Cristo, el Profeta definitivo y Lugar de Encuentro
Capítulo 6. Cristo, el Profeta definitivo y Lugar de Encuentro
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo…”
—Hebreos 1:1–2
“Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo…”
—Éxodo 25:22
“A quien Dios puso como propiciatorio…”
—Romanos 3:25
El discípulo no comienza hablando; comienza escuchando.
Desde el principio, la historia bíblica es la historia de un Dios que se da a conocer. Dios habló en la creación, habló a los patriarcas, habló por medio de Moisés y habló por los profetas. Pero Hebreos declara que en estos últimos días Dios ha hablado de manera definitiva por el Hijo.
Esa afirmación transforma toda la manera en que entendemos la revelación divina.
Cristo no es simplemente otro mensajero dentro de la historia redentora. Él es el Hijo eterno en quien Dios se revela plenamente. En Él, el oficio profético alcanza su plenitud.
Los profetas antiguos anunciaban la palabra de Dios. Cristo no solo anuncia la palabra: Él mismo es la revelación definitiva de Dios.
Por eso, cuando hablamos de Cristo como Profeta, hablamos de mucho más que enseñanza religiosa. Hablamos del Hijo en quien Dios habla, se revela y sale al encuentro de su pueblo.
El Hijo es la revelación definitiva de Dios
Hebreos comienza estableciendo un contraste. Dios habló “muchas veces y de muchas maneras” en otro tiempo. La revelación anterior era verdadera, pero preparatoria. Los profetas anunciaban la voluntad de Dios, aunque ninguno podía revelar plenamente al Padre.
Entonces Hebreos declara:
“En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.”
El Hijo no es simplemente el último profeta de una serie. Es superior a todos porque en Él Dios se revela de manera definitiva y completa.
Esto significa que el cristianismo no comienza principalmente con doctrinas o normas, sino con una revelación personal. Dios se ha dado a conocer en Cristo.
Por eso Jesús podía decir:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
El Hijo revela perfectamente al Padre porque comparte plenamente su naturaleza y gloria. En Cristo contemplamos quién es Dios, cómo actúa y cómo recibe a los pecadores que vienen a Él.
La revelación ya no está fragmentada en sombras y anticipaciones. Ahora se encuentra plenamente en el Hijo.
Cristo es el Profeta definitivo
En el Antiguo Testamento, el profeta era el portavoz de Dios. Hablaba palabras recibidas del Señor y llamaba al pueblo a escuchar y obedecer.
Cristo cumple ese oficio y al mismo tiempo lo supera.
Los profetas anteriores podían decir:
“Así dice el Señor.”
Cristo, en cambio, hablaba con la autoridad del Hijo mismo:
“Pero yo os digo.”
No corregía la revelación divina anterior; hablaba como aquel en quien la revelación alcanzaba su plenitud.
Por eso, las palabras de Jesús no eran simples enseñanzas morales. Cuando Cristo hablaba, el Padre estaba siendo revelado. Sus palabras manifestaban el corazón de Dios, anunciaban el Reino y confrontaban el pecado humano con autoridad definitiva.
Pero Cristo reveló al Padre no solo con sus palabras, sino también con toda su vida.
En su misericordia, el Padre era revelado.
En su santidad, el Padre era revelado.
En su compasión hacia los quebrantados, el Padre era revelado.
El Hijo no vino solamente a transmitir información celestial. Vino a dar a conocer al Padre.
Cristo habló en su muerte
Hebreos dice que hemos llegado:
“a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.”
La sangre de Abel clamaba desde la tierra por causa de la injusticia y la muerte. La sangre de Cristo, en cambio, habla mejor porque proclama una realidad superior: la inauguración del Nuevo Pacto.
La cruz no fue un evento silencioso. La muerte de Cristo tiene una dimensión reveladora y proclamadora. Su sangre “habla” porque declara públicamente lo que Dios ha hecho en el Hijo.
La cruz anuncia:
que el pacto ha sido inaugurado,
que el acceso a Dios ha sido abierto,
y que hay remisión de pecados.
Aquí debemos recordar nuevamente el orden:
sangre derramada → pacto inaugurado → remisión de pecados
Por eso, la sangre de Cristo no habla simplemente como una imagen poética. Habla porque la muerte del Hijo proclama la fidelidad de Dios y manifiesta públicamente la realidad del Nuevo Pacto.
El mismo Cristo que habló durante su vida terrenal sigue hablando por medio de su obra consumada.
Cristo sigue hablando desde los cielos
Hebreos no presenta a Cristo como una figura del pasado. El Hijo resucitado y exaltado continúa hablando a su pueblo.
