Axioma 1: Es imposible no comunicar
Del silencio de Egipto al orden visible del santuario
Axioma 1: Es imposible no comunicar
Imagine a un hijo que lleva mucho tiempo lejos de casa. Después de años de distancia, finalmente regresa. Al acercarse, ve la mesa preparada, las lámparas encendidas y el humo de la comida elevándose desde la casa; todo parece dispuesto para recibirlo. Sin embargo, al entrar, su padre permanece en silencio. No hay abrazo inmediato; no hay palabras rápidas. Solo una mirada larga, profunda, difícil de interpretar..
El hijo comienza entonces a preguntarse qué significa ese silencio. ¿Hay enojo? ¿Hay tristeza? ¿Hay decepción? El silencio pesa, más aún cuando ha habido desencuentros previos con el ser amado. Si se tratara de un extraño, la ausencia de palabras tendría otros significados; pero aquí, el silencio está cargado de historia, memoria, amor y expectativa.
Entonces, el padre finalmente se levanta, se acerca y lo abraza. La mesa deja de ser simplemente una mesa: se convierte en señal de bienvenida, reconciliación y comunión restaurada. Las lámparas ya no son solo lámparas: anuncian que la casa estaba despierta para recibir al hijo. El silencio inicial no era ausencia de relación, sino parte del drama del encuentro. Aun antes de hablar, la casa, la mesa, las lámparas, la espera y el silencio ya estaban diciendo algo.
Esta escena doméstica ayuda a percibir algo fundamental: el silencio pesa de manera particular cuando existe una relación previa. No interpretamos del mismo modo el silencio de un extraño que el silencio de un padre, de un amigo o de alguien con quien existe una historia compartida. El silencio no tiene un solo significado en sí mismo; su sentido depende del campo relacional donde ocurre.
Por eso, cuando la Escritura describe largos períodos en los que Dios parece callar, ese silencio no debe interpretarse como ausencia. En el caso de Israel, debe comprenderse dentro de lo que Dios ya había dicho y establecido por promesa y pacto. El silencio no ocurre en el vacío: queda suspendido sobre una palabra previa de Dios, una palabra que había creado relación, memoria y esperanza.
El primer axioma de la pragmática de la comunicación afirma precisamente esto: es imposible no comunicar. Toda conducta —una palabra, un gesto, una espera, un silencio, una ausencia aparente, un movimiento, un espacio o un orden— comunica. Allí donde existe un campo de interacción, incluso el silencio habla; y cuando esa interacción descansa sobre una historia previa, el silencio se vuelve todavía más denso. El aparente «no decir nada» ya está diciendo algo.
Esta intuición abre una vía profundamente iluminadora para leer la historia bíblica que desemboca en Levítico. Dios no solo comunica mediante discursos explícitos; también comunica mediante actos, tiempos, espacios, límites, comidas, señales, mediadores, fuego y sangre. La historia que va desde Egipto hasta el santuario no es simplemente una secuencia de eventos redentores. Es también la formación progresiva de una gramática visible mediante la cual el Dios santo enseña a su pueblo cómo reconocer su presencia, cómo responder a su palabra y cómo acercarse a Él.
Dios había anunciado a Abraham que su descendencia sería extranjera en tierra ajena, que sería afligida y que después saldría con gran riqueza (Génesis 15:13–14). Durante siglos, esa promesa parece suspendida en silencio. Pero, precisamente allí, el silencio comunica. Dios no había abandonado la historia; estaba llevando adelante su palabra de manera misteriosa pero real.
Israel crecía en medio de la aflicción. La descendencia prometida se multiplicaba precisamente en el lugar de esclavitud: «los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo» (Éxodo 1:7). Y mientras más los oprimían, más se multiplicaban y crecían (Éxodo 1:12). El silencio no significaba ausencia de pacto; significaba que la promesa seguía avanzando, aun cuando todavía no había irrupción visible de la acción divina.
Incluso cuando Faraón ordena arrojar al río a los niños hebreos (Éxodo 1:22), el aparente silencio divino no indica indiferencia. La narración produce una tensión dramática porque el lector conoce la promesa hecha a Abraham. El silencio de Dios obliga a esperar, a interpretar y a recordar. La historia no está vacía de comunicación; está cargada de una palabra anterior que todavía no ha mostrado públicamente toda su fuerza.
La respuesta llega cuando el texto declara:
«Oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios» (Éxodo 2:24–25).
