Capítulo 8. El momento en que Cristo fue hecho Sumo Sacerdote

El momento en que Cristo fue hecho Sumo Sacerdote

En el capítulo anterior vimos que el propiciatorio no debía ser leído como una máquina de apaciguamiento, sino como lugar de manifestación divina. Vimos también que, en Cristo, ese lugar dejó de permanecer oculto detrás del velo y fue exhibido públicamente por Dios, de modo que el acceso a su presencia quedó abierto para todos por la sola fe.

Pero precisamente allí surge una pregunta nueva.

Porque, si Cristo ha sido manifestado como el verdadero lugar del encuentro, todavía queda por preguntar cómo entra él mismo en esa realidad no solo como cumplimiento del símbolo, sino como ministro vivo de la nueva comunión. Todavía queda por preguntar en qué momento el Hijo resucitado entra en la función sacerdotal definitiva. Todavía queda por preguntar cuándo deja de estar delante de nosotros solo como aquel cuya sangre inaugura el pacto y aparece también como el que lo administra eternamente en la presencia de Dios.

Y aquí el orden vuelve a ser decisivo.

Porque hay verdades que solo se comprenden bien cuando se respeta su secuencia. No basta con reunir todos los elementos correctos. También hay que dejarlos aparecer en su momento. Porque una cosa puede ser verdadera y, sin embargo, si se la coloca fuera de su lugar, su sentido cambia. Y cuando el orden se confunde, la verdad no desaparece del todo, pero empieza a volverse borrosa. Sigue allí, sí, pero ya no respira con la claridad que le correspondía.

Eso ocurre muchas veces cuando se habla de la cruz, la resurrección y el sacerdocio de Cristo.

Con frecuencia se los menciona juntos, casi en una sola respiración, como si todo perteneciera al mismo instante. Se habla de la sangre, del pacto, del acceso y del sacerdocio como si toda la obra de Cristo pudiera encerrarse en una sola escena compacta, sin fases, sin desarrollo, sin momentos propios. Pero no conviene hablar así. No porque esas realidades estén separadas entre sí, sino porque no deben ser confundidas. Cada una tiene su momento. Cada una tiene su función. Y solo cuando se respeta esa secuencia, el rostro de Cristo se deja ver con mayor claridad.

La cruz no es lo mismo que la resurrección.

La resurrección no es lo mismo que el sacerdocio.

Y el sacerdocio no debe ser proyectado hacia atrás como si ya estuviera plenamente operativo en la cruz.

Por eso hay que comenzar en el lugar correcto.

La muerte de Cristo en la cruz debe entenderse, ante todo, como el acto de inauguración del nuevo pacto. Su sangre no aparece primero como la sangre de un sumo sacerdote ya constituido que está ejerciendo plenamente su ministerio en el santuario, sino como la sangre por la cual el nuevo pacto queda formalmente inaugurado.

Ese es el trasfondo correcto.

No el de un sacerdocio ya en ejercicio, sino el de un pacto que queda establecido por sangre. Y por eso el marco principal no es, en primer lugar, la liturgia sacerdotal ya plenamente desplegada, sino Éxodo 24. Allí Moisés toma la sangre y dice: “He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros” (Éx. 24:8). En esa escena, el centro no es el sacerdote administrando una realidad ya abierta. El centro es la sangre que inaugura una relación. Es la sangre que establece una comunión. Es la sangre que da forma a una realidad nueva.

Eso mismo resuena en las palabras del Señor Jesús: “Esto es mi sangre del nuevo pacto” (Mt. 26:28). Y también en Pablo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre” (1 Co. 11:25). La sangre de la cruz aparece así como sangre fundacional, sangre inaugural, sangre por la cual Dios abre una relación nueva con su pueblo.

Aquí conviene decir algo con mucha precisión.

No se trata de negar la designación eterna del Hijo.

No se trata de imaginar a Cristo como alguien que solo al final recibe una identidad que antes no tenía de ningún modo.

Hay una diferencia entre ser designado desde la eternidad y llegar a ser históricamente aquello para lo cual se fue designado.

Esa diferencia importa mucho.

Porque la Escritura misma nos enseña a pensar así en más de una ocasión. Cristo no era Hijo de David desde la eternidad en el sentido histórico en que lo fue dentro del mundo humano. Y, sin embargo, estaba designado para ello en el propósito eterno de Dios. Había una promesa. Había una dirección. Había una identidad señalada desde antes. Pero llegó a ser Hijo de David en la encarnación, cuando entró realmente en la línea de David dentro de la historia.

Lo mismo ocurre aquí.

Cristo no era Sumo Sacerdote desde la eternidad en el sentido histórico y funcional en que llega a serlo dentro de la economía del nuevo pacto. Estaba designado para ello en el propósito eterno de Dios. Estaba señalado para ese oficio. Estaba destinado a esa realidad. Pero una cosa es la designación eterna, y otra el momento en que se llega a ser, dentro de la historia, aquello para lo cual se fue señalado.

