Cristo, Sumo Sacerdote por la resurrección

 Capítulo 5. Cristo, Sumo Sacerdote por la resurrección

“Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.”

—Hebreos 5:8–10

“Constituido no conforme a la ley del mandamiento acerca de la descendencia, sino según el poder de una vida indestructible.”

—Hebreos 7:16

Hebreos nos presenta una de las verdades más consoladoras del Evangelio: tenemos un Sumo Sacerdote vivo en los cielos. Pero para entender correctamente esta afirmación, debemos seguir con cuidado el argumento de la carta.

Cristo no es Sumo Sacerdote en la cruz. En la cruz, Cristo muere. Su sangre es derramada, el Nuevo Pacto es inaugurado y en esa realidad hay remisión de pecados.

El orden sigue siendo fundamental:

sangre derramada → pacto inaugurado → remisión de pecados

Pero Cristo llega a ser Sumo Sacerdote por medio de la resurrección, según el poder de una vida indestructible. Su sufrimiento lo prepara para compadecerse; su muerte inaugura el pacto; su resurrección lo constituye sacerdote vivo; y su ascensión lo introduce en el ejercicio celestial de ese sacerdocio.

Esta es la gran esperanza del discípulo: el Cristo que sufrió, murió y venció la muerte vive ahora delante de Dios por nosotros.

El Hijo participó de nuestra condición humana

Hebreos enseña que, así como los hijos participaron de carne y sangre, Cristo también participó de lo mismo. El Hijo de Dios no vino solo con apariencia humana; entró verdaderamente en nuestra condición.

Conoció el cansancio, el hambre, el rechazo, la tristeza, la angustia y el sufrimiento. Caminó en un mundo quebrantado, rodeado de tentación, oposición y muerte.

Esto es importante porque nuestro Señor no mira la debilidad humana desde lejos. Él la conoció desde dentro. Asumió nuestra condición para llevar a cabo la obra que el Padre le había dado.

Por eso, cuando el creyente sufre, no se acerca a un Señor indiferente. Se acerca a Cristo, quien conoce el camino humano y puede compadecerse de los suyos.

El sufrimiento lo llevó al perfeccionamiento

Hebreos dice que Cristo, aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció. Esto no significa que hubiera pecado o desobediencia en Él. El Hijo siempre fue santo. Significa que vivió la obediencia humana en medio del sufrimiento real.

Su obediencia no fue teórica. Fue probada en el dolor, en la oposición, en la tentación y finalmente en la muerte.

Por eso Hebreos dice que fue “perfeccionado”. Esta palabra no habla de corregir una imperfección moral, sino de ser llevado a la plenitud de la misión que debía cumplir. Cristo fue llevado, por medio del sufrimiento, hasta la consumación del camino que el Padre le había trazado.

Aquí podemos ver una conexión rica con Isaías 53:10 en la Septuaginta. Allí se dice que el Señor quiso “purificarlo de la herida”. Ese lenguaje de purificación no presenta el sufrimiento del Siervo como dolor sin propósito, sino como parte de un proceso vinculado con limpieza, preparación y consagración. En esa línea, Hebreos habla de Cristo como aquel que, por medio del padecimiento, fue perfeccionado para llegar a ser lo que debía ser en la economía del Nuevo Pacto.

El sufrimiento, entonces, no lo hizo más santo en sentido moral. Lo condujo a la plenitud de su vocación como el Hijo obediente que sería constituido Sumo Sacerdote por la resurrección.

Su muerte inauguró el Nuevo Pacto

Después de hablar del sufrimiento, Hebreos también afirma que Cristo gustó la muerte. Su muerte fue verdadera. El Hijo entró realmente en la muerte humana.

Pero aquí debemos ser precisos: en la cruz Cristo no ejerce todavía el sacerdocio celestial. En la cruz, Cristo muere para inaugurar el Nuevo Pacto.

Su sangre es derramada.

El pacto es puesto en vigor.

Y en esa realidad hay remisión de pecados.

La cruz es el momento pactal de la muerte necesaria. Allí no vemos a Cristo funcionando como sacerdote celestial, sino al Hijo dando su vida para que el Nuevo Pacto sea inaugurado.

Por eso la muerte de Cristo no debe separarse del sacerdocio, pero tampoco debe confundirse con el momento en que Él llega a ser Sumo Sacerdote. La muerte inaugura el pacto; la resurrección constituye al Sacerdote vivo de ese pacto.

Un Nuevo Pacto requiere un nuevo sacerdocio

Hebreos también nos ayuda a entender por qué era necesario un nuevo sacerdocio. Un nuevo pacto no podía ser administrado por la antigua estructura levítica. Si hay cambio de sacerdocio, dice Hebreos, necesariamente hay también cambio de ley.

Esto significa que el Nuevo Pacto trae consigo una nueva realidad cultual. No solo hay una nueva relación pactal; hay también una nueva administración de esa relación.

Aquí es necesario distinguir entre mediador y sumo sacerdote.

