Capíulo 1. El perdón como morada del pacto
1. El
perdón como morada del pacto
Hay preguntas que parecen legítimas desde el principio, pero
que en realidad ya traen una idea escondida dentro. Se presentan como dudas
sinceras, incluso reverentes, pero sin que uno lo advierta, ya han decidido de
antemano la clase de respuesta que aceptarán.
Una de esas preguntas es esta: ¿por qué necesitó Dios la
sangre para perdonar?
A primera vista, parece una pregunta razonable. La Escritura
habla muchas veces de sangre, sacrificios, altar, expiación y remisión de
pecados. Es natural que alguien se detenga ante esa insistencia y quiera
comprenderla.
Pero el punto más delicado de la pregunta no está en el “por
qué”, sino en el “necesitó”.
Porque al formularla así, ya se ha dado por sentado algo muy
serio: que Dios no podía perdonar libremente; que había algo que lo detenía;
que existía una exigencia previa que debía cumplirse antes de que el perdón
pudiera ser dado. Sin notarlo, empezamos a imaginar a Dios no como el
Misericordioso, sino como alguien condicionado por una necesidad anterior a su
propia compasión.
Sin embargo, cuando Dios se da a conocer en la Escritura, no
se presenta de esa manera. Cuando proclama su nombre delante de Moisés, dice:
“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y
grande en misericordia y verdad” (Éx. 34:6). Lo primero que resplandece allí no
es una restricción, sino su compasión; no una barrera, sino su bondad; no una
resistencia al perdón, sino la abundancia de su misericordia.
Por eso, cuando pensamos en el perdón, lo primero que
debemos cuidar es la imagen que tenemos de Dios.
Si imaginamos que Dios solo puede perdonar después de
recibir algo que lo habilite para hacerlo, entonces el perdón deja de ser un
acto libre de su amor y pasa a ser el resultado de una condición cumplida. En
ese caso, la misericordia ya no sería el origen, sino apenas la consecuencia de
un requisito satisfecho. Y la Escritura no nos conduce en esa dirección.
La Biblia habla de Dios como aquel que “perdona la maldad, y
olvida el pecado del remanente de su heredad” (Miq. 7:18). Habla del Dios que
“no contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo” (Sal. 103:9), y
del que “cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros
nuestras rebeliones” (Sal. 103:12). Ese lenguaje no describe a un Dios que
mantiene el perdón bajo llave hasta recibir el pago correcto. Describe a un
Dios cuyo corazón se inclina a la redención.
Entonces, el problema no es que la sangre aparezca en la
Escritura. Aparece, y aparece con un peso innegable. El verdadero asunto es cómo
debe entenderse su función.
Muchas veces se ha pensado la sangre como si fuera el precio
que Dios exigía para poder perdonar. Pero la revelación bíblica permite
contemplar algo más hondo y más bello: la sangre debe entenderse, ante todo,
como sangre del pacto.
Cuando Moisés roció al pueblo, dijo: “He aquí la sangre del
pacto que Jehová ha hecho con vosotros” (Éx. 24:8). Esa sangre no aparece allí
como el pago de una deuda contable. Aparece como la señal solemne de una
relación que Dios está estableciendo con su pueblo. Marca una pertenencia,
sella una comunión e inaugura una historia compartida.
Esta verdad alcanza su plenitud en las palabras del Señor
Jesús cuando toma la copa y dice: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por
muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt. 26:28). Jesús no
presenta su sangre como una moneda para convencer a un Dios reticente. La
presenta como la sangre del nuevo pacto. Y es dentro de ese nuevo pacto donde
la remisión de los pecados tiene su lugar.
Aquí hay algo fundamental que conviene contemplar con calma:
la sangre no compra el perdón como si el perdón fuera una cosa retenida
hasta que alguien pague por ella. La sangre inaugura la relación nueva en
la que el perdón es dado.
Esto cambia por completo nuestra manera de comprender el
evangelio.
No estamos ante una transacción comercial, sino ante una
comunión personal. No estamos ante un canje jurídico, sino ante la apertura de
una morada. En una transacción, todo termina cuando se paga. En el pacto, en
cambio, todo comienza. El acto no cierra la relación; la abre. No liquida un
asunto; funda un mundo nuevo.
Por eso, cuando Jeremías anuncia el nuevo pacto, no lo
describe como el momento en que Dios recibe algo que le faltaba, sino como el
momento en que crea una relación nueva con su pueblo. Dice: “Daré mi ley en su
mente, y la escribiré en su corazón... porque perdonaré la maldad de ellos, y
no me acordaré más de su pecado” (Jer. 31:33-34). El perdón aparece allí como
parte de esa nueva realidad. No como un precio previo, sino como una de las
bendiciones propias del pacto que Dios establece.