Ese matiz debe ser guardado con cuidado.

Porque si no se lo guarda, el orden desaparece.

Y cuando el orden desaparece, el sacerdocio se proyecta hacia atrás como si ya estuviera consumado antes de su momento.

Por eso hace falta decirlo con claridad: Cristo no muere ya ejerciendo históricamente el sumo sacerdocio del nuevo pacto como oficio plenamente constituido. Muere derramando la sangre por la cual ese pacto queda inaugurado. Muere como aquel que establece por sangre la nueva realidad. Y, habiéndola establecido así, resucita para llegar a ser el Sumo Sacerdote que la administra para siempre.

Eso no disminuye la cruz.

La sitúa correctamente.

La cruz sigue siendo decisiva, porque sin la sangre derramada no hay pacto inaugurado. Pero no debe absorber lo que pertenece a la resurrección. No debe cargar por sí sola con todo el peso de la obra posterior. No debe recibir anticipadamente aquello que pertenece al momento en que el Hijo entra en una nueva condición dentro de la historia de la redención.

Entonces la pregunta aparece con toda naturalidad:

¿cuándo fue Cristo hecho Sumo Sacerdote?

Y la respuesta, en esta línea de lectura, es clara: en la resurrección.

La resurrección no es solo el desenlace feliz después del sufrimiento. No es un apéndice glorioso añadido al final de una obra ya completa. No es simplemente la prueba de que la muerte no pudo retenerlo. Es el momento en que Cristo entra en su condición sacerdotal. Es su constitución histórica. Es el momento en que llega a ser Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

Eso da a la resurrección un peso inmenso.

Porque entonces la secuencia ya no se ve así:

primero sacerdote, luego cruz.

Se ve así:

primero sangre del pacto en la cruz, luego resurrección, luego constitución sacerdotal, luego ministerio vivo en el santuario celestial.

Ese orden importa mucho.

Porque no es lo mismo decir que un sacerdote muere, que decir que el que derramó la sangre del nuevo pacto resucita y es entonces constituido sacerdote para administrar el pacto inaugurado por su propia sangre. En el primer caso, todo se comprime. En el segundo, cada momento conserva su propia luz.

Tal vez pueda decirse así:

la cruz inaugura.

La resurrección constituye.

El sacerdocio administra.

Eso guarda la secuencia.

Eso permite que cada momento respire.

Eso impide que una sola escena absorba toda la obra de Cristo.

Y aquí aparece un punto decisivo que conviene decir con toda claridad: el nuevo pacto implica un nuevo Sumo Sacerdote.

No porque el pacto y el sacerdocio sean lo mismo.

No porque uno pueda confundirse con el otro.

Sino porque un pacto nuevo no queda suspendido en el vacío. No queda flotando sin administración. No queda abierto sin mediación viva. Si Dios ha inaugurado una nueva relación por la sangre de su Hijo, esa nueva relación exige también una nueva administración sacerdotal. Exige un ministro vivo. Exige un mediador correspondiente a la realidad que ha sido abierta.

Ese es el orden.

Primero, la sangre inaugura el nuevo pacto.

Luego, la resurrección introduce al Hijo en la condición viva necesaria para administrarlo.

Y por eso la resurrección no es solo victoria sobre la muerte. Es también el momento en que Cristo llega a ser el Sumo Sacerdote del pacto que su sangre ha inaugurado.

Ese punto ayuda mucho a oír mejor Hebreos.

Hebreos no se limita a recordar una sangre derramada. Habla de Cristo entrando, compareciendo, apareciendo, viviendo, intercediendo. Son verbos de actividad presente. Son verbos de alguien que no solo murió, sino que ahora vive en una condición nueva. No describen una memoria inmóvil. Describen una realidad actual.

Cristo “entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo” (Heb. 9:12).

Cristo “aparece ahora por nosotros ante Dios” (Heb. 9:24).

Cristo “vive siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Todo eso exige vida.

Todo eso exige resurrección.

Todo eso exige un sacerdocio vivo.

Por eso el ministerio sacerdotal no puede pertenecer simplemente al Cristo muerto considerado únicamente en la escena de la cruz. Pertenece al Cristo resucitado. Pertenece al Viviente. Pertenece a aquel que, después de haber derramado la sangre del pacto, fue constituido sacerdote y entró en la presencia de Dios para ministrar.

Aquí ayuda mucho también la diferencia entre designación y ejercicio.

Una cosa es estar señalado para un oficio.

Otra es entrar realmente en él.

Una cosa es la finalidad eterna de Dios.

Otra es el momento histórico en que esa finalidad toma forma dentro de la redención.

Y Hebreos habla precisamente en ese registro de llegada, de constitución, de ingreso, de actividad viva. No habla simplemente de una identidad eterna contemplada en abstracto, sino de una realidad que llega a manifestarse dentro de la historia del Hijo.

Eso vuelve especialmente importante la diferencia entre fuera y dentro.

Fuera del santuario, la sangre habla de inauguración.

