Capítulo 5
Capítulo 5
El pueblo sacerdotal, la proclamación del Nuevo Pacto y la esperanza de la consumación
Si en los capítulos anteriores hemos contemplado la gloria del Hijo prometido, la remisión de los pecados, la purificación de la conciencia, el acceso al Santísimo, la ley escrita en el corazón, la santificación del pueblo y el culto vivo de una existencia presentada a Dios, ahora debemos considerar la forma visible y esperanzada de esa misma obra en la vida de la Iglesia. Porque los dones del Nuevo Pacto no fueron dados para quedar encerrados en la interioridad del creyente ni aun en la sola asamblea reunida, sino para constituir un pueblo santo que vive delante de Dios, anuncia sus virtudes, ofrece sacrificios espirituales y camina hacia la gloria venidera.
El pueblo del Nuevo Pacto aparece en la historia como casa espiritual, como sacerdocio santo, como nación santa, como pueblo adquirido por Dios. La santificación recibida no lo encierra en sí mismo: lo constituye para el culto, para la proclamación y para la esperanza. El acceso al Santísimo no lo aparta del mundo en una clausura estéril: lo hace comparecer en medio de la historia llevando la marca de la presencia de Dios. Y la ley escrita en el corazón no desemboca en una espiritualidad muda, sino en una vida madura que anuncia, agradece, ofrece y espera.
Por eso el apóstol Pedro escribe: «vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (1 P 2:5). Y poco después añade: «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2:9). En estas palabras resplandece la vocación sacerdotal del pueblo del Nuevo Pacto. Somos sacerdotes para ofrecer. Somos sacerdotes para anunciar. Somos sacerdotes para vivir delante del Dios que nos recibió en su gracia.
Esta realidad lleva a plenitud una antigua palabra: «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Ex 19:6). Lo que en el antiguo orden aparecía como promesa y figura, ahora se manifiesta con mayor claridad en el pueblo reunido en Cristo. No porque el pueblo sustituya al único gran Sumo Sacerdote, sino porque vive de su mediación. No porque posea en sí mismo la fuente del acceso, sino porque ha sido introducido en ella. El Hijo permanece como Sacerdote eterno; y en virtud de su sacerdocio, el pueblo vive ahora como sacerdocio santo delante de Dios.
Debe subrayarse aquí que la gloria del Nuevo Pacto no consiste solo en que el pueblo ofrece y anuncia, sino también en que accede. El sacerdocio cristiano no se agota en lo que sube desde nosotros hacia Dios; incluye también la alegría de ser recibidos por Dios. Hay en este acceso una hermosura singular: el gozo del que entra y el agrado santo de Aquel que recibe. El pueblo no llega a la presencia divina como apenas admitido, sino como acogido en la gracia del pacto. Y Dios no recibe con frialdad, sino con complacencia santa al pueblo santificado en Cristo.
Hebreos nos deja ver esta gloria cuando proclama que tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo y cuando nos llama a acercarnos al trono de la gracia. El pueblo del Nuevo Pacto ha sido introducido en una realidad cultual verdadera. Tiene acceso al propiciatorio verdadero, al trono de gracia, a la presencia misma de Dios abierta por el sacerdocio del Hijo. Ya no permanece fuera. Ya no vive bajo el régimen de la distancia. Vive de la cercanía. Vive del acceso. Vive del gozo de haber sido introducido y recibido.
También Hebreos dice: «Tenemos un altar» (Heb 13:10). El pueblo del Nuevo Pacto no es un pueblo sin altar. Tiene acceso al altar verdadero. Y en esta realidad se recogen, en su cumplimiento, tanto la figura del altar sacrificial como la del altar del incienso. El pueblo vive de esa plenitud. Accede a la realidad del santuario verdadero, donde la comunión con Dios y el culto del pueblo encuentran su verdad en Cristo.
Por eso nuestras oraciones y acciones de gracias no son actos privados desligados del santuario. Apocalipsis nos muestra el altar de oro y el incienso que sube delante de Dios juntamente con las oraciones de los santos. Así el sacerdocio del pueblo se deja ver en una de sus formas más hermosas: la Iglesia ora, agradece y alaba en la cercanía del Dios vivo. Sus oraciones no caen al vacío. Suben delante del Señor como incienso. Su acción de gracias pertenece al culto del santuario verdadero. El pueblo sacerdotal vive, pues, en una comunión real: entra, ora, agradece, alaba y es recibido.
