El acceso al Santísimo, la vida de fe y la perseverancia en el Nuevo Pacto
Capítulo 3
El acceso al Santísimo, la vida de fe y la perseverancia en el Nuevo Pacto
Si en el capítulo anterior contemplamos la remisión de los pecados y la purificación de la conciencia como frutos de la inauguración del Nuevo Pacto por la sangre del Mesías, ahora somos llevados a considerar el despliegue pleno de esa misma obra: el acceso libre al Santísimo, la vida de fe y la perseverancia del pueblo de Dios.
Nada de esto nace de capacidad humana autónoma. Todo brota de la iniciativa fiel de Dios manifestada en su Hijo. Su sangre fue derramada e inauguró el Nuevo Pacto; su resurrección lo constituyó sacerdote según el poder de una vida indestructible; su ascensión y entronización lo introdujeron en el ejercicio celestial de ese sacerdocio. Desde ese fundamento se abre ahora, con santa libertad, el camino a la presencia misma de Dios.
En el antiguo tabernáculo el acceso estaba rigurosamente ordenado. Había atrios, velos y separaciones sagradas. Solo el sumo sacerdote entraba una vez al año en el Lugar Santísimo, y no sin sangre. Aquel orden era una pedagogía santa: el Espíritu mostraba por medio de esas disposiciones que el camino pleno aún no había sido manifestado. El velo permanecía como testimonio de una distancia real.
Mas cuando el Mesías derramó su sangre, el Nuevo Pacto fue inaugurado. Y cuando Dios lo levantó de entre los muertos, lo constituyó sacerdote conforme al poder de una vida indestructible. Luego, exaltado a la diestra, entró en el santuario celestial como ministro verdadero del tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre. De este modo, el acceso del pueblo de Dios al Santísimo es fruto del despliegue pleno de la obra del Mesías: sangre derramada, pacto inaugurado, resurrección victoriosa y sacerdocio celestial viviente.
Por eso el autor de Hebreos proclama con santa confianza: «Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne» (Heb 10:19-20). Esta libertad no es irreverencia ni ligereza ante lo santo. Es gracia pactual, concedida al pueblo purificado y consagrado por la obra del Hijo, que ahora se acerca a Dios por medio de su sacerdocio celestial y permanente.
Bajo el antiguo orden había mediaciones provisionales, incapaces de llevar a la consumación. Ahora el pueblo del Mesías tiene un gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios. El acceso ha sido abierto porque el pacto ha sido inaugurado por la sangre, y porque el Hijo resucitado vive para ejercer, en la presencia del Padre, el ministerio que corresponde a su vida glorificada.
Hebreos no habla solo de una puerta abierta, sino de un «camino nuevo y vivo». Nuevo, porque pertenece al Nuevo Pacto inaugurado por la sangre del Mesías. Vivo, porque no descansa en ritos repetidos ni en estructuras terrenales, sino en la vida indestructible del Hijo, quien vive para siempre delante del Padre. El acceso al Santísimo no es un privilegio esporádico: es la condición estable del pueblo redimido, sostenida continuamente por el sacerdocio del Mesías.
La sangre del Mesías no solo inaugura el pacto en el que hay remisión; introduce al pueblo en una relación viva con Dios. La conciencia purificada ya no queda retenida por la acusación del pecado, sino habilitada para el culto. La cercanía no nace de la autosuficiencia del creyente, sino del hecho de que el Hijo, habiendo inaugurado el pacto con su sangre, lo administra ahora como sacerdote viviente en el santuario celestial.
Por eso la exhortación brota con fuerza: «acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura» (Heb 10:22). Obsérvese el orden divino: la exhortación no produce la obra del Mesías, sino que descansa sobre ella. Nos acercamos porque la sangre fue derramada, el pacto fue inaugurado, la conciencia fue purificada y tenemos un gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios.
Este acercamiento se realiza «en plena certidumbre de fe». La fe no es una energía autónoma del alma ni una virtud que el hombre produce para alcanzar a Dios. Es la respuesta del corazón a la fidelidad de Dios manifestada en su Hijo. Es el descanso del creyente en la justicia de Dios, es decir, en su fidelidad pactal revelada en el Mesías. Vivir por fe en el Nuevo Pacto significa habitar en la certeza objetiva de lo que Dios ha realizado en su Hijo y de lo que el Resucitado sostiene ahora desde el santuario celestial.
Los antiguos, como muestra Hebreos 11, vivieron por fe saludando de lejos las promesas. Caminaron como peregrinos, confesando que buscaban una patria mejor. Su fe fue verdadera y preciosa, pero permaneció en el régimen de las figuras y las anticipaciones. Nosotros vivimos en el tiempo del cumplimiento: la sangre ha sido derramada, el pacto ha sido inaugurado, el Hijo ha resucitado y ha sido entronizado, y el Espíritu Santo ha sido derramado sobre el pueblo de Dios. Nuestra fe descansa en realidades ya inauguradas, aunque todavía espera su consumación final.