Ese momento no introduce una relación inexistente; revela que la relación pactal nunca había dejado de estar vigente. Dios oye, recuerda, mira y reconoce. El silencio prolongado comienza ahora a romperse mediante actos visibles de redención a favor de Israel y de juicio contra quienes se oponen a la fidelidad de Dios para con aquellos a quienes Él ha llamado suyos.
Las plagas pueden entenderse, entonces, como la ruptura pública del silencio. No son meros golpes de poder ni una simple demostración de superioridad divina. Son señales sucesivas que desarman el dominio de Faraón y revelan quién es Yahvé (Éxodo 7:5). Egipto ve juicio; Israel ve fidelidad. La misma acción comunica realidades distintas según la posición relacional de quienes la reciben.
En ese sentido, la comunicación divina no es neutra. Para Faraón, las señales son confrontación directa contra su pretensión de dominio. Para Egipto, son juicio y desmantelamiento de su falsa seguridad. Para Israel, son fidelidad, memoria y liberación. El mismo acontecimiento puede ser, al mismo tiempo, derrota para unos y salvación para otros, porque la comunicación siempre ocurre dentro de una relación y dentro de una historia.
Por eso no es necesario detenerse en cada plaga como si el argumento dependiera de una enumeración exhaustiva. Lo importante es reconocer su función dentro de esta gramática narrativa: las plagas hacen audible lo que parecía callado. El Dios que parecía silencioso ahora habla mediante agua, tierra, animales, cielo, oscuridad y muerte. La creación misma se convierte en el escenario donde Yahvé comunica que Faraón no tiene la última palabra sobre el pueblo del pacto.
Sin embargo, dentro de ese gran despliegue público hay un momento que merece atención especial: la Pascua. Allí, la comunicación divina pasa del plano macrohistórico de las señales sobre Egipto al plano doméstico de una casa marcada, una mesa preparada y un pueblo reunido para comer.
La Pascua intensifica el lenguaje simbólico y relacional de la redención. La sangre puesta en los postes y en el dintel distingue las casas (Éxodo 12:7, 13). El cordero comido en familia muestra que la liberación no produce individuos aislados, sino un pueblo reunido alrededor de una mesa (Éxodo 12:3–11). La redención queda inscrita en una escena doméstica, corporal, comunitaria y profundamente relacional: sangre, casa, comida, memoria y pertenencia.
Aquí aparece por primera vez, con gran fuerza, una forma de comunicación espacial que anticipa el santuario. Hay un dentro y un fuera. Hay una casa protegida y un mundo exterior bajo juicio. Hay sangre que marca pertenencia. Hay comida que reúne. Hay memoria que ordena el futuro. El espacio doméstico se convierte en signo visible de la relación entre Yahvé y su pueblo.
La Pascua, entonces, no solo mira hacia atrás, hacia la liberación de Egipto; también mira hacia adelante, hacia el orden cultual del santuario. En la casa pascual ya se encuentran, en forma inicial y doméstica, varios elementos que luego serán desarrollados en el lenguaje levítico: sangre, separación, comida, memoria, pertenencia y acceso protegido. La casa marcada por la sangre funciona como una primera gramática espacial de redención.
Un mismo evento revela dos realidades opuestas: protección y liberación para Israel, juicio y pérdida para Egipto. La noche pascual no comunica lo mismo a todos. Para unos abre camino hacia la libertad y el gozo; para otros expone el dolor de resistir la fidelidad redentora de Yahvé. El silencio de siglos ha sido quebrado, pero no por una palabra abstracta: ha sido quebrado mediante una casa, una mesa, una sangre y una noche de decisión.
Después, la nube y el fuego manifiestan guía, protección y presencia (Éxodo 13:21–22). El pueblo no solo ha sido sacado de Egipto; ahora es conducido por una señal visible y continua. Dios comunica dirección mediante una presencia que se mueve con ellos. La nube y el fuego son más que acompañamiento: son lenguaje espacial. Indican cuándo avanzar, cuándo detenerse, dónde está el Señor y hacia dónde se dirige el pueblo.
El Mar Rojo abierto revela juicio sobre Egipto y salvación para Israel (Éxodo 14:21–31). Allí la comunicación de Dios alcanza una intensidad decisiva: el camino que se abre para Israel se cierra sobre Egipto. La misma realidad que significa paso para el pueblo liberado significa derrota para el poder opresor. Pero, dentro del desarrollo de nuestro argumento, el Mar Rojo confirma lo que la Pascua ya había anunciado: Yahvé establece una diferencia entre quienes pertenecen al pacto y quienes se oponen a su propósito redentor.