Lo mismo ocurre en Hebreos. El autor retoma esta promesa y
muestra su cumplimiento en Cristo, quien entró “una vez para siempre en el
Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Heb. 9:12). Y añade que
donde hay remisión “ya no hay más ofrenda por el pecado” (Heb. 10:18). El
énfasis no está en una maquinaria de compensación que debe mantenerse en
funcionamiento, sino en la eficacia plena de lo que Dios ha inaugurado de una
vez por todas.
Por eso puede decirse que el perdón no es una mercancía que
se libera después del pago. Es una realidad que vive dentro de la casa que Dios
ha edificado.
La sangre del pacto no compra esa casa.
La funda.
Y una vez dentro de ella, el perdón no es una excepción
extraña. Es el aire que allí se respira.
Tal vez esta sea una manera más fiel y más hermosa de
entenderlo: el perdón no es solo un dictamen legal; es también una atmósfera.
No es solo una declaración puntual; es la condición propia de una comunión
restaurada. Es el ambiente del pacto. Es el aliento de la casa de Dios cuando
él mismo ha abierto de nuevo el camino para vivir con él.
Por eso el Nuevo Testamento habla tanto de comunión. “Fiel
es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo
nuestro Señor” (1 Co. 1:9). Esa comunión no es una idea vaga ni un sentimiento
pasajero. Es participación real en la vida que Dios ha abierto en su Hijo. Y
donde esa comunión es verdadera, el perdón no aparece como algo ajeno.
Pertenece al orden mismo de esa vida compartida con Dios.
Eso mismo dice Juan: “Si andamos en luz, como él está en
luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos
limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). Conviene notar bien la escena: luz,
comunión y limpieza aparecen unidas. La sangre no se presenta allí como algo
que persuade a Dios a dejar de ser severo. Se presenta como una realidad
inseparable del Hijo y de la comunión que Dios ha abierto en él. La limpieza
sucede dentro de ese ámbito.
Entonces la imagen de Dios cambia por completo.
Ya no lo vemos como alguien que necesita ser convencido para
mostrar misericordia. Lo vemos como el Dios que toma la iniciativa, el Dios que
sale al encuentro, el Dios que establece el pacto, el Dios que abre una morada
para su pueblo. No es un Dios que espera ser persuadido para amar. Es el Dios
que amó primero. Su misericordia no es una reacción forzada, sino la expresión
de su propia fidelidad.
Por eso Pablo puede decir: “Dios estaba en Cristo
reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus
pecados” (2 Co. 5:19). Esta palabra es profundamente sanadora. No nos habla de
un Dios lejano que tuvo que ser apaciguado, sino del Dios que actuaba en Cristo
para reconciliar. Nos habla de su cercanía, de su iniciativa y de su fidelidad.
Y esta comprensión no solo corrige la teología. También sana
el corazón.
Porque muchas veces tratamos a los demás según la imagen de
Dios que llevamos dentro. Si creemos en un dios transaccional, terminaremos
viviendo de forma transaccional. Convertiremos la culpa en deuda, el perdón en
cálculo, y el amor en balanza. Exigiremos compensaciones antes de abrir el
alma. Haremos de la relación una contabilidad.
Pero si aprendemos a ver el perdón como realidad del pacto,
entonces también aprenderemos a mirar las relaciones de otra manera.
Comprenderemos que la fidelidad no es una moneda de cambio. Que el vínculo no
se reduce a un trueque. Que el Dios vivo no habita en un mercado de méritos,
sino que edifica una comunidad de gracia.
Quizá por eso muchas veces nos cuesta tanto entender el
perdón: porque seguimos haciéndole preguntas nacidas de una lógica comercial.
Queremos saber el costo, el requisito, la condición liberada. Pero el evangelio
nos lleva a otra escena. No nos pone ante una factura, sino ante un hogar. No
nos conduce a una operación bancaria, sino a una comunión. No nos lleva primero
a una transacción, sino a un pacto.
Así, el perdón debe contemplarse como una realidad viva
dentro del pacto inaugurado por Dios. La sangre no compra una disposición
misericordiosa que antes estuviera ausente en él. La sangre consagra y revela
el ámbito donde esa misericordia ya reina. Y dentro de ese ámbito, los pecados
son remitidos porque el Dios fiel ha abierto una morada donde el perdón
pertenece al orden mismo de la vida.
Tal vez esta sea una de las correcciones más urgentes para
nuestra imaginación espiritual: dejar de pensar el perdón como un simple
intercambio jurídico y comenzar a contemplarlo como una atmósfera santa, como
el aliento del nuevo pacto, como el pulso mismo de la reconciliación.
Porque donde Dios establece su pacto, la misericordia no
entra como una visita pasajera.
Allí permanece.
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