Capítulo 6
Capítulo 6
La consumación gloriosa del acceso, del culto y de la comunión en el Nuevo Pacto
Si en el capítulo anterior contemplamos al pueblo sacerdotal anunciando las virtudes de Dios, ofreciendo sacrificios espirituales y viviendo en el acceso santo abierto por el Hijo, ahora debemos levantar la mirada hacia la consumación de esa misma gloria. Porque el Nuevo Pacto no solo es superior al antiguo por la excelencia de su Mediador, por la perfección de su sacerdocio o por la firmeza de sus promesas; es superior también porque conduce al pueblo de Dios a una comunión plena, a un culto consumado y a una cercanía sin velo. Lo que ahora vivimos en verdad, aunque todavía por fe, será entonces vivido en perfección, sin debilidad, sin interrupción y sin sombra.
La gloria del Nuevo Pacto no consiste únicamente en que el pecado ha sido remitido, ni solo en que la conciencia ha sido purificada, ni solo en que el acceso al Santísimo ha sido abierto. Consiste también en que Dios ha querido recibir para sí un pueblo, acercarlo a su presencia, hacerlo participar de la realidad santa del santuario y llevarlo finalmente a la plenitud de esa comunión. No estamos, pues, al final de este libro, ante una simple recapitulación doctrinal. Estamos ante la contemplación de la meta: aquello para lo cual el pueblo fue perdonado, purificado, santificado y hecho sacerdocio santo.
Por eso, si Hebreos llama al Nuevo Pacto mejor, no debemos entender esa superioridad de manera fría o solamente comparativa. Es mejor porque lleva a cumplimiento aquello que antes permanecía en figura. Es mejor porque introduce al pueblo en aquello que antes se anunciaba desde lejos. Es mejor porque no deja al adorador a la puerta del santuario, sino que lo conduce al acceso verdadero. Es mejor porque no habla solo de reconciliación en términos externos, sino de comunión viva. Es mejor porque no forma un pueblo que mira desde lejos, sino un pueblo que entra, participa, adora y es recibido.
En esta luz, la superioridad del Nuevo Pacto resplandece de una manera singular en el acceso. El pueblo no solo ha sido instruido acerca de Dios; ha sido acercado a Dios. No solo ha recibido mandamientos; ha sido introducido en la presencia. No solo ha oído hablar del propiciatorio; ha recibido acceso al trono de gracia. No solo ha aprendido el lenguaje del santuario; ha sido hecho pueblo del santuario. Esta cercanía pertenece al corazón mismo de la gloria del pacto nuevo. Y precisamente por eso su consumación final no puede describirse de otra manera que como comunión plena, acceso perfecto y gozo consumado en la presencia de Dios.
Hebreos lo proclama con santa fuerza: tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo; acerquémonos con corazón sincero y plena certidumbre de fe; acerquémonos confiadamente al trono de la gracia. Estas palabras no son un simple recurso devocional. Hablan de la realidad nueva en la que el pueblo vive por la mediación del Hijo. El acceso es verdadero. El propiciatorio es verdadero. El trono de gracia es verdadero. La recepción del pueblo por Dios es verdadera. Pero todo ello, siendo ya real, todavía es vivido en la forma de la fe peregrina. Entramos, sí, pero todavía esperando. Nos acercamos, sí, pero todavía sin visión manifiesta. Gozamos de la comunión, sí, pero todavía sin su consumación plena.
Aquí conviene recordar también la palabra de Hebreos: «Tenemos un altar». El pueblo del Nuevo Pacto no es un pueblo sin altar. Tiene acceso al altar verdadero. Ya no vive en torno a las figuras del antiguo orden, sino en la realidad santa que aquellas anunciaban. Y en ese acceso al altar verdadero resplandece la reunión de los grandes símbolos cultuales que habían formado la pedagogía del tabernáculo: el altar, el incienso, el propiciatorio, la presencia. Todo converge ahora en la realidad abierta por el Hijo.
Por eso debe contemplarse con reverencia la hermosura de esta vida sacerdotal. El pueblo del Nuevo Pacto no solo ofrece cosas a Dios; entra ante Dios. No solo presenta sacrificios espirituales; vive en acceso. No solo levanta oraciones; las levanta en la realidad del santuario verdadero. No solo espera ser recibido al final; ya ha sido recibido en el Hijo. Y, sin embargo, toda esta verdad presente apunta hacia una plenitud futura en la que el acceso ya no será vivido bajo la forma de la fe que espera, sino bajo la forma de la comunión consumada.
