Capítulo 4. Cuando de una palabra se abusa
Capítulo 4. Cuando una palabra quiere decir demasiado
Hay palabras que, por haber sido repetidas durante mucho
tiempo, empiezan a producir una impresión de solidez que no siempre corresponde
a una verdadera claridad. Suenan antiguas. Suenan graves. Se apoyan en ellas
himnos, sermones, afirmaciones reverentes. Y, poco a poco, uno llega a sentir
que con solo pronunciarlas ya ha entrado en terreno firme.
Pero a veces ocurre otra cosa.
A veces la palabra sigue siendo fuerte, pero ya no está bien
delimitada. Sigue emocionando, pero ya no guía con precisión. Sigue pareciendo
profunda, pero ya no ayuda a distinguir. Y entonces, sin que nadie lo note de
inmediato, una palabra que antes servía para iluminar comienza a volverse
demasiado amplia. Quiere abarcar muchas cosas al mismo tiempo. Y cuando una
palabra quiere decir demasiado, corre el riesgo de no decir nada con verdadera
nitidez.
Eso puede ocurrir con la palabra “expiación”.
Se la usa para hablar de la sangre, del sacrificio, del
perdón, de la remisión, de la reconciliación, del castigo, de la limpieza, de
la sustitución, de la justicia de Dios. Se la pronuncia como si bastara por sí
sola para recoger toda la lógica de la obra divina y entregarla ya resuelta al
pensamiento. Pero precisamente ahí comienza la dificultad. Porque una palabra
puede ser bíblica y, sin embargo, estar siendo usada de una manera tan amplia
que termina reuniendo dentro de sí cosas que la Escritura no presenta como si
fueran una sola y la misma realidad.
Y esto merece atención.
Porque el problema no consiste simplemente en usar una
palabra tradicional. El problema aparece cuando esa palabra empieza a funcionar
como una especie de recipiente donde caben demasiadas imágenes sin que se las
distinga bien. Entonces ya no es la palabra la que guía al lector. Es el lector
quien la llena con lo que ya trae consigo.
Uno oye “expiación” y piensa en deuda.
Otro piensa en castigo.
Otro piensa en limpieza.
Otro piensa en sustitución.
Otro piensa en restauración.
Otro piensa en reconciliación.
Y todos creen estar diciendo lo mismo.
Pero no necesariamente lo están diciendo.
Porque no todo pertenece al mismo ámbito. No toda imagen
nace en el mismo mundo. No todo lenguaje organiza de la misma manera la
comprensión de la obra de Dios. Hay palabras que hablan como santuario. Hay
otras que hablan como tribunal. Otras recuerdan el mundo del mercado. Otras
pertenecen a la casa, a la mesa, a la comunión restaurada.
Y aunque la Escritura puede hablar con muchos registros, eso
no significa que debamos fundir todos esos registros en una sola masa, como si
fueran simplemente maneras distintas de repetir una sola idea.
Porque no lo son.
No es lo mismo purificar un espacio contaminado que reparar
un daño. No es lo mismo restaurar un vínculo que saldar una cuenta. No es lo
mismo inaugurar una relación que conservar en santidad una realidad ya
establecida. No es lo mismo la sangre del pacto que la sangre dada sobre el
altar dentro del servicio del santuario. Todo eso puede estar relacionado. Todo
eso puede pertenecer, en diversos modos, al mundo de la obra de Dios. Pero no
por eso deja de ser importante distinguir.
Y quizá aquí conviene detenernos un poco más.
Porque una de las cosas que hemos venido viendo en los
capítulos anteriores es que la sangre no aparece en la Escritura como una
realidad suelta. No flota sola. No viene desprendida del mundo que Dios le da.
Pero precisamente por eso también debemos cuidarnos de otro error: no reducir
todos los escenarios de la sangre a uno solo.
La sangre ya había actuado como sangre de pacto antes de
aparecer en el mundo levítico del altar del tabernáculo.
Cuando Moisés edificó altar al pie del monte y roció la
sangre diciendo: «He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros»
(Éx. 24:8), la sangre no estaba siendo presentada como simple mecanismo de
purificación cultual dentro de un sistema ya en funcionamiento. Estaba actuando
en otra escena. Estaba sellando una relación. Estaba inaugurando una comunión.
Estaba marcando una pertenencia. Era sangre de pacto.