En Sinaí, esta comunicación toma una forma nueva. El humo, el trueno, el fuego, la trompeta y los límites alrededor del monte establecen que la presencia divina es real, santa y no manipulable (Éxodo 19:16–25). Dios se acerca, pero no de cualquier manera. Habla, pero también establece distancia. Se revela, pero también delimita el acceso. La montaña se convierte en un espacio comunicativo donde cada elemento enseña algo: el fuego comunica santidad, el trueno comunica majestad, la trompeta comunica convocatoria, los límites comunican peligro y reverencia.
Aquí ya comenzamos a ver que el acercamiento a Dios necesita forma. No basta con que Dios esté presente; el pueblo debe aprender cómo responder a esa presencia. La comunicación divina no solo informa; ordena. No solo revela quién es Dios; forma un pueblo capaz de habitar ante Él.
Éxodo 24 lleva esta secuencia a su forma pactal. La lectura del libro, la respuesta del pueblo, la sangre rociada sobre el altar y sobre Israel, y la comida de los representantes delante de Dios hacen visible un pacto inaugurado:
«He aquí la sangre del pacto que Yahvé ha hecho con vosotros» (Éxodo 24:8).
Y luego el texto añade:
«Y vieron a Dios, y comieron y bebieron» (Éxodo 24:11).
Aquí, la sangre no purifica un santuario contaminado; sella una relación pactal. La mesa expresa la comunión que ese pacto abre delante de Dios. La palabra es leída, el pueblo responde, la sangre marca la relación y la comida confirma el acceso. Una vez más, Dios comunica mediante una secuencia visible y corporal: palabra, altar, sangre, pueblo y mesa.
Este punto es esencial para leer Levítico correctamente. El culto levítico no surge como el primer intento humano de alcanzar a un Dios distante. Surge después de que Dios ha hablado, ha liberado, ha hecho pacto y ha abierto una forma de comunión delante de Él. La sangre del pacto antecede al sistema de ofrendas de Levítico. La mesa del pacto antecede a la regulación cultual posterior. La relación ya ha sido establecida antes de que el libro de Levítico comience a ordenar el acercamiento.
También el orden posterior de la revelación es significativo. En Éxodo 25, Yahvé declara:
«Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos» (Éxodo 25:8).
Con esta palabra, la comunicación divina se vuelve arquitectura. Dios no solo habla desde el cielo ni solo se manifiesta en la montaña; ahora ordena la construcción de una casa santa en medio de Israel. La presencia divina será comunicada mediante un espacio visible, con centro, límites, muebles, mediadores y caminos de acceso.
Pero la construcción no comienza desde la periferia, sino desde el centro: el arca y el kappōret, el lugar desde donde Dios hablará con Moisés (Éxodo 25:10–22). El santuario se revela desde el centro hacia afuera porque el acceso no nace de la iniciativa humana, sino de la presencia y la palabra de Dios. El punto de partida no es el oferente que quiere acercarse, sino Yahvé que decide habitar y hablar en medio de su pueblo.
Aquí conviene recuperar una dimensión que no debe quedar escondida en una nota secundaria: el santuario funciona dentro de la Escritura como una recuperación provisional, cultual y pactal de la presencia perdida desde el Edén. La historia humana comienza en un espacio donde Dios y el ser humano comparten comunión. El pecado introduce expulsión, distancia y pérdida de acceso. Desde entonces, la pregunta no es solo cómo el ser humano puede ser perdonado, sino cómo puede volver a habitar ante la presencia de Dios.
En ese sentido, el tabernáculo no es un espacio religioso arbitrario. Es la casa de la presencia en medio del pueblo redimido. Su arquitectura comunica que Dios está reconstruyendo, de manera anticipada y provisional, un ámbito de encuentro. La mesa, el candelabro, el lugar santo, el velo, el arca y el altar no son simples objetos litúrgicos; son parte de una gramática espacial que anuncia que la comunión perdida no ha sido olvidada.
Así, la imagen inicial del padre, la casa, la mesa y las lámparas no es solo una ilustración emocional. Anticipa el movimiento bíblico más profundo: el Dios que parecía callar prepara una casa para habitar con su pueblo. El tabernáculo es la casa ordenada de la presencia divina, el lugar donde el silencio de la distancia comienza a transformarse en palabra, acceso, mediación y comunión.
