Capítulo 7. El propiciatorio no es una máquina de apaciguamiento
Capítulo 7. El propiciatorio no es una máquina de apaciguamiento
En el capítulo anterior vimos que no todo lo ofrecido a Dios
era llamado de la misma manera. Vimos que la Escritura no aplana el mundo del
culto, sino que conserva sus relieves. Distingue entre restitución,
purificación, comunión y entrega total. Y al hacerlo, nos enseña también a no
convertir todo en una sola superficie uniforme.
Pero esa misma lección debe llevarnos ahora un paso más
adentro.
Porque no solo las ofrendas fueron diferenciadas. También
los lugares lo fueron.
No todo espacio santo decía lo mismo.
No todo mueble del santuario cumplía la misma función.
No todo debía ser leído bajo una sola lógica.
Y si en el capítulo anterior fue necesario aprender a no
llamar igual lo que la Escritura no llama igual, ahora será necesario aprender
a no imaginar igual lo que Dios no puso en el mismo lugar.
Eso ocurre de manera muy especial con el propiciatorio.
Hay símbolos bíblicos que, por haber sido repetidos durante
mucho tiempo, terminan pareciendo más claros de lo que en verdad son. Siguen
estando en la Escritura. Siguen apareciendo en sermones, comentarios y
discusiones teológicas. Pero a veces se los pronuncia como si bastara con
nombrarlos para haber entrado ya en su significado. Permanecen en el lenguaje,
aunque poco a poco se haya ido perdiendo el mundo del que nacieron. La palabra
sigue sonando solemne. El símbolo sigue pareciendo importante. Pero ya no
siempre deja ver con nitidez la escena que originalmente abría delante del
lector.
Eso ocurre con el propiciatorio.
Para muchos, esa palabra suena de inmediato a mecanismo.
Suena a una exigencia que debe ser satisfecha, a una ira que debe ser calmada,
a una operación religiosa necesaria para que Dios finalmente permita el acceso.
Poco a poco, el propiciatorio deja de ser contemplado como parte del mundo
santo del santuario y empieza a ser imaginado como una pieza dentro de una
maquinaria de apaciguamiento.
Entonces deja de ser un lugar.
Y se convierte en una máquina.
Pero la Escritura no lo presenta así.
Cuando Dios manda hacer el arca y su cubierta de oro puro,
no habla de ese lugar como una estación de procesamiento espiritual. No lo
describe como un punto donde algo deba ser pagado para que el problema quede
resuelto. Lo presenta como el lugar donde él mismo se manifestará y hablará con
su pueblo: “Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el
propiciatorio” (Éx. 25:22).
Esa palabra debe ser escuchada con calma.
Porque allí el centro no es un procedimiento, sino una
presencia. No es una técnica, sino una manifestación. No es una transacción
sagrada, sino el Dios vivo que se da a conocer. El propiciatorio aparece, desde
el comienzo, no como una máquina para procesar exigencias, sino como el lugar
donde Dios ha querido hablar.
Y eso cambia toda la escena.
Porque una cosa es imaginar un espacio cuyo propósito
principal es resolver un conflicto mediante una operación. Y otra muy distinta
es entrar en un lugar entendido como centro de manifestación divina. En el
primer caso, todo gira alrededor del trámite. En el segundo, todo gira
alrededor del encuentro. En el primero, el hombre piensa en términos de
cálculo. En el segundo, en términos de presencia. En el primero, Dios queda al
fondo de un mecanismo. En el segundo, Dios mismo ocupa el centro.
Tal vez una imagen cotidiana ayude a percibirlo mejor.
Pensemos en una sala de operaciones de corazón abierto.
No es un lugar común. No es un espacio donde cualquiera
entra como entra a una habitación ordinaria. Tiene restricciones, limpieza
rigurosa, instrumentos preparados, personas especialmente apartadas para una
tarea delicada. Todo allí está ordenado porque en ese lugar no puede tolerarse
improvisación ni contaminación. La vida misma está en juego.
Ahora bien, si alguien mirara una sala así y dijera: “Todo
esto existe simplemente para castigar al paciente” o “todo esto no es más que
un sistema para cobrarle algo”, no habría entendido nada. Los guantes, los
instrumentos, la esterilidad, las restricciones y el orden no están allí para
humillar. Están allí porque se está preservando un ámbito donde una
intervención vital puede tener lugar sin que la vida sea destruida.
Algo de eso nos ayuda a acercarnos al santuario.