Aquí la figura del altar de oro adquiere una belleza singular. Apocalipsis nos muestra el incienso que sube delante de Dios juntamente con las oraciones de los santos. Así se deja ver que la oración del pueblo, su acción de gracias, su alabanza, no pertenecen a un ámbito meramente humano o psicológico, sino a la realidad cultual del santuario celestial. El pueblo sacerdotal ora delante de Dios. Sus oraciones suben delante de él. Su acción de gracias es recibida. Su alabanza no se pierde en el vacío. Todo ello pertenece a la vida santa del acceso.
Y, sin embargo, también aquí esperamos consumación. Porque nuestras oraciones todavía suben en medio del gemido. Nuestra acción de gracias todavía se entreteje con la debilidad. Nuestra alabanza todavía conoce interrupción, dispersión y cansancio. Nuestro acceso es verdadero, pero todavía no sin velo. El altar del incienso, contemplado en su cumplimiento, nos enseña entonces no solo la dignidad presente de la oración del pueblo, sino también la gloria futura hacia la cual esta oración apunta: la comunión perfecta, donde ya no habrá distancia entre la súplica y la visión, entre el clamor y la respuesta, entre la fe y la plena posesión de la presencia.
También el acceso al propiciatorio y al trono de gracia debe ser contemplado en esta dirección. Ahora nos acercamos confiadamente para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Ahora el pueblo vive sostenido por la ayuda divina, fortalecido en su debilidad, recibido con bondad en medio de su necesidad. Pero llegará el día en que la misericordia ya no será pedida en medio del combate, porque toda lágrima habrá sido enjugada; en que la gracia ya no será buscada para perseverar en debilidad, porque el pueblo estará plenamente glorificado; en que el acceso al trono no será principalmente socorro para peregrinos, sino gozo pleno de hijos recibidos en casa. Lo que hoy es trono de gracia para el camino será entonces comunión manifiesta en la gloria.
De este modo, la consumación del Nuevo Pacto debe ser contemplada como la plenitud de aquello que hoy ya poseemos en verdad. El acceso será acceso sin velo. El altar será comunión sin distancia. El incienso de las oraciones será reemplazado por la cercanía plena de la presencia. La acción de gracias ya no ascenderá en medio de la fragilidad, sino en el gozo estable de una alabanza sin ocaso. El pueblo sacerdotal ya no servirá en tensión y esperanza, sino en plenitud y reposo santo delante de Dios.
Esto significa también que el culto del Nuevo Pacto alcanzará entonces su perfección. Ahora presentamos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Ahora nuestra fe misma comparece en lenguaje cultual. Ahora nuestras vidas, nuestras alabanzas, nuestras acciones de gracias y nuestras ofrendas son asumidas en la belleza del culto espiritual. Todo ello es verdadero. Todo ello es aceptable a Dios por medio de Jesucristo. Pero todavía pertenece a una economía de peregrinación. El cuerpo todavía conoce debilidad. La obediencia todavía conoce lucha. La fe todavía conoce oposición. La alabanza todavía conoce fatiga. Las ofrendas del pueblo todavía son presentadas en medio de una creación que gime.
En la consumación, en cambio, el culto será sin mezcla. La obediencia será sin resistencia. La santidad será sin combate. La alabanza será sin cansancio. La comunión será sin interrupción. Lo que ahora el pueblo vive como culto vivo en medio de la historia, entonces lo vivirá como plenitud de servicio delante de Dios. No habrá tensión entre deseo y realidad. No habrá distancia entre la voluntad de Dios y la respuesta del corazón. La ley escrita en el corazón alcanzará su expresión plena en un pueblo que lo amará perfectamente, lo obedecerá gozosamente y lo servirá en una libertad enteramente santa.
Aquí resplandece también la consumación del sacerdocio del pueblo. Ahora la Iglesia es casa espiritual, sacerdocio santo, pueblo adquirido por Dios. Ahora anuncia las virtudes de Aquel que la llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ahora ofrece sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Ahora accede al altar verdadero, levanta oraciones y acciones de gracias como incienso, y se acerca al propiciatorio y al trono de gracia. Pero todo ello, siendo ya real, permanece todavía bajo la forma de la esperanza. El pueblo sacerdotal sigue peregrinando.