Moisés fue mediador del antiguo pacto. Por medio de él, Dios estableció el pacto con Israel. Pero Moisés no fue el sumo sacerdote. Esa función pertenecía a Aarón y a sus descendientes. Moisés representa la mediación del pacto; Aarón representa la administración sacerdotal del culto.

Cristo reúne y supera ambas realidades, pero Hebreos no las confunde. Como mediador, Cristo inaugura el Nuevo Pacto por medio de su muerte. Como Sumo Sacerdote, Cristo administra esa nueva realidad pactal desde su vida resucitada y exaltada.

Por eso el Nuevo Pacto requiere un nuevo Sumo Sacerdote. Y ese sacerdote no surge de la descendencia levítica, sino del poder de una vida indestructible.

Cristo llegó a ser Sumo Sacerdote por medio de la resurrección

Este es el corazón del capítulo.

Hebreos dice que Cristo fue constituido sacerdote no conforme a un mandamiento relacionado con la descendencia, sino “según el poder de una vida indestructible”.

Esa vida indestructible es la vida del Cristo resucitado.

Los sacerdotes antiguos eran limitados por la muerte. Su ministerio terminaba. Necesitaban sucesores. Pero Cristo venció la muerte y vive para siempre. Por eso su sacerdocio no depende de genealogía terrenal, ni pertenece al orden levítico, ni queda limitado por la fragilidad humana.

Cristo llega a ser Sumo Sacerdote por medio de la resurrección.

La resurrección no es solo la vindicación del Hijo después de su sufrimiento. Es también el momento en que Cristo entra en esta nueva condición sacerdotal. El Cristo resucitado es el Cristo sacerdotal. El que vive para siempre es el Sumo Sacerdote permanente del Nuevo Pacto.

La ascensión: el ejercicio celestial de su sacerdocio

Por medio de la resurrección Cristo llega a ser Sumo Sacerdote; por medio de la ascensión entra en los cielos para ejercer ese ministerio por los suyos.

Hebreos dice que tenemos un gran Sumo Sacerdote que traspasó los cielos. Esto significa que su sacerdocio no es terrenal, temporal ni limitado. Es celestial, permanente y eficaz.

Ahora Cristo permanece delante de Dios por nosotros. Sostiene nuestro acceso, intercede por los suyos y socorre a los que son tentados. No tenemos solo el recuerdo de una obra pasada; tenemos al Cristo vivo en la presencia de Dios.

Y porque el Sumo Sacerdote celestial es el mismo que sufrió en la tierra, puede compadecerse de nuestras debilidades. El Resucitado no olvidó el sufrimiento humano. El Exaltado es el mismo que fue probado. Por eso podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia.

El discípulo persevera mirando al Cristo vivo

La carta a los Hebreos fue escrita para creyentes cansados, probados y tentados a retroceder. Su respuesta no es: “Miren su propia fuerza”. Su respuesta es: “Miren a Cristo”.

Miren al Hijo que participó de carne y sangre.

Miren al que sufrió y aprendió obediencia.

Miren al que fue perfeccionado.

Miren al que murió para inaugurar el pacto.

Miren al que resucitó según el poder de una vida indestructible.

Miren al Sumo Sacerdote vivo que permanece en los cielos.

El discípulo persevera no porque nunca tropiece, sino porque Cristo vive para siempre. No se sostiene por su propia fuerza, sino por el Cristo resucitado que permanece delante de Dios por los suyos.

El Espíritu Santo nos une al Cristo resucitado

El Espíritu Santo nos une al Cristo resucitado y exaltado. Él toma de lo que es de Cristo y nos lo hace conocer. Nos ayuda a acercarnos a Dios, a perseverar en la prueba y a seguir confiando cuando sentimos debilidad.

Cuando la conciencia nos acusa, el Espíritu nos recuerda que el pacto fue inaugurado por la sangre de Cristo. Cuando el corazón se cansa, nos conduce al Sumo Sacerdote vivo. Cuando somos tentados a retroceder, fortalece nuestra fe para seguir mirando al Señor.

La vida cristiana no consiste en sostenernos solos. Vivimos unidos al Cristo resucitado por la obra del Espíritu Santo.

Conclusión

Cristo no es Sumo Sacerdote en la cruz. En la cruz, Cristo muere para inaugurar el Nuevo Pacto.

Pero por medio de la resurrección, Cristo llega a ser Sumo Sacerdote según el poder de una vida indestructible.

Su sufrimiento lo capacitó para compadecerse.

Su muerte inauguró el pacto.

Su resurrección lo constituyó Sumo Sacerdote vivo.

Su ascensión lo introdujo en el ejercicio celestial de ese sacerdocio.

Ahora Cristo vive para siempre delante de Dios por nosotros.

Por eso, el discípulo puede acercarse con confianza. Tiene en los cielos un Sumo Sacerdote compasivo, fiel y permanente.

No perseveramos mirando nuestra fuerza.

Perseveramos mirando al Cristo resucitado, exaltado y sacerdotal, que vive eternamente para sostener a su pueblo.

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