Introducción
Introducción
La fe cristiana no nace de una idea sublime ni de una intuición religiosa elevada a doctrina. Nace del obrar soberano de Dios en su Hijo. Todo el evangelio se resume en esta confesión apostólica: Jesús de Nazaret es el Cristo, el Ungido esperado desde antiguo, en quien convergen las promesas hechas a Israel, la voz de los profetas y el designio eterno de salvación para el mundo.
Desde el principio, la Iglesia ha reconocido que Jesucristo es el centro y la gloria de toda la revelación divina. En Él se cumplen las antiguas Escrituras. En Él, y por su sangre, queda inaugurado el Nuevo Pacto prometido por los profetas. Y en el seno de ese pacto resplandecen la remisión de los pecados, la purificación de la conciencia, el acceso libre a Dios, la ley escrita en el corazón y la constitución de un pueblo santo para la alabanza de su gloria.
Este libro nace del deseo de contemplar, con ojos de fe y corazón adorador, la grandeza de esta obra. No busca agotar el misterio, sino considerar, en su unidad santa y gloriosa, la persona y la obra del Hijo prometido, junto con los frutos preciosos que esa obra produce en su pueblo.
A lo largo de estos capítulos recorreremos un camino que parte del centro mismo del evangelio: la gloria del Hijo eterno hecho carne, entregado a la muerte, resucitado y constituido Sumo Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Desde allí contemplaremos, uno tras otro, los resplandores del Nuevo Pacto que Dios ha establecido en su sangre: la remisión plena de los pecados, la purificación de la conciencia, el acceso libre y confiado al Santísimo, la ley escrita en el corazón, la santificación del pueblo, el culto vivo que brota de esa cercanía, el sacerdocio real de la Iglesia y, finalmente, la consumación gloriosa de todo ello en la presencia eterna de Dios.
Cada capítulo busca mantener un solo propósito: elevar la mirada hacia Cristo y, desde Él, entender en su justa medida lo que significa vivir bajo el Nuevo Pacto. No se trata de acumular conocimientos, sino de adorar con mayor profundidad. No se trata de satisfacer una curiosidad teológica, sino de descansar en la suficiencia de la obra del Hijo y de caminar con gozo en los dones que, en el seno del pacto nuevo, Dios ha derramado sobre su pueblo.
El Nuevo Pacto no es una mera mejora del antiguo; es su cumplimiento perfecto. No rebaja la santidad de Dios, sino que escribe su ley en el corazón de su pueblo. No deja al adorador a las puertas del santuario, sino que lo introduce al trono de la gracia. No promete una salvación incompleta, sino una salvación que alcanza la conciencia, la voluntad, la comunión y la esperanza eterna.
Por eso este libro no comienza con el hombre ni con sus necesidades, sino con Dios y su Hijo. Porque solo cuando contemplamos a Cristo en la plenitud de su obra —el Hijo prometido, el Verbo hecho carne, el Crucificado cuya sangre inauguró el pacto, el Resucitado que vive para siempre como Sacerdote— podemos entender correctamente lo que significa ser pueblo del Nuevo Pacto: perdonado, purificado, acercado, santificado, hecho sacerdocio santo y orientado hacia la gloria venidera.
Que el Espíritu Santo, quien inspiró estas verdades en las Escrituras y las aplica hoy en nuestros corazones, nos conceda leer estas páginas no con mera curiosidad intelectual, sino con hambre de Dios. Que nos ayude a ver, en cada capítulo, no solo doctrina, sino a Cristo mismo. Y que, al recorrer este camino, nuestro corazón pueda elevarse con mayor certeza, gratitud y gozo hacia Aquel en quien todo procede, en quien todo se sostiene y en quien todo culmina.
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