Capítulo 2 - La sangre del pacto y el lugar del perdón

Capítulo 2 - La sangre del pacto y el lugar del perdón

En el capítulo anterior vimos que no toda pregunta está bien planteada desde el principio. A veces una pregunta parece profunda, pero ya lleva dentro un desorden. Y cuando eso ocurre, la respuesta puede parecer convincente y, sin embargo, conducir el pensamiento por un camino torcido.

Eso sucede cuando se pregunta por la sangre, por el perdón o por la muerte de Cristo sin atender primero al lugar que cada cosa ocupa dentro de la obra de Dios.

Porque en las cosas de Dios no basta con conservar las palabras correctas. También hay que conservar su orden.

Y ese orden puede perderse sin que el lenguaje cambie demasiado.

Se puede seguir hablando de sangre, de perdón, de gracia, de reconciliación, de Cristo, y aun así haber desplazado el centro interior que une todas esas realidades. Las palabras permanecen; el orden se altera. Los términos siguen allí; su relación se oscurece. Y cuando eso pasa, la verdad no siempre desaparece de inmediato, pero empieza a ser comprendida de un modo que ya no la deja descansar en su lugar verdadero.

Una de las formas más frecuentes en que eso ocurre es esta: la sangre de Cristo sigue siendo afirmada, pero ya no es pensada desde el pacto.

Y cuando la sangre es separada del pacto, aunque siga pareciendo una verdad poderosa, deja de ser comprendida como la Escritura la presenta.

La sangre, en la Escritura, no aparece como una idea aislada. No fue dada para que el creyente la contemple como una imagen intensa, pero sin estructura. No fue puesta delante de nosotros como un símbolo religioso suspendido en el vacío. La sangre aparece dentro de una historia, dentro de una acción divina, dentro de una relación establecida por Dios. Aparece unida al pacto.

Ese punto es decisivo, porque no se trata solamente de una asociación verbal entre dos términos bíblicos. No se trata solo de que la Biblia a veces mencione la sangre y el pacto en la misma frase. Se trata de algo más profundo: la sangre recibe su sentido dentro de la realidad pactual que Dios mismo establece.

Por eso, cuando Moisés rocía la sangre en el Sinaí, no dice simplemente: “Esta es la sangre”. Dice: «He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas» (Éx. 24:8).

Es importante detenerse ahí.

La sangre no aparece sola. No es sangre en abstracto. No es sangre como una sustancia cargada de misterio religioso al margen de todo lo demás. Es sangre del pacto. Es decir, sangre unida al acto por el cual Dios establece una relación con su pueblo.

Y cuando llegamos a las palabras del Señor Jesús, la misma verdad permanece. Él no dice simplemente: “Esto es mi sangre”, sino: «Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados» (Mt. 26:28). Y Pablo conserva el mismo orden cuando escribe: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre» (1 Co. 11:25).

La continuidad no es accidental.

La Escritura quiere enseñarnos a pensar así.

Quiere enseñarnos que la sangre no debe ser entendida como una realidad aislada, sino como la sangre del pacto. Quiere enseñarnos que su sentido no nace solamente del sufrimiento que evoca, ni del dolor que recuerda, ni de la impresión que causa sobre la conciencia humana. Su sentido nace del acto de Dios, que establece una relación nueva con su pueblo.

Esto obliga a corregir un hábito muy arraigado en la manera en que muchos piensan.

Con frecuencia, el hombre comienza desde sí mismo. Comienza desde su culpa. Comienza desde su necesidad de alivio. Comienza desde su deseo de ser perdonado. Y desde allí intenta organizar toda la obra de Dios. Entonces piensa así: yo necesito perdón; por tanto, debo entender la sangre como aquello que resuelve mi problema. Yo necesito paz; por tanto, debo entender el pacto como aquello que me permite obtenerla.

Pero ese no es el punto de partida más hondo de la Escritura.

La Escritura no comienza con la necesidad del hombre y luego busca en Dios una respuesta adecuada. La Escritura comienza con Dios. Comienza con su iniciativa. Comienza con lo que Dios hace, con lo que Dios establece, con lo que Dios abre, con lo que Dios promete. Y dentro de esa obra suya, dentro de esa realidad inaugurada por él, aparece la remisión de los pecados.

Ese orden cambia todo.

No es lo mismo decir: “Necesito perdón, así que la sangre y el pacto deben ser comprendidos desde mi necesidad”, que decir: “Dios ha establecido un nuevo pacto en Cristo, y dentro de ese pacto me es dado el perdón”.

Las mismas palabras pueden estar presentes en ambos casos: sangre, pacto, perdón. Pero no ocupan el mismo lugar. Y cuando cambia el lugar, cambia también el modo de entender la obra de Dios.

Si una persona comienza siempre desde su propia necesidad, tarde o temprano terminará reduciendo la obra divina a una respuesta para sí misma. Entonces el pacto se convierte en instrumento, la sangre se convierte en recurso, y Dios mismo comienza a ser pensado principalmente como aquel que existe para resolver el problema del hombre.

Pero la Escritura conduce el pensamiento en otra dirección.

Nos enseña que Dios actúa primero. Dios habla primero. Dios promete primero. Dios establece primero. Dios abre primero el camino. La obra de Dios no nace de la ansiedad del hombre. Es la paz del hombre la que nace de la obra de Dios.

Por eso, cuando Jeremías anuncia el nuevo pacto, no lo hace como si Dios simplemente estuviera reaccionando a una necesidad humana ya formulada. Lo presenta como un acto soberano del mismo Dios: «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón... porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jer. 31:33-34).

Ese pasaje merece ser escuchado con calma, porque allí el orden es muy claro.