Más adelante, cuando el mundo del santuario ya está
establecido, la sangre aparece también sobre el altar, dada por Dios para
actuar dentro de una realidad santa ya abierta. Allí su función no debe ser
confundida con la inauguración del pacto, porque ya no estamos en el mismo
momento ni en el mismo escenario. Ya hay santuario. Ya hay sacerdocio. Ya hay
altar consagrado. Ya hay una vida cultual que debe ser guardada en santidad.
Y precisamente por eso hace falta pensar con cuidado.
Porque si una sola palabra absorbe sin distinción la sangre
del pacto y la sangre del altar; la inauguración de una relación y el
mantenimiento de una realidad santa; la ratificación de la comunión y la
purificación dentro del santuario; entonces el lector empieza a perder de vista
el relieve del mundo bíblico. Todo queda comprimido. Todo se aplana. Todo
parece reducirse a una sola operación repetida con distintos nombres.
Pero la Escritura no habla así.
La Escritura no nos entrega primero una fórmula y luego
acomoda los textos dentro de ella. Nos entrega escenas. Nos introduce en
ámbitos. Nos deja ver actos de Dios que no son idénticos entre sí, aunque estén
profundamente relacionados. Nos muestra sangre de pacto. Nos muestra sangre
sobre el altar. Nos muestra restitución. Nos muestra purificación. Nos muestra
comunión. Nos muestra una mesa compartida delante de Dios. Nos muestra ofrendas
que preparan, ofrendas que restauran, ofrendas que celebran, ofrendas que
expresan entrega.
Y cuando todo eso es reducido demasiado rápido a una sola
palabra, algo se pierde.
Se pierde el espesor de la Escritura.
Se pierde la diferencia entre una relación que se inaugura y
una comunión que se preserva. Se pierde la diferencia entre lo que abre el
camino y lo que guarda en santidad el camino ya abierto. Se pierde la belleza
de un mundo donde Dios no solo responde a un problema, sino que da forma a una
vida delante de sí.
Por eso conviene sospechar un poco de las palabras que
parecen explicarlo todo con demasiada facilidad.
No porque debamos rechazarlas sin más, sino porque a veces
una palabra muy grande puede empezar a dominar el pensamiento en lugar de
servirlo. Entonces ya no se usa para acercarse mejor al texto, sino para
colocar sobre el texto una teoría que parecía resuelta desde antes.
Y eso es precisamente lo que ocurre cuando toda la riqueza
de las ofrendas y de la sangre es comprimida dentro de una fórmula demasiado
rápida.
Con frecuencia se dice: una vida por otra vida.
La frase tiene fuerza. Se recuerda con facilidad. Parece
ordenar mucho en muy poco espacio. Pero precisamente por eso puede resultar
engañosa. Porque una frase breve no siempre hace justicia a una realidad
amplia. Y el problema no es que la frase diga algo falso en todos los sentidos
posibles. El problema es que dice demasiado poco para sostener todo lo que
después se pone sobre ella.
Porque el mundo de las ofrendas en Israel no se deja reducir
a una sola lógica uniforme.
Habla de reparación.
Habla de purificación.
Habla de consagración.
Habla de readmisión.
Habla del cuidado del espacio santo.
Habla del gozo de una comida compartida delante de Dios.
Habla de la posibilidad de vivir cerca.
Habla de una relación que Dios quiso establecer, guardar y ordenar.
Todo eso está allí.
Y cuando todo se resume en una sola palabra demasiado
flexible, o en una sola fórmula demasiado lisa, el lector ya no alcanza a ver
el movimiento interno del mundo bíblico. Ya no ve que algunas acciones
preparan. Ya no ve que otras restauran. Ya no ve que otras celebran. Ya no ve
que el fin no es solo resolver una interrupción, sino hacer posible que la vida
del pueblo continúe delante del Dios que habita en medio de él.
Tal vez una comparación sencilla ayude a percibirlo.
No es lo mismo limpiar una casa contaminada que sellar un
pacto. Tampoco es lo mismo reparar el daño causado a un hermano que participar
de una comida de paz en presencia de Dios. Todas esas acciones pueden
pertenecer, de una u otra manera, a la vida de una comunidad delante del Señor.
Pero no son equivalentes. No hacen lo mismo. No pertenecen al mismo instante.
No se mueven en el mismo registro. Y si alguien intentara explicar todas ellas
con una sola palabra, sin distinguir nada, terminaría diciendo algo demasiado
amplio para ser realmente claro.
