Capítulo 11. El perdón que habita
Capítulo 11. El perdón que habita
Hay un modo de terminar que no cierra nada.
No cierra porque lo que ha sido abierto no puede ya
cerrarse. Porque una realidad verdadera no se concluye como se concluye un
argumento. Puede terminar la exposición. Puede terminar el recorrido por el
texto. Puede terminar la sucesión de capítulos. Pero lo que esos capítulos
señalaban no pertenece al mundo de las tesis que se enuncian y se guardan.
Pertenece al mundo de las realidades que se habitan.
Y una morada no se concluye.
Se entra en ella.
Por eso estas páginas finales no pretenden resumir lo dicho
como si todo cupiese de nuevo en una frase. Pretenden, más bien, dejar que lo
que ha ido apareciendo a lo largo del libro encuentre su lugar. Que lo que se
fue viendo con dificultad al comienzo pueda ser visto ahora con más claridad.
Que el lector no se quede con una colección de correcciones, sino con una
imagen de Dios más fiel a la que la Escritura misma ofrece.
Porque de eso se trató siempre.
No de ganar una disputa teológica. No de proponer una
novedad por amor a la originalidad. No de desplazar una tradición por el gusto
de hacerlo.
Se trató de volver a escuchar.
Lo primero que fue necesario recuperar fue el orden.
Vimos que muchas confusiones no nacen de mala fe, sino de un
desorden en la secuencia. Se conservan las palabras, pero se altera su
relación. Se retienen los términos, pero se pierde el hilo que los une. Y
cuando el orden se rompe, también cambia la imagen de Dios que gobierna el
pensamiento. No de golpe. No de manera visible. Sino poco a poco, como cuando
una casa va perdiendo la luz sin que nadie haya apagado ninguna lámpara en
particular.
El problema no estaba en hablar de sangre.
La Escritura habla de sangre, y lo hace con un peso
innegable.
El problema estaba en dónde se colocaba la sangre. Si se la
ponía antes del pacto, terminaba pareciendo su condición. Si se la separaba del
altar, perdía el mundo donde actuaba. Si se la desvinculaba de la resurrección,
quedaba atrapada en una sola escena. Y cuando la sangre queda atrapada en una
sola escena, también Dios queda atrapado en ella.
Por eso fue necesario devolverla a su lugar.
La sangre pertenece al pacto. El perdón habita dentro del
pacto. Y el Dios que establece ese pacto no lo hace porque algo externo lo
habilite para ser misericordioso.
Lo hace porque es misericordioso.
Esa es la diferencia entre el Dios de la Escritura y la
imagen de un dios retenido por sus propias exigencias. El primero sale al
encuentro. El segundo espera en el umbral hasta recibir lo que le corresponde.
El primero toma la iniciativa. El segundo reacciona. El primero abre la
relación porque ama. El segundo la abre porque fue habilitado.
Y no es lo mismo.
Lo segundo que fue necesario recuperar fue el lugar.
Vimos que en la Escritura no basta con conservar las
palabras; también hay que respetar el espacio donde Dios las puso. Una palabra
arrancada de su mundo puede seguir sonando fuerte y, sin embargo, ya no decir
lo mismo. Puede seguir siendo citada y, sin embargo, servir a una comprensión
que el texto no autorizaba.
Eso ocurrió con el altar de Levítico. Eso ocurrió con las
ofrendas cuando todo fue reducido a una sola lógica. Eso ocurrió con el
propiciatorio cuando dejó de ser lugar de manifestación y empezó a ser
imaginado como mecanismo.
En todos esos casos, la pérdida no fue la de un dato técnico
sin importancia. Fue la pérdida de un mundo. Fue el borrado paulatino del
santuario como espacio donde Dios había querido habitar con su pueblo. Y cuando
el santuario desaparece, también desaparece algo esencial: la idea de que Dios
no solo perdona desde lejos, sino que abre un ámbito donde la relación puede
ser guardada, purificada, restaurada y vivida.
El santuario no era un sistema de administración sagrada.
Era una morada.
Era el lugar donde la presencia de Dios se hacía cercana de
una manera particular. Donde la distancia entre el Dios santo y el pueblo
frágil no era superada por la arrogancia humana, sino por la iniciativa divina
de habitar en medio de los suyos. Y ese dato no es menor. Porque cuando
desaparece el santuario como morada y queda solo como mecanismo, también cambia
la clase de relación que se imagina posible entre Dios y el hombre.