Dentro del santuario, la sangre habla de vida sacerdotal en acción.

Esa diferencia no debe perderse.

La sangre fuera, asociada al umbral, al exterior, al momento de la muerte, corresponde a la apertura del pacto. Es la sangre que funda. Es la sangre que establece. Es la sangre que abre la puerta.

Pero la sangre dentro, en el ámbito del santuario, del altar, del propiciatorio, ya no debe leerse bajo el mismo símbolo. Allí no estamos contemplando simplemente la escena de la muerte repetida en otro lugar. Allí estamos ante la realidad del Cristo vivo en acción sacerdotal. Allí la sangre significa vida presentada, vida resucitada, vida activa en la presencia de Dios.

Por eso no conviene imaginar el cielo como si guardara solamente una memoria estática de la cruz, como si el santuario celestial fuera una especie de museo sagrado donde el pasado queda exhibido de forma inmóvil. El santuario celestial no es un memorial pasivo. Es el ámbito donde el Resucitado ministra. Allí no entra un cadáver. Entra el Viviente. Entra aquel que ha sido constituido sacerdote. Entra aquel cuya vida resucitada sostiene el ministerio del nuevo pacto.

Eso vuelve todo más claro.

La cruz no es el ejercicio pleno del sumo sacerdocio ya constituido.

La cruz es inauguración de pacto.

La resurrección es el momento de la constitución sacerdotal.

Y el santuario celestial pertenece al ministerio del Cristo vivo.

Entonces la obra de Cristo puede decirse con orden:

Cristo derrama la sangre del nuevo pacto.

Cristo resucita.

Cristo es hecho Sumo Sacerdote.

Cristo entra en el santuario celestial.

Cristo ministra como sacerdote del pacto inaugurado por su sangre.

Ese orden hace justicia a cada momento.

Y también cambia profundamente la vida del creyente.

Porque si todo se comprime en la cruz, la fe queda mirando solo hacia atrás. El creyente se relaciona principalmente con un evento pasado. Recuerda, agradece, contempla. Y ciertamente debe hacerlo. Pero todavía falta algo.

Falta el presente.

Falta el Cristo vivo.

Falta el sacerdote actual.

Falta la administración presente del pacto.

Falta el ministerio del Resucitado en el santuario celestial.

Cuando se recupera la secuencia correcta, la fe deja de ser solamente retrospectiva. Ya no mira solo a una sangre derramada en el pasado. Mira también al sacerdote vivo en el presente. Ya no se queda únicamente en el umbral del pacto inaugurado. Sigue la mirada hasta el que ahora ministra ese pacto delante de Dios.

Eso no reduce la cruz.

La completa en su movimiento.

El creyente no solo cree que algo ocurrió.

Cree también que alguien vive.

Y no solo que vive, sino que ministra.

Y no solo que ministra, sino que lo hace como Sumo Sacerdote del pacto inaugurado por su sangre.

Ese es el punto.

Una cruz sin resurrección sacerdotal deja la historia abierta, pero sin ministro.

Una resurrección sin sacerdocio reduce el triunfo a simple maravilla.

Un sacerdocio sin cruz pierde el pacto que debe administrar.

Pero cuando el orden se guarda, todo encaja.

La cruz inaugura el pacto.

La resurrección constituye al sacerdote.

El sacerdote resucitado entra al santuario.

Y allí, en la presencia de Dios, administra activamente la realidad del nuevo pacto.

Tal vez por eso la comprensión de Cristo se vuelve más hermosa cuando no se lo dice todo al mismo tiempo.

No hay que mezclar todos los símbolos.

No hay que atribuir a la cruz lo que pertenece a la resurrección.

No hay que convertir la resurrección en simple epílogo.

No hay que vaciar el sacerdocio de su momento constitutivo.

Hay que dejar que cada parte cumpla su función.

Porque cuando el orden se respeta, la teología respira.

Y entonces se ve mejor:

la sangre de la cruz es sangre de inauguración;

la resurrección es el momento en que el Hijo llega a ser Sumo Sacerdote;

y el ministerio celestial pertenece al Cristo vivo, que administra el pacto en el santuario de Dios.

Ese es el momento en que Cristo fue hecho Sumo Sacerdote.

Pero una vez dicho eso, todavía queda algo más por ver.

Porque si Cristo resucitado ha sido constituido Sumo Sacerdote, entonces debemos aprender a escuchar con nueva atención el libro que más cuidadosamente desarrolla esa realidad. Debemos volver a Hebreos no como quien busca frases aisladas, sino como quien entra en una construcción donde pacto, sacerdocio, santuario, purificación y acceso forman parte de una sola arquitectura.

Porque el sacerdocio de Cristo no aparece allí como una idea suelta.

Aparece dentro de una casa.

Aparece dentro de una secuencia.

Aparece dentro de un camino que conduce al hombre hasta la presencia de Dios.

Y quizá solo cuando esa arquitectura vuelve a ser vista, el ministerio del Cristo resucitado empieza a mostrarse en toda su amplitud.

 

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