Pero Pedro pone al frente dos acentos que deben permanecer unidos. Somos sacerdotes para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Y somos real sacerdocio para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. La Iglesia no ha sido reunida para contemplarse a sí misma. Ha sido reunida para proclamar la gloria del Dios que salva. El pueblo que ha conocido la misericordia no puede callar la misericordia. El pueblo que ha sido traído a la luz no puede esconder esa luz. El pueblo que ha sido santificado en el seno del pacto vive para la gloria del Dios que lo llamó.
Por eso la misión del Nuevo Pacto no es una carga extraña añadida desde fuera. Brota de la identidad misma del pueblo sacerdotal. La ley escrita en el corazón no solo forma obediencia; forma también testimonio. La madurez del pueblo no solo lo estabiliza en el bien; lo dispone para hacer visible la hermosura del Dios que lo ha transformado. La proclamación, por tanto, no nace de la ansiedad ni del activismo, sino del desbordamiento natural de una vida que ya ha sido alcanzada por la gracia. El pueblo anuncia porque ha visto la luz. El pueblo confiesa porque ha gustado la bondad del Señor.
Esto armoniza con el mandato del Resucitado y con la promesa del Espíritu. Aquel a quien pertenece toda autoridad en el cielo y en la tierra envía a su pueblo a hacer discípulos a todas las naciones. Y el Espíritu derramado constituye a la Iglesia en testigo hasta lo último de la tierra. No hay ruptura entre santuario y misión. El Cristo que abrió el acceso es el Cristo que envía. El Espíritu que escribe la ley en el corazón es el Espíritu que impulsa la proclamación. El pueblo sacerdotal no deja de ser adorador cuando anuncia; anuncia precisamente porque adora.
Con todo, Pedro también nos recuerda que somos sacerdotes para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Aquí el Nuevo Testamento habla con lenguaje cultual verdadero. La vida del pueblo no solo se describe con vocabulario ético, sino con la lengua del santuario. El pueblo ofrece. El pueblo presenta. El pueblo comparece delante de Dios con aquello que, por su gracia, él mismo ha obrado en medio de él.
Aquí conviene conservar una distinción necesaria. El sacrificio de pacto pertenece de manera única y definitiva al Mesías. Su muerte inauguró el Nuevo Pacto, y nada en la vida de la Iglesia repite ese sacrificio. Pero precisamente porque ese sacrificio ha sido consumado, el Nuevo Testamento puede describir la vida del pueblo con un vocabulario rico y ordenado: sacrificios espirituales, sacrificio vivo, sacrificio de alabanza, sacrificio y servicio de la fe, libación, ofrenda agradable. No toda ofrenda es sacrificio, y no todo sacrificio se dice en el mismo sentido; pero toda esta riqueza verbal pertenece a la manera en que la Escritura contempla la existencia sacerdotal del pueblo de Dios.
Romanos 12:1 ocupa aquí un lugar central: «presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios». Ya hemos visto que este lenguaje no puede reducirse a una exhortación moral general. Pablo habla en la lengua del santuario. Habla de presentación, de sacrificio, de santidad, de agrado delante de Dios. Y lo que ahora se presenta no son víctimas ajenas, sino nuestros propios cuerpos. El pueblo del Nuevo Pacto comparece delante de Dios con su existencia entera como sacrificio vivo. Su cuerpo, su obediencia, su fidelidad concreta, su perseverancia, todo ello es asumido en la realidad del culto.
Pero el Nuevo Testamento va aún más lejos: la fe misma del pueblo aparece bajo lenguaje sacrificial. Pablo escribe a los filipenses: «Y aunque sea derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo» (Fil 2:17). Esta palabra debe ser recibida con todo su peso. La fe de la iglesia no es descrita aquí solo como actitud interior, sino como realidad cultual. Pablo habla del sacrificio y servicio de la fe de los santos. Y sobre ese sacrificio de la fe, su propia vida apostólica puede ser derramada como libación. Así, la fe del pueblo asciende delante de Dios en forma cultual, y la vida del siervo se vierte sobre ella en el gozo del servicio.
También la alabanza pertenece a estos sacrificios espirituales. Hebreos 13:15 habla de «sacrificio de alabanza», fruto de labios que confiesan su nombre. La boca del pueblo sacerdotal no es muda. Confiesa, bendice, agradece, exalta. La alabanza continua pertenece a la liturgia del Nuevo Pacto.
Del mismo modo, la ayuda compartida y la generosidad material comparecen en el lenguaje del culto. Hebreos 13:16 dice: «de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios». Y Pablo, al hablar de la ayuda recibida de los filipenses, la llama «olor fragante, ofrenda aceptable, agradable a Dios» (Fil 4:18). La ayuda financiera no es solo recurso práctico; puede ser presentada a Dios como ofrenda agradable. La Iglesia no solo cree, proclama y canta; también da. Y aun ese dar es recibido por Dios en la belleza del culto.