En el mecanismo, todo es trámite. En la morada, todo es
comunión.
En el mecanismo, lo que importa es que el procedimiento haya
sido correctamente ejecutado. En la morada, lo que importa es que Dios reciba,
que el hombre entre, que la comunión sea real.
Por eso fue necesario dejar que el altar permaneciera donde
estaba. Por eso fue necesario no borrar el santuario. Por eso fue necesario
contemplar el propiciatorio dentro de la arquitectura que le daba sentido.
Y cuando eso ocurrió, el mundo bíblico volvió a respirar.
Lo tercero que fue necesario recuperar fue la riqueza.
Vimos que el mundo del culto en Israel no era plano. No era
una sola operación repetida con distintos nombres. Había sangre de pacto y
sangre sobre el altar. Había inauguración de una relación y preservación de esa
relación ya abierta. Había shevah, que no se dejaba reducir a pérdida,
porque llevaba consigo la connotación de mesa compartida, de paz celebrada, de
gozo delante del Señor. Había olah, hattat, asham: no
sinónimos intercambiables, sino realidades distintas que señalaban movimientos
distintos dentro de una vida santa delante de Dios.
Cuando todo eso fue comprimido bajo una sola fórmula, la
riqueza quedó aplastada.
No desapareció de un golpe. Siguió habiendo palabras. Siguió
habiendo citas bíblicas. Siguió habiendo apariencia de fidelidad al texto. Pero
la multiplicidad de escenas fue reducida a una sola. La variedad de movimientos
fue convertida en un único gesto. Y el lector fue privado de ver lo que la
Escritura en verdad mostraba: un Dios que no solo resuelve problemas, sino que
forma una vida; que no solo reacciona al mal, sino que dispone un orden donde
el pueblo puede habitar delante de su presencia con paz, con gozo, con acción
de gracias, con el cuerpo en la mesa y el corazón orientado hacia él.
Esa vida no cabe en una sola fórmula.
Y no debería ser forzada a caber.
Lo cuarto que fue necesario recuperar fue la secuencia de
Cristo.
Vimos que la cruz, la resurrección y el sacerdocio no deben
ser comprimidos en un solo instante sin diferencia interna. Cada momento tiene
su función. Cada momento conserva una luz que le pertenece y que no puede
cederse a otro sin que algo se pierda.
La cruz inaugura el nuevo pacto. La resurrección constituye
al Hijo como Sumo Sacerdote. El santuario celestial es el ámbito donde el
Resucitado ministra activamente.
Ese orden no disminuye la cruz. La sitúa en su verdad.
Porque cuando la cruz debe cargar también con lo que pertenece a la
resurrección, termina siendo mal comprendida en ambas direcciones. Se la hincha
con funciones que no le corresponden y, al mismo tiempo, se la empobrece al
olvidar que el Cristo crucificado es también el Cristo que vive y que ministra.
El creyente necesita no solo un sacrificio pasado, sino un sacerdote presente.
No solo una sangre derramada, sino un Viviente que comparece. No solo el umbral
del pacto, sino el interior de la casa.
Y ese interior tiene nombre.
Tiene sacerdote. Tiene ministerio. Tiene intercessión
continua. Tiene al Resucitado delante del Padre.
Por eso la fe cristiana no es solo memoria de lo que
ocurrió. Es también confianza en quien vive y en lo que hace ahora. Es mirar
hacia atrás con gratitud y hacia arriba con certeza.
Lo quinto que fue necesario recuperar fue la imagen de Dios.
Este fue, desde el principio, el punto más hondo.
Porque todos los demás desórdenes —la sangre separada del
pacto, el altar borrado, las ofrendas aplastadas bajo una fórmula, la
resurrección reducida a epílogo, la justicia convertida en contabilidad— no son
simplemente errores de vocabulario teológico. Son, en el fondo, distorsiones de
la imagen del Dios con quien el creyente trata de vivir.
Y esa imagen importa más que cualquier debate doctrinal.
