que antes estaba solo anticipada.
Y aquí está la grandeza del Nuevo Pacto. No solo perdona. No solo purifica. No solo abre el santuario. También da a conocer a Dios. No solo libera al hombre del peso del pecado. Lo introduce en la intimidad santa del conocimiento de Dios. No solo le dice: “eres perdonado”. También le dice: “me conocerás”.
Y no algunos, sino todos y cada uno.
Una diferencia de énfasis, pero una diferencia real
Si tuviera que resumir mi diferencia con Samuel Pérez Millos en este punto, la expresaría así:
Samuel desarrolla el Nuevo Pacto principalmente desde mediación, sangre, purificación, remisión y acceso; yo sostengo que Jeremías 31 exige que se subraye con igual fuerza que el Nuevo Pacto incluye también el conocimiento universal de Dios dentro del pueblo, como fruto del nuevo sacerdocio y de la ley escrita en el corazón.
Él ilumina bien la objetividad cultual del pacto. Yo quiero insistir también en su efecto comunitario e interior: un pueblo entero que conoce al Señor. Él muestra con razón que Cristo abre el acceso. Yo quiero subrayar que ese acceso no queda reservado en sentido práctico a unos pocos, sino que pertenece a todos y cada uno de los miembros del pueblo del Nuevo Pacto.
Conclusión
La promesa “todos me conocerán” no es un adorno piadoso del Nuevo Pacto. Es una de sus notas constitutivas. Muestra que el nuevo orden no solo trata con el pecado, sino con la forma misma en que el pueblo se relaciona con Dios. Muestra que el sacerdocio de Cristo no solo remite y purifica, sino que conduce al pueblo entero al conocimiento del Señor. Muestra que la ley escrita en el corazón y el acceso abierto a la presencia de Dios pertenecen a la misma economía de gracia. Y muestra, finalmente, que el pueblo del Nuevo Pacto es un pueblo donde todos y cada uno tienen acceso al conocimiento santo de Dios.
Samuel Pérez Millos ha visto con claridad la centralidad del sacerdocio, de la sangre y de la remisión. Pero este aspecto del pacto —el conocimiento del Señor extendido a todos los miembros del pueblo— exige, a mi juicio, un énfasis mayor. Porque allí se revela no solo que el pecado ha sido tratado, sino que la distancia ha sido transformada. Allí se ve no solo que la culpa ha sido removida, sino que el pueblo entero ha sido acercado. Allí se escucha no solo la palabra del perdón, sino la invitación a la comunión.
Y en esa comunión, bajo el sacerdocio del Hijo y la obra del Espíritu, se cumple la promesa con una amplitud que el antiguo orden no podía contener:
Todos me conocerán.
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