Eso pasa también aquí.
La Escritura puede hablar con riqueza sin caer en confusión.
Pero nosotros sí podemos confundirla si convertimos una palabra en una caja
donde metemos todo sin orden. Entonces el pensamiento deja de escuchar los
matices del texto. Ya no aprende a ver los diversos actos de Dios. Ya no
distingue entre la sangre que inaugura una relación y la sangre que actúa
dentro de una relación ya abierta. Ya no distingue entre pacto y purificación,
entre comunión y restitución, entre acceso inaugurado y santidad preservada.
Y, sin embargo, esas diferencias importan.
Importan porque Dios quiso revelar su obra no como una
teoría uniforme, sino como una realidad viva y ordenada. Importan porque el
Dios de la Escritura no lanza conceptos al aire, sino que crea ámbitos,
establece relaciones, asigna funciones, abre caminos y enseña a su pueblo a
vivir delante de su presencia. Importan porque, si dejamos que una sola palabra
absorba demasiadas cosas, terminaremos leyendo el texto desde una
simplificación nuestra, y no desde la forma concreta en que Dios quiso darse a
conocer.
Aquí conviene hacer otra observación.
A veces, detrás del uso excesivamente amplio de una palabra,
se esconde también una reducción del fin mismo del sistema de ofrendas. Todo
empieza a leerse como si el objetivo principal fuera simplemente manejar la
culpa, resolver una infracción o satisfacer una exigencia abstracta. Pero la
estructura misma del mundo levítico sugiere algo más amplio. Sugiere un Dios
que ya ha tomado la iniciativa. Un Dios que ya ha dado pacto, santuario, altar
y mediación. Un Dios que no está simplemente administrando faltas, sino
formando una vida de comunión con su pueblo. Dentro de ese mundo, ciertamente
hay reparación y purificación. Pero esas acciones no agotan el sentido del
sistema. Preparan, preservan, restauran y ordenan una realidad mayor: la
cercanía de Dios, la vida compartida con él, el gozo del culto, la comunión que
no debe perderse.
Y esto también se pierde cuando una sola palabra quiere
decir demasiado.
Porque entonces el lector ya no ve un mundo santo lleno de
actos diversos y ordenados hacia la presencia de Dios. Ve solo una sola
operación general aplicada una y otra vez. Todo se vuelve más fácil de resumir,
pero también más pobre.
La Escritura, en cambio, no habla con esa pobreza.
Habla con una riqueza ordenada.
A veces habla como pacto.
A veces habla como altar.
A veces habla como purificación.
A veces habla como restitución.
A veces habla como mesa compartida.
A veces habla como comunión restaurada.
Y la tarea del lector no consiste en aplastar rápidamente
esa riqueza bajo una sola fórmula, sino en dejar que Dios mismo enseñe cómo
deben permanecer juntas esas realidades sin ser confundidas.
Por eso la paciencia también es una forma de reverencia.
La paciencia que no unifica antes de tiempo.
La paciencia que no reduce demasiado pronto.
La paciencia que acepta que la verdad de Dios a veces tiene más relieve que
nuestros esquemas favoritos.
Esa paciencia no debilita la fe.
La purifica.
Nos libra de la ilusión de creer que ya hemos comprendido
una realidad inmensa solo porque hemos aprendido una expresión breve y solemne.
Y nos devuelve a una tarea más humilde y más fiel: volver a la Escritura y
dejar que sea ella quien ponga límites a nuestras palabras, quien ordene
nuestras imágenes y quien nos enseñe, poco a poco, cómo hablar de la obra de
Dios sin empobrecerla.
Tal vez, entonces, la cuestión no sea abandonar las palabras
grandes, sino aprender a usarlas con temor y claridad.
Sabiendo que una palabra puede servir.
Pero también puede dominar.
Puede iluminar.
Pero también puede ocultar.
Puede abrir el texto.
Pero también puede cerrarlo demasiado pronto.
Por eso, cuando una palabra quiere decir demasiado, es mejor
detenerse y volver a escuchar.
Volver a oír la sangre del pacto.
Volver a oír la sangre dada sobre el altar.
Volver a oír la diferencia entre inaugurar y preservar.
Volver a oír el mundo santo que Dios mismo ha levantado en su Escritura.
Porque cuando la Escritura vuelve a ocupar el centro,
incluso las palabras más grandes aprenden otra vez a guardar su lugar.
Y ya no a dominar.
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