Porque la persona que imagina a un Dios retenido por sus
propias exigencias vivirá delante de él con cautela, con cálculo, con la
sensación de que el acceso siempre es provisional, de que nunca basta, de que
algo podría todavía interrumpir la posibilidad de ser recibido. Tal vez no lo
piense con esas palabras. Tal vez ni siquiera lo formule. Pero lo vivirá. Lo
sentirá en la calidad de su oración, en la textura de su conciencia, en la
manera en que se acerca o no se acerca a Dios cuando ha caído.
En cambio, la persona que aprende a contemplar a Dios como
el que toma la iniciativa, establece el pacto, provee al Hijo, inaugura la
relación nueva, escribe su ley en el corazón, abre el santuario, constituye al
Sacerdote, remite los pecados y dice nunca más me acordaré, esa persona
comienza a vivir de otra manera delante de él.
No porque el pecado sea trivializado.
Al contrario. El pecado se vuelve más serio cuando se
comprende que ataca una relación real, no una norma abstracta. Que rompe una
comunión, no solo viola una regla. Que contamina una casa donde Dios ha querido
habitar, no solo transgrede un código escrito en el vacío.
Pero aunque el pecado sea serio, el Dios que enfrenta ese
pecado no lo hace como contable que registra una deuda impagable. Lo hace como
el Dios fiel que en su Hijo abre lo que el mal había cerrado, restaura lo que
había sido dañado y conduce a los suyos hasta la presencia que el pecado había
interrumpido.
Esa es la fidelidad redentora.
Y esa fidelidad no es débil.
Es precisamente la forma más honda de la justicia divina: no
producir sufrimiento equivalente, sino actuar con tal santidad y tal amor que
lo que el mal quiso destruir no tenga la última palabra.
Tal vez entonces pueda decirse así, al final de este
recorrido.
El evangelio no es la historia de un Dios que necesitó ser
convencido para amar.
Es la historia del Dios que amó primero, estableció el
pacto, dio a su Hijo, inauguró por su sangre la relación nueva, lo resucitó
para constituirlo Sacerdote eterno, lo exaltó como el verdadero lugar del
encuentro, abrió el camino hacia su presencia y prometió que los pecados ya no
serán traídos a la memoria del mismo modo.
Y dentro de esa historia, el perdón no aparece como una
excepción arrancada a una resistencia divina.
Aparece como parte del orden que Dios mismo ha inaugurado.
Aparece como una de las marcas constitutivas de la relación
nueva.
Aparece como el aliento de la casa que Dios ha levantado
para su pueblo.
Por eso el perdón no debe ser contemplado en abstracto.
No debe ser pensado como una transacción aislada que ocurrió
en algún lugar del pasado y cuyo resultado se aplica mecánicamente al presente.
Debe ser contemplado como una realidad viva dentro del
pacto.
Viva porque el que lo sostiene vive. Viva porque el
Sacerdote que administra este pacto no ha muerto sino que intercede. Viva
porque la remisión no es un recibo firmado que se guarda en un cajón, sino el
aire mismo de la comunión con Dios.
Quien entra en esa comunión no entra en un sistema de
administración sagrada.
Entra en una casa.
Y en esa casa, el perdón no visita de vez en cuando como
huésped de paso.
Allí permanece.
Allí vive.
Allí pertenece al orden mismo de la vida que Dios ha abierto
para los suyos en su Hijo.
Tal vez por eso valga la pena decirlo una última vez, con la
sencillez con que debería haber sido dicho desde el principio.
La sangre no compra una misericordia ausente.
La sangre inaugura el pacto donde esa misericordia reina.
Y dentro de ese pacto, el perdón no es una excepción
forzada.
Es el pulso mismo de la casa de Dios.
Es el nombre que la gracia recibe cuando la relación queda
restaurada.
Es aquello que Dios prometió cuando dijo: perdonaré la
maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.
No como concesión. No como resultado de una condición
satisfecha. Sino como expresión propia de la fidelidad del Dios que ha querido
habitar con su pueblo.
Allí, dentro de esa fidelidad, el perdón permanece.
Y permanece no porque el creyente lo sostenga.
Permanece porque Dios es fiel.
Permanece porque el Hijo vive.
Permanece porque el pacto no ha sido firmado con tinta que
se borra, sino con la sangre del Hijo eterno de Dios.
Y eso es suficiente.
Es más que suficiente.
Es todo.
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