Por eso la carta advierte:
“Mirad que no desechéis al que habla.”
El Cristo exaltado sigue llamando, corrigiendo, consolando y fortaleciendo a los suyos por medio de las Escrituras y del Evangelio proclamado.
La vida cristiana es, por tanto, una vida de escucha continua. El discípulo aprende a vivir bajo la voz del Hijo.
Cuando las Escrituras confrontan nuestro pecado, Cristo nos está hablando. Cuando el Evangelio consuela nuestra conciencia, Cristo nos está hablando. Cuando somos llamados nuevamente a perseverar, el Hijo sigue dirigiéndose a nosotros.
El Señor resucitado no permanece en silencio. El Profeta definitivo continúa hablando desde los cielos.
Cristo es el verdadero Lugar de Encuentro
Aquí encontramos una de las verdades más profundas de este capítulo.
En Éxodo 25, Dios le dijo a Moisés:
“Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo…”
Ese “allí” era el propiciatorio. El lugar donde Dios se manifestaba y hablaba con su pueblo. El propiciatorio representaba el lugar del encuentro, de la revelación y de la presencia divina.
Pero aquel mueble dentro del tabernáculo no era la realidad final. Era una figura que apuntaba hacia algo mayor.
En Romanos 3:25, Pablo dice que Dios puso a Cristo como “hilastērion”, la misma palabra usada para el propiciatorio.
Esto significa que Cristo es ahora el verdadero Lugar de Encuentro.
Ya no se trata de un objeto sagrado dentro de un santuario terrenal. Ahora el lugar donde Dios habla, se revela y recibe a su pueblo es una Persona: Jesucristo.
Esto transforma completamente la manera en que entendemos el acceso a Dios.
En Cristo:
Dios se revela,
Dios habla,
Dios recibe,
y Dios da acceso a su presencia.
Lo que el propiciatorio anticipaba en sombras encuentra ahora su realidad plena en el Hijo.
Por eso, el discipulado no consiste en buscar experiencias espirituales separadas de Cristo. Toda revelación verdadera y todo encuentro verdadero con Dios ocurren en Él.
Cristo es el Profeta definitivo porque en Él Dios no solo envía una palabra; Dios mismo sale al encuentro de su pueblo.
El discípulo vive escuchando al Hijo
Si Dios ha hablado definitivamente en el Hijo, entonces el discipulado es una vida de escucha y obediencia.
El discípulo abre las Escrituras para oír la voz de Cristo. No viene simplemente a estudiar conceptos religiosos, sino a conocer al Señor que sigue hablando por medio de su palabra.
Por eso Hebreos repite:
“Si oyereis hoy su voz…”
La pregunta no es solamente si conocemos doctrina. La pregunta es si estamos escuchando al Hijo con un corazón dispuesto a obedecer.
Escuchar a Cristo significa recibir su palabra, someter nuestra vida a su autoridad y perseverar bajo su dirección.
El discipulado comienza escuchando al Hijo y continúa aprendiendo a caminar bajo su voz.
El Espíritu Santo nos conduce a Cristo
El Espíritu Santo no desvía nuestra atención del Hijo; nos conduce a Él.
Toma de lo que es de Cristo y nos lo hace conocer. Ilumina las Escrituras, produce convicción y fortalece nuestra fe para seguir escuchando al Señor.
Cuando comprendemos el Evangelio, el Espíritu nos está llevando a Cristo. Cuando somos corregidos por la palabra, el Espíritu nos está llevando a Cristo. Cuando encontramos consuelo y esperanza, el Espíritu nos está llevando nuevamente al Hijo.
La vida cristiana es una vida guiada hacia Cristo por medio de la obra del Espíritu Santo.
Conclusión
Dios ha hablado definitivamente por el Hijo.
Cristo es el Profeta definitivo porque en Él Dios se revela plenamente. El Hijo habló durante su vida terrenal, habló en su muerte y sigue hablando desde los cielos.
La sangre de Cristo habla mejor que la de Abel porque proclama públicamente la inauguración del Nuevo Pacto y el acceso abierto a Dios.
Y en Cristo encontramos el verdadero Lugar de Encuentro. Lo que el propiciatorio anticipaba en Éxodo ahora se cumple plenamente en el Hijo.
Cristo no solo trae una palabra de Dios.
Cristo es la revelación de Dios.
Cristo es el Mensajero, el Mensaje y el Lugar donde Dios se da a conocer.
Por eso, el discípulo vive escuchando al Hijo.
No seguimos simplemente enseñanzas religiosas. Seguimos al Cristo vivo, exaltado y revelador, por medio de quien Dios habla definitivamente a su pueblo.
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