Así, el sacerdocio santo del pueblo posee una rica plenitud. Somos sacerdotes para anunciar las virtudes de Dios. Somos sacerdotes para acceder con gozo al altar verdadero, al altar del incienso, al propiciatorio y al trono de gracia. Somos sacerdotes para presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo. Somos pueblo cuya fe misma puede ser contemplada como sacrificio espiritual. Somos comunidad sobre cuya fe puede ser derramada, como libación, la vida del siervo apostólico. Somos Iglesia que ofrece alabanza, oraciones, acciones de gracias y también sus ofrendas materiales delante de Dios.
Y, sin embargo, esta vida sacerdotal se desarrolla todavía en tensión escatológica. El pueblo sacerdotal ya ha sido constituido. Ya anuncia. Ya ofrece. Ya ora. Ya accede. Pero todavía no ha entrado en la plenitud final. Ya participa de las primicias del siglo venidero, pero aún aguarda la consumación. Ya ha sido acercado a la Jerusalén celestial, pero todavía peregrina. Ya tiene acceso abierto, pero aún espera la visión sin velo.
Hebreos nos ha enseñado a vivir precisamente en esta tensión. Hemos recibido un reino inconmovible, y por eso servimos a Dios agradándole con temor y reverencia. Hemos sido acercados al monte de Sion, pero aún corremos con paciencia la carrera puesta delante de nosotros. Gustamos la vida del siglo venidero, pero aún buscamos la ciudad permanente. Esta tensión no debilita el sacerdocio del pueblo; lo purifica. Lo libra del triunfalismo y lo preserva del desánimo. Porque lo que ha comenzado en el pacto ya inaugurado ciertamente llegará a su plenitud.
La esperanza escatológica no es un apéndice lejano de la vida de la Iglesia. Es el horizonte que la sostiene. El pueblo anuncia porque sabe hacia dónde se dirige la historia. Ofrece porque sabe que la comunión con Dios tendrá consumación perfecta. Persevera porque espera la ciudad que tiene fundamentos. Vive como casa espiritual en medio del tiempo porque aguarda la plena morada de Dios con los hombres. Las imágenes de la nueva creación, de la esposa del Cordero, de la Jerusalén que desciende de Dios y de la morada divina en medio de su pueblo no son un adorno final, sino la consumación de aquello que el Nuevo Pacto ya ha inaugurado.
Entonces la proclamación llegará a su plenitud en alabanza sin ocaso. Entonces la ofrenda del pueblo ya no será presentada en debilidad, sino en gloria. Entonces la casa espiritual será manifestada en toda su hermosura. Entonces la santidad ya no conocerá mezcla de flaqueza. Entonces la comunión pactal alcanzará su claridad perfecta, cuando Dios habite para siempre en medio de su pueblo y todo resplandor parcial sea absorbido por la luz de su presencia.
Así resplandece la hermosura de este desarrollo. El Hijo prometido, contemplado en su muerte, resurrección y sacerdocio eterno, inauguró el Nuevo Pacto. En ese pacto Dios concedió remisión de pecados, purificación de la conciencia, acceso al Santísimo, ley escrita en el corazón, santificación del pueblo y culto vivo. Y ese mismo pueblo, así formado por Dios, aparece ahora como sacerdocio santo y real: anuncia las virtudes del Dios que lo llamó, ofrece sacrificios espirituales aceptables por medio de Jesucristo, presenta sus cuerpos como sacrificio vivo, vive la fe misma como sacrificio espiritual, levanta oraciones y acciones de gracias como incienso delante de Dios, presenta también sus ofrendas con agrado santo, y todo ello mientras peregrina en esperanza hacia la consumación final.
Por eso podemos decir, con reverencia y gozo, que la Iglesia vive entre dos resplandores: el de la obra ya cumplida del Mesías y el de la gloria aún venidera de su manifestación plena. Entre ambos resplandores el pueblo sacerdotal adora, anuncia, ofrece, accede y espera. Todo procede de Cristo, todo se sostiene en Cristo y todo culminará en Cristo, cuando el pueblo santo, plenamente glorificado, habite para siempre en la luz admirable del Dios que lo llamó y a quien ahora sirve, por medio de Jesucristo, con sacrificios espirituales aceptables y con el gozo consumado de una presencia ya sin velo.
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