No porque el tabernáculo pueda reducirse a un quirófano. No
porque la comparación agote el sentido del texto. Sino porque deja ver algo
importante: hay lugares tan delicados, tan cargados de santidad, tan ordenados
hacia la vida y la presencia, que no pueden ser tratados como si fueran
espacios comunes. Requieren orden. Requieren cuidado. Requieren pureza.
Requieren acceso regulado. Pero todo eso no existe para negar el encuentro.
Existe precisamente para hacerlo posible.
Así era el santuario.
Y así debe ser leído el propiciatorio.
No como una pieza aislada. No como una máquina autónoma. No
como un dispositivo de apaciguamiento. Sino como parte del lugar santo donde
Dios había querido habitar en medio de su pueblo. Como el corazón de una
arquitectura sagrada. Como el punto más alto de un mundo ordenado hacia el
encuentro.
Por eso no puede ser arrancado del santuario sin que pierda
su sentido.
Pertenece al tabernáculo.
Pertenece al Lugar Santísimo.
Pertenece a una geografía sagrada donde ya hay pacto, ya hay
altar, ya hay sacerdocio, ya hay sangre dada por Dios, ya hay una presencia que
no puede ser tratada como si fuera común.
Y cuando eso se olvida, también se deforma la imagen de
Dios.
Porque entonces Dios empieza a parecer alguien escondido
detrás de un procedimiento, esperando que una secuencia ritual correcta haga
posible un cambio de actitud. Pero el Dios de la Escritura no aparece así.
Aparece como el Dios que toma la iniciativa, establece el pacto, ordena el
santuario, consagra el sacerdocio, da la sangre para la purificación del ámbito
santo y, finalmente, habla desde sobre el propiciatorio.
No es un Dios retenido por una máquina.
Es el Dios que se manifiesta en el lugar que él mismo ha
dispuesto.
Aquí conviene recordar algo que ya hemos venido viendo. No
basta con conservar las palabras correctas; también hay que conservar su orden
y su lugar. Ya vimos que la sangre no debe separarse del pacto. Ya vimos que no
debe arrancarse del altar sin que cambie su significado. Ahora debemos ver
también que el propiciatorio no puede separarse del santuario ni del propósito
para el cual Dios lo dio.
Porque el santuario no fue levantado para esconder a Dios
detrás de un mecanismo.
Fue levantado para que Dios habitara en medio de su pueblo
sin destruirlo.
Eso significa que las purificaciones, la sangre, el
incienso, el sacerdocio y el acceso regulado no deben ser pensados primero como
engranajes de una técnica de apaciguamiento, sino como disposiciones santas
para preservar el lugar del encuentro. La santidad de Dios no podía ser tratada
con liviandad. El ámbito donde su presencia se manifestaba no podía quedar
entregado a la impureza. Había que guardarlo. Había que purificarlo. Había que
entrar conforme al orden dado por Dios. Pero todo eso tenía una dirección: no
cerrar el acceso para siempre, sino hacer posible la cercanía sin profanar la
presencia.
Por eso el propiciatorio no es una máquina.
Es parte de una morada.
Es parte de una presencia.
Es parte de un mundo santo donde Dios se da a conocer.
Eso también nos ayuda a formular mejor la función de la
sangre en ese contexto.
Porque aquí hace falta precisión. No se trata de negar la
importancia de la sangre. Tampoco se trata de hablar de presencia y encuentro
como si el orden cultual fuera irrelevante. La sangre es decisiva. La sangre
purifica. La sangre consagra. La sangre guarda la santidad del espacio. La
sangre impide que el lugar donde Dios habita quede entregado a la contaminación
de las impurezas del pueblo. Pero precisamente por eso conviene decirlo bien:
dentro del santuario, la sangre no debe ser imaginada primero como precio
comercial, sino como realidad cultual dada por Dios para preservar santo el
ámbito de su presencia.
Eso incluye la purificación del espacio.
Incluye el mantenimiento del lugar santo.
Incluye la preservación del acceso.
Pero todo eso solo tiene sentido porque Dios quiere habitar,
hablar y recibir.
La sangre no es el fin.
La presencia es el fin.
La sangre sirve a la santidad del encuentro.
Ese punto se vuelve especialmente claro cuando pensamos en
el Día de la Expiación. Allí el Lugar Santísimo mismo entra en la escena de la
purificación. Y eso ya muestra que el problema no puede describirse solo como
una deuda abstracta. Hay algo más: el pecado y la impureza contaminan el mundo
del encuentro. No solo generan culpa. También desordenan la cercanía. También
vuelven inviable la convivencia santa entre Dios y su pueblo. Por eso la obra
de Dios no consiste meramente en cerrar un expediente. Consiste en restaurar el
acceso, guardar la morada y hacer posible nuevamente la comunión.