Pero precisamente porque el santuario comunica presencia, también comunica santidad. La casa de Dios no es un espacio disponible para la improvisación humana. Su cercanía no elimina su majestad. Su deseo de habitar en medio del pueblo no convierte el acceso en algo casual. Por eso, junto con el lugar santo, Dios establece mediadores autorizados.
La ordenación sacerdotal confirma lo mismo. Aarón y sus hijos son apartados, vestidos, ungidos y consagrados para servir delante de Yahvé (Éxodo 28–29; Levítico 8). El sacerdocio manifiesta que el acercamiento requiere mediación autorizada; la presencia santa no se administra de manera espontánea. Las vestiduras, la unción, la sangre y el rito de consagración comunican que nadie se aproxima a Dios por iniciativa propia ni en sus propios términos.
Yahvé había ordenado la consagración de Aarón y de sus hijos mediante lavamiento, vestiduras, unción y sangre (Éxodo 29:1–37). Luego, en Levítico 8, esas instrucciones son ejecutadas públicamente delante de toda la congregación. Moisés lava, viste, unge y consagra a Aarón y a sus hijos (Levítico 8:1–36). También el altar y los instrumentos del culto son apartados para servir delante de la presencia santa. Todo comunica la misma realidad: el acceso no nace de iniciativa humana; Dios mismo establece el lugar, los mediadores, el altar y el modo de acercamiento.
El santuario, entonces, debe entenderse como un sistema formal de comunicación cultual. El altar, la sangre, el fuego, la comida, el sacerdote, el incienso, los límites y los tiempos sagrados forman una gramática visible. Cada elemento tiene una función. Cada gesto significa algo. Cada movimiento ocurre dentro de un orden. El culto no es una colección de acciones religiosas sueltas, sino un lenguaje ordenado por Dios para preservar la comunión entre el Dios santo y el pueblo que le pertenece.
Solo después de esa preparación llega el octavo día (Levítico 9:1). Aarón ofrece las ofrendas delante de Yahvé: presenta la ofrenda por el pecado, el holocausto y el sacrificio de paz conforme al mandato recibido (Levítico 9:7–21). Luego, Moisés y Aarón bendicen al pueblo; la gloria de Yahvé aparece delante de toda la congregación, y fuego sale de delante de Yahvé para consumir el holocausto y las porciones sobre el altar (Levítico 9:22–24). El pueblo grita y cae sobre sus rostros.
La escena constituye una comunicación perfecta dentro del sistema que Dios ha establecido. Yahvé ha hablado; Moisés ha obedecido; Aarón ha ministrado; las ofrendas han sido presentadas conforme al mandato; la bendición ha sido pronunciada; la gloria aparece; el fuego divino consume lo puesto sobre el altar. La respuesta de Dios confirma públicamente que el culto ordenado ha sido aceptado.
El fuego divino no inaugura una relación inexistente; confirma el acceso ya establecido y la aceptación divina. Es la señal visible de que la gramática del santuario está funcionando conforme a la palabra de Yahvé. El pueblo comprende el mensaje: grita y cae sobre su rostro. La comunicación ha cerrado su circuito: Dios ordena, el sacerdote responde, el fuego confirma, el pueblo adora.
Pero inmediatamente después aparece el contraste. Nadab y Abiú ofrecen fuego extraño delante de Yahvé, «que Él nunca les mandó» (Levítico 10:1). Entonces, sale fuego de delante de Yahvé y los consume (Levítico 10:2). Allí donde Levítico 9 muestra obediencia cultual y aceptación divina, Levítico 10 muestra el peligro de introducir una señal no autorizada dentro de la gramática del santuario.
El problema no es meramente ritual, como si se tratara de una infracción ceremonial externa. Tampoco debe reducirse a una escena aislada de castigo. La gravedad del episodio se entiende mejor cuando se observa su ubicación narrativa. Justo después de que Dios ha confirmado el culto ordenado mediante fuego santo, Nadab y Abiú introducen un fuego que Yahvé no había mandado. En términos comunicacionales, su acto produce una interferencia fatal en el lenguaje recién establecido del santuario.
El fuego de Levítico 9 comunica aceptación divina; el fuego extraño de Levítico 10 comunica iniciativa autónoma. El primero responde a la palabra de Dios; el segundo introduce una señal no reconocida por el sistema que Dios mismo acaba de ordenar. Por eso la respuesta divina también viene mediante fuego. El mismo signo que había confirmado la comunión ordenada ahora juzga la alteración del acceso.