Dios establece una relación nueva.
Dios obra en el interior de su pueblo.
Dios forma algo nuevo.
Y dentro de esa obra nueva, dice: «perdonaré la maldad de ellos».

El perdón no aparece como una pieza aislada. No está suspendido fuera del pacto. No cuelga solo. Pertenece al ámbito de esa relación nueva que Dios ha establecido. Vive allí. Se entiende allí. Recibe allí su lugar verdadero.

Esto debe ser afirmado con sencillez y con firmeza: el perdón no es el punto de partida de la obra de Dios; el perdón es una realidad dada dentro del pacto que Dios ha inaugurado.

Y tal vez esta sea precisamente una de las cosas que una mente no colonizada puede ver con más facilidad si se le permite escuchar la Escritura con serenidad.

Porque cuando el pensamiento no ha sido entrenado para convertir todo en mecanismo, todavía puede reconocer con naturalidad que una relación establecida por Dios es más amplia que uno de sus frutos. Puede reconocer que el pacto no existe por causa del perdón, sino que el perdón aparece dentro del pacto. Puede reconocer que la sangre no flota sola, sino que pertenece a la obra mediante la cual Dios introduce a su pueblo en una comunión nueva.

Eso es lo que el lenguaje bíblico protege.

La sangre del pacto.

No sangre aislada.

No perdón aislado.

No una colección de elementos religiosos unidos solo por costumbre o repetición, sino un orden vivo que nace de la acción fiel de Dios.

Por eso, cuando Hebreos habla de Cristo, el acento cae sobre lo que ha sido abierto y establecido por él. Dice que entró «una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención» (Heb. 9:12). Y más adelante añade: «donde hay remisión de estas cosas, no hay más ofrenda por el pecado» (Heb. 10:18).

El énfasis no está puesto en una repetición indefinida, ni en un mecanismo que deba ponerse en funcionamiento una y otra vez. El acento está en que algo decisivo ha ocurrido. Dios ha abierto algo firme. Dios ha establecido algo verdadero. Y dentro de eso que ha sido abierto, los pecados son remitidos.

Aquí conviene hablar con cuidado, porque este punto puede parecer pequeño y, sin embargo, ordena muchas cosas.

La sangre de Cristo no debe ser pensada como algo que tiene significado por sí mismo al margen del pacto. Tampoco debe ser reducida a una imagen de sufrimiento que conmueve el corazón, pero no dirige el entendimiento. La sangre de Cristo es sangre del nuevo pacto. Está unida al acto por el cual Dios ha abierto una relación nueva y definitiva con su pueblo.

Y por eso mismo, el perdón no debe ser pensado como una realidad suelta.

El perdón vive dentro de esa relación.

Vive dentro de esa comunión.

Vive dentro de ese ámbito que Dios ha abierto.

Tal vez pueda decirse así: el perdón no es una cosa que Dios arroja desde lejos para aliviar la conciencia del hombre. El perdón pertenece a la casa que Dios ha abierto. Pertenece al ámbito de la comunión restaurada. Pertenece al lugar donde Dios recibe nuevamente a su pueblo.

Por eso Juan escribe: «Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Jn. 1:7). La limpieza del pecado no aparece allí como una realidad aislada de la vida con Dios. Aparece unida a la luz. Aparece unida a la comunión. Aparece dentro de la vida compartida con Dios.

Y Pablo dice algo semejante cuando afirma: «Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor» (1 Co. 1:9).

Eso también debe ser escuchado con atención.

No fuimos llamados solamente a resolver una necesidad interior. No fuimos llamados solamente a obtener una absolución considerada de forma aislada. Fuimos llamados a la comunión con su Hijo. Y dentro de esa comunión el perdón halla su lugar verdadero.

Esto nos ayuda a ver con mayor claridad quién es Dios y cómo obra.

Dios no aparece aquí como alguien a quien haya que convencer para que perdone. No aparece como alguien distante, esperando que otro elemento haga posible su cercanía. Aparece como el Dios fiel que toma la iniciativa, que establece el pacto, que da a su Hijo, que abre el camino y que introduce a su pueblo en una comunión nueva.

Por eso Pablo puede decir: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados» (2 Co. 5:19).

Esa frase conserva una hermosura singular porque guarda el orden de la verdad.

No nos muestra a Dios lejos, mientras algo distinto de él hace posible la reconciliación. Nos muestra a Dios actuando. Dios mismo abre el camino. Dios mismo reconcilia. Dios mismo trae hacia sí.

Y cuando ese orden se conserva, muchas confusiones empiezan a disiparse.

Entonces ya no pensamos primero en una necesidad humana que exige solución, sino en una obra divina que ha sido abierta.

Ya no pensamos primero en el perdón como un objeto independiente, sino como una realidad viva dentro del pacto.

Ya no pensamos primero en la sangre como una imagen separada, sino como la sangre del pacto.

Eso guarda la verdad en su forma más sencilla y, precisamente por eso, más profunda.

Primero, Dios actúa.

Primero, Dios establece.

Primero, Dios inaugura.

Y luego, dentro de lo que Dios ha abierto, el perdón aparece como una realidad santa, viva y verdadera.

Tal vez por eso es necesario volver una y otra vez a las palabras mismas de la Escritura. Volver a oír: «He aquí la sangre del pacto» (Éx. 24:8). Volver a oír: «Esto es mi sangre del nuevo pacto» (Mt. 26:28). Volver a oír: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre» (1 Co. 11:25).

Porque esas palabras nos enseñan a no separar lo que Dios ha unido.

La sangre no flota sola.

La sangre pertenece al pacto.

Y el perdón de los pecados solo es comprendido de manera recta cuando se contempla dentro de esa obra fiel de Dios.

Allí las palabras recuperan su orden.

Allí la verdad vuelve a respirar.

Allí todo encuentra su lugar.

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