Entonces, en cambio, el sacerdocio del pueblo alcanzará su forma gloriosa y consumada. La proclamación ya no se alzará en medio de la incredulidad del mundo, sino que desembocará en alabanza universal. El acceso ya no será por fe, sino por visión. La oración ya no será clamor en la noche, sino comunión manifiesta. El culto ya no será ofrecido en debilidad, sino en gloria. El pueblo ya no servirá como quien espera entrar, sino como quien habita para siempre en la presencia de Dios.
La Escritura describe esta consumación con imágenes de inmensa belleza. Habla de la Jerusalén celestial descendiendo de Dios. Habla de la morada de Dios con los hombres. Habla de una creación renovada en la que ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor. Habla de una ciudad en la que no habrá templo, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo. Esta última imagen posee una gloria singular para todo lo que hemos venido contemplando. No significa la desaparición del culto, sino su plenitud. No significa el fin de la presencia, sino su total apertura. No significa la negación del santuario, sino su consumación en la presencia inmediata de Dios y del Cordero.
Así, todo cuanto en este libro hemos contemplado bajo las figuras del acceso, del altar, del incienso, del propiciatorio, del trono de gracia, del sacerdocio del pueblo y del culto vivo, alcanzará entonces su verdad visible y plena. El pueblo ya no vivirá alrededor de signos que lo conducen a otra realidad; vivirá en la realidad misma. Ya no conocerá a Dios en medio de velos pedagógicos ni aun en la forma de la fe que todavía aguarda; lo conocerá en una comunión consumada. Ya no ofrecerá alabanza en medio de la fatiga del tiempo; vivirá en una liturgia sin noche. Ya no será pueblo recibido en gracia solo para seguir peregrinando; será pueblo plenamente establecido en la alegría de la casa del Padre.
Esto no debilita la vida presente; la llena de peso y de dulzura. Porque si tal es la consumación hacia la cual nos dirigimos, entonces todo lo que ahora vivimos en el Nuevo Pacto participa ya de esa gloria futura. Cada acceso al trono de gracia anticipa la comunión perfecta. Cada oración que sube como incienso anticipa la cercanía plena. Cada acción de gracias anticipa la alabanza sin ocaso. Cada acto de obediencia santa anticipa la santidad consumada. Cada vez que el pueblo se acerca a Dios por medio de Jesucristo, toca ya, en fe, la realidad hacia la cual será llevado eternamente.
Por eso la esperanza no es un añadido al pacto; es la respiración misma del pueblo del pacto en su peregrinación. Esperamos porque ya hemos sido acercados. Esperamos porque ya hemos sido recibidos. Esperamos porque el acceso ya ha sido abierto. Esperamos porque el altar verdadero ya es nuestro en Cristo. Esperamos porque el incienso de nuestras oraciones ya sube delante de Dios. Esperamos porque el trono de gracia ya nos sostiene. Y esperamos porque sabemos que todo esto no será desmentido, sino consumado.
Así se cierra con hermosura el arco entero de este libro. Comenzamos contemplando al Hijo prometido: el Verbo eterno hecho carne, el hijo de David, el Crucificado, el Resucitado, el Sumo Sacerdote constituido en el poder de una vida indestructible. Luego contemplamos los dones del pacto en su pueblo: remisión, purificación, acceso, ley en el corazón, santificación, culto vivo, sacerdocio santo, proclamación y esperanza. Y ahora contemplamos la meta hacia la cual todo se dirige: la consumación gloriosa del acceso, del culto y de la comunión del pueblo con su Dios.
Aquí está el centro y la gloria del evangelio: el Hijo prometido que inauguró un pacto mejor, abrió el acceso a la presencia de Dios, recibió para sí un pueblo sacerdotal y lo conduce hacia la plenitud de una comunión ya sin sombra. Aquí resplandece la hermosura del designio divino: no solo perdonar, sino acercar; no solo purificar, sino recibir; no solo abrir el acceso, sino llevar a su pueblo hasta la morada plena de su presencia.
Y así, con reverencia y gozo, podemos decir: todo procede de Cristo, todo se sostiene en Cristo y todo culminará en Cristo. En él el acceso fue abierto. En él el pueblo es recibido. En él el altar verdadero se hace realidad. En él las oraciones de los santos suben con agrado delante de Dios. En él la comunión ya ha comenzado. Y en él la morada de Dios con su pueblo alcanzará su manifestación plena y eterna.
A él sea la alabanza por el pacto mejor, por el acceso abierto, por el sacerdocio eterno, por el altar verdadero, por el propiciatorio y el trono de gracia, por el incienso de las oraciones de los santos, por la comunión ya inaugurada y por la gloria venidera. Porque de él, por él y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.
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