Aquí aparece, entonces, una distinción decisiva.
Una máquina procesa.
Una manifestación revela.
Una máquina opera con entradas y salidas.
Una manifestación pone delante de nosotros a una persona.
Una máquina puede ser usada.
Una manifestación solo puede ser recibida con reverencia.
Y el propiciatorio pertenece a este segundo mundo.
No al de la operación automática, sino al de la
manifestación.
No al de la técnica, sino al del encuentro.
No al de una transacción impersonal, sino al de la presencia
de Dios.
Esto importa mucho, porque la manera en que uno imagina el
propiciatorio termina modelando también la manera en que imagina su relación
con Dios. Si lo concibe como mecanismo, terminará pensando la fe como cálculo:
cumplir con lo debido, ejecutar lo necesario, esperar el efecto. Pero si vuelve
a contemplarlo como lugar de manifestación, la escena cambia. La pregunta
principal ya no es qué operación debe realizarse, sino dónde se ha dado Dios a
conocer y cómo ha abierto el acceso hacia sí.
Y es allí donde Romanos 3:25 se vuelve decisivo.
Pablo dice que Dios puso a Cristo como hilastērion.
Pero no dice solo eso. Dice también que lo exhibió públicamente.
Esa expresión debe ser escuchada en toda su fuerza.
Porque el propiciatorio antiguo no era una realidad
públicamente exhibida. Estaba oculto detrás del velo. Pertenecía al lugar más
resguardado del santuario. No era visible para todos. No era un centro abierto
a la mirada pública. Era el punto escondido del encuentro. Por eso, cuando
Pablo dice que Dios exhibió públicamente a Cristo como hilastērion, está
señalando un contraste inmenso: lo que antes estaba oculto, ahora ha sido
puesto a la vista.
Dios no solo ha provisto el verdadero propiciatorio.
Lo ha manifestado públicamente.
Y al hacerlo, está diciendo también que el acceso ya no
permanece escondido detrás del velo.
Aquí conviene decirlo con claridad.
En esta lectura, Cristo no fue exhibido públicamente como
propiciatorio en la cruz, como si el madero mismo fuera la exhibición visible
del Lugar Santísimo. La cruz pertenece al derramamiento de la sangre del pacto.
Allí la sangre es derramada. Allí el nuevo pacto es inaugurado. Pero la
exhibición pública de Cristo como hilastērion corresponde mejor a la
resurrección, exaltación y entronización del Hijo.
Eso armoniza con el orden que la Escritura misma deja ver.
Primero, la sangre es derramada.
Luego, el pacto queda inaugurado.
Y después, el Hijo es manifestado públicamente como el lugar
vivo del encuentro.
No en la humillación del madero como tal, sino en la
realidad nueva abierta por Dios cuando lo resucita, lo exalta y lo sienta en
los cielos.
Ese punto es importante porque evita dos reducciones.
Evita reducir hilastērion a una máquina penal.
Y evita reducirlo a un simple sinónimo de “cruz”.
Pablo está diciendo algo más grande: que en Cristo exaltado,
Dios ha puesto delante del mundo el verdadero lugar del encuentro. El antiguo
propiciatorio estaba escondido. Cristo, en cambio, ha sido exhibido
públicamente.
Y esa exhibición pública no solo revela quién es él.
Revela también que el camino al Lugar Santísimo está
abierto.
Ya no está oculto detrás del velo.
Ya no está reservado a un ámbito inaccesible del santuario
terrenal.
Ya no permanece encerrado en una geografía sagrada velada.
Ha sido manifestado en el Hijo entronizado.
Y por eso el acceso ahora es para todos por la sola fe.
Ese es el contexto en que debe leerse el “exhibido
públicamente”.
No como simple visibilidad.
No como mera notoriedad.
Sino como el paso de un orden oculto a una manifestación
abierta. Lo que antes estaba velado, ahora ha sido sacado a la luz. Lo que
antes estaba resguardado en el corazón invisible del santuario, ahora ha sido
puesto delante de todos en Cristo.
Entonces la diferencia entre el antiguo santuario y su
cumplimiento en el Hijo se vuelve luminosa.
En el antiguo santuario, el propiciatorio era un lugar
oculto.
En Cristo, ese lugar ha sido manifestado públicamente.
En el antiguo santuario, el acceso estaba restringido.
En Cristo, el acceso ha sido abierto por la sola fe.
En el antiguo santuario, la presencia estaba detrás del
velo.
En Cristo, la presencia se ha dado a conocer en el Hijo
exaltado.