Así, la vida de fe abraza a la vez descanso y tensión, posesión y esperanza. Ya hemos sido acercados al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, a la asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos. Ya participamos, por fe, del santuario celestial. Y, sin embargo, todavía caminamos en medio de pruebas. Esta tensión no debilita la fe, sino que la purifica, porque se apoya no en lo visible, sino en la fidelidad del que prometió.
De ahí que la esperanza y la perseverancia vayan inseparablemente unidas a la fe: «Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió» (Heb 10:23). La perseverancia no es heroísmo humano, sino la estabilidad de un pueblo sostenido por la fidelidad de Dios en el pacto inaugurado por la sangre y administrado por el sacerdocio celestial de su Hijo.
Esta perseverancia posee además un carácter profundamente corporativo. El acceso al Santísimo no conduce a una espiritualidad aislada. El mismo pasaje continúa: «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca» (Heb 10:24-25). La sangre del Hijo no forma individuos dispersos, sino un pueblo reunido, una casa espiritual y un sacerdocio santo. El acceso al santuario celestial tiene expresión visible en la asamblea del pueblo de Dios.
Esta vida corporativa es vivificada por el Espíritu Santo, don del Nuevo Pacto. No es un añadido secundario, sino parte del cumplimiento prometido. Por él la ley es escrita en el corazón, la asamblea es edificada, el culto es vivificado y la perseverancia de los santos es sostenida. El acceso abierto no es una doctrina fría: es una realidad participada por un pueblo en quien habita el Espíritu Santo.
Precisamente porque el camino es vivo, Hebreos nos llama a no retroceder. En lugar de mirar nuestra fragilidad, nos ordena elevar la mirada: «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Heb 12:2). Mirar a Jesús es contemplar la trayectoria completa del Hijo: su obediencia, su sangre derramada, su resurrección, su exaltación y su sesión a la diestra del Padre. En él vemos no solo el inicio de nuestra esperanza, sino su consumación segura.
Nuestra carrera no es una trayectoria separada de la suya, sino participación en el camino del Hijo hacia la gloria. En esta peregrinación, el Padre nos forma mediante la disciplina, marca de su amor paternal. Las pruebas, recibidas en fe, se convierten en instrumento para conformarnos a la santidad que corresponde a nuestra cercanía con Dios.
De este modo, toda exhortación en el Nuevo Pacto queda libre de moralismo. No perseveramos para abrir el acceso, sino porque el acceso ya ha sido abierto por la obra del Hijo. No fabricamos comunión con Dios, sino que vivimos de la comunión inaugurada por la sangre del Mesías, sostenida por su sacerdocio celestial y vivificada por el Espíritu Santo.
Esta perseverancia conserva siempre un acento escatológico. Ya gustamos los poderes del siglo venidero y participamos del santuario celestial por fe; pero aún aguardamos la ciudad permanente y el reino inconmovible. Cuanto más libre es el acceso, más profunda debe ser la reverencia. Cuanto más gloriosa la cercanía, más santa la vida del pueblo que ha sido introducido en ella.
Así resplandece la hermosura del Nuevo Pacto: no solo remisión y purificación, sino introducción del pueblo en una vida de acceso confiado, fe cierta, esperanza firme y perseverancia sostenida. El Santísimo ya no es ámbito vedado. La fe ya no vive solo de promesas distantes. La perseverancia ya no descansa en fuerzas humanas. Todo procede de la fidelidad de Dios manifestada en el Mesías. Todo fue inaugurado por su sangre. Todo es sostenido por su vida resucitada, por su sacerdocio celestial y por el don del Espíritu.
La sangre fue derramada. El pacto fue inaugurado. El Hijo fue levantado, entronizado y manifestado en el cielo como sacerdote para siempre. Por eso el acceso ha sido abierto. Por eso la fe se levanta con certidumbre. Por eso la asamblea persevera en amor. Por eso los hijos corren con los ojos puestos en Jesús, hasta entrar plenamente en la gloria inconmovible del siglo venidero.
Pero el acceso abierto al Santísimo no solo sostiene la fe y la perseverancia del pueblo de Dios; también da forma a su vida interior, a su obediencia y a su culto. El Dios que ha abierto el camino a su presencia es el mismo que escribe su ley en el corazón de los suyos, los hace crecer en madurez y los forma como pueblo santo para vivir delante de Él en obediencia gozosa. Por eso, después de contemplar el acceso libre al Santísimo y la perseverancia que brota de él, debemos volver la mirada a la obra interior del Nuevo Pacto: la ley escrita en el corazón, la madurez del pueblo santo y el culto vivo que asciende al Dios vivo.

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