Y eso significa que la meta de Dios nunca fue mantener al
hombre lejos por medio de un sistema más refinado de separación, sino abrir
finalmente el verdadero acceso en su Hijo.
Entonces Cristo ya no aparece como una pieza dentro de una
teoría de satisfacción.
Aparece como el lugar vivo donde Dios se manifiesta.
Aparece como el propiciatorio personal, públicamente
exhibido por Dios.
Aparece como el acceso abierto.
Aparece como la realidad en la que el Lugar Santísimo deja
de estar oculto y se ofrece al mundo entero por la fe.
Eso vuelve todo mucho más personal.
En el antiguo santuario, el encuentro estaba ligado a un
lugar.
En Cristo, ese lugar se vuelve persona.
En el antiguo santuario, Dios hablaba desde sobre el
propiciatorio.
En Cristo, la Palabra misma se hace carne.
En el antiguo santuario, el acceso estaba velado.
En Cristo, el acceso ha sido manifestado.
Por eso la fe cristiana no consiste en operar correctamente
un mecanismo sagrado. Consiste en venir a una persona. No consiste en pasar por
una máquina de apaciguamiento. Consiste en ser recibido en Aquel que Dios ha
manifestado públicamente como el lugar del encuentro.
Tal vez una última imagen cotidiana ayude a reunir todo
esto.
Hay personas que viven su relación con Dios como quien
permanece para siempre en la antesala de una sala de operaciones, sin saber
nunca si finalmente se le permitirá entrar, sin certeza de si ya se ha cumplido
todo lo necesario, sin paz respecto del acceso. Siempre están calculando.
Siempre están esperando. Siempre sienten que la puerta decisiva sigue cerrada.
Pero el evangelio no deja al creyente en la antesala.
En Cristo, Dios no solo ha abierto la puerta.
Ha sacado a la luz el verdadero lugar del encuentro.
Ha exhibido públicamente al Hijo como hilastērion.
Ha mostrado que el acceso a su presencia ya no está
escondido detrás del velo.
Y ha declarado que la entrada no es por técnica cultual, ni
por proximidad ritual, ni por mérito acumulado, sino por la sola fe.
Entonces la pregunta deja de ser: “¿qué falta todavía para
que finalmente se me permita acercarme?”
Y pasa a ser: “¿dónde se ha dado Dios a conocer y dónde me
recibe?”
Y la respuesta del evangelio es una sola:
En Cristo.
Allí el propiciatorio deja de ser una lámina de oro
escondida en una tienda antigua y se vuelve una realidad viva, pública y
personal.
Allí la manifestación deja de ser sombra y se vuelve rostro.
Allí el Lugar Santísimo deja de estar oculto.
Allí el acceso queda abierto.
Allí Dios no aparece como un soberano lejano que debe ser
calmado, sino como el Dios fiel que se manifiesta, habla y recibe.
Tal vez esta sea una de las correcciones más necesarias para
nuestra imaginación teológica: dejar de pensar el santuario como estación de
transacción y comenzar a contemplarlo como arquitectura del encuentro. Dejar de
pensar el propiciatorio como mecanismo de satisfacción y volver a verlo como
lugar de manifestación divina. Y finalmente, ver en Cristo no una máquina
superior, sino el propiciatorio vivo, públicamente manifestado por Dios en su
entronización, por medio del cual el camino a la presencia ha quedado abierto
para todos por la sola fe.
Porque cuando el propiciatorio vuelve a ser lo que era, Dios
también vuelve a ser visto como es.
No como aquel que se esconde detrás de una exigencia.
Sino como el Dios que abre el camino, manifiesta al Hijo y
recibe a los suyos en su presencia.
Pero precisamente allí surge una pregunta nueva.
Porque, si Cristo ha sido manifestado públicamente como el
verdadero lugar del encuentro, entonces todavía debemos preguntar cómo entra él
mismo en esa realidad santa no ya como símbolo, sino como ministro vivo.
Debemos preguntar en qué momento el Hijo resucitado entra en la función
sacerdotal definitiva. Debemos preguntar cuándo deja de estar delante de
nosotros solo como la víctima cuya sangre fue derramada y aparece también como
el que ministra eternamente en la presencia de Dios.
Y allí la resurrección empieza a mostrarse con una luz
todavía más precisa.
No solo como vindicación.
No solo como victoria sobre la muerte.
Sino como el momento en que Cristo es constituido Sumo
Sacerdote.
Porque el acceso abierto exige también un ministro vivo.
Y el lugar del encuentro exige también un sacerdote eterno.
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