Nadab y Abiú no simplemente “hicieron algo diferente”; hablaron mal dentro del lenguaje santo del santuario. Usaron un signo que no les pertenecía. Introdujeron una señal que no procedía del mandato divino. Por eso, su acción no puede ser interpretada como creatividad litúrgica, sino como ruptura del orden comunicativo del culto. En la casa de la presencia, no toda señal es válida. En el santuario, no toda iniciativa comunica obediencia.
Este contraste ilumina de manera decisiva la lectura de Levítico 1. Las ofrendas no representan el primer intento de acercamiento a un Dios distante. Surgen dentro de un mundo donde el pacto ya existe (Éxodo 24:3–11), la gloria ya habita el santuario (Éxodo 40:34–38), el altar ya ha sido santificado (Éxodo 40:10; Levítico 8:11), el sacerdocio ya ha sido consagrado (Éxodo 29:1–37; Levítico 8:1–36) y el fuego divino ya ha descendido sobre el altar (Levítico 9:24). Las ofrendas funcionan, entonces, como el lenguaje ordenado mediante el cual el pueblo responde al Dios que ya mora en medio de ellos.
Así, cuando Levítico comienza, Yahvé habla desde la tienda de reunión:
«Y llamó Yahvé a Moisés, y habló con él desde la tienda de reunión» (Levítico 1:1).
El libro no empieza con un pecador aislado buscando cómo llegar a Dios, sino con Dios hablando desde el santuario que Él mismo mandó construir, dentro de una relación pactal ya inaugurada, para ordenar el acceso de un pueblo que ya le pertenece.
Este detalle es fundamental. Levítico no comienza fuera de la casa, sino desde dentro del Lugar de Encuentro. La voz que organiza el culto no viene desde una distancia indefinida, sino desde la morada que Yahvé ha llenado con su gloria. El Dios que parecía silencioso en Egipto ahora habla desde el centro de la comunión restaurada. El silencio de la esclavitud ha desembocado en palabra cultual; la casa preparada ya tiene voz.
Y aun dentro del culto, el silencio sigue comunicando. Levítico 16 no interrumpe esta gramática visible del santuario; la lleva a una de sus expresiones más solemnes. En el día de Yom Kippur, el sumo sacerdote entra solo al Lugar Santísimo. No hay comida compartida; no hay celebración abierta; no hay escena de comunión festiva. Precisamente esa ausencia comunica.
Pero este silencio no es igual al silencio de Egipto. En Egipto, el silencio podía sentirse como abandono, demora o ausencia. Era un silencio prolongado, abierto, difícil de soportar, sostenido solamente por la memoria de la promesa. En Yom Kippur, en cambio, el silencio es ritual, ordenado y delimitado. No es el silencio de una relación rota, sino el silencio solemne de una relación que sabe que el acceso debe ser preservado.
El sumo sacerdote entra solo, no porque Dios haya dejado de habitar con su pueblo, sino porque la presencia santa requiere purificación del espacio de encuentro. Todo Israel espera afuera mientras el sacerdote ministra a favor del pueblo. Esa espera también forma parte del lenguaje del rito: el pueblo no entra, no come y no celebra todavía; aguarda mientras el ámbito de la comunión es purificado.
La purificación recae sobre el santuario —el Lugar Santísimo, la tienda de reunión, el altar y todo el ámbito donde Dios se encuentra con su pueblo— para que el acceso sea preservado y la comunión pueda continuar. El silencio del Lugar Santísimo enseña reverencia, dependencia y expectativa. Allí, la ausencia de comida no niega la comunión; muestra que la comunión necesita ser protegida.
Por eso, la solemnidad silenciosa de Yom Kippur no representa el destino final del culto. Su función no es reemplazar la comunión, sino preservarla. La ausencia de comida y celebración no niega el carácter relacional del culto; lo protege hasta que el acceso pueda ser renovado. El silencio no es vacío, sino servicio. No es abandono, sino purificación. No es clausura, sino preparación para que la vida cultual continúe.
Después de que la purificación ha sido realizada y el santuario ha sido limpiado, reaparece el holocausto como señal de restauración cultual, acceso renovado y aceptación delante de Yahvé (Levítico 16:23–25). El silencio solemne de la purificación cede así a un nuevo comienzo: el santuario —el Lugar de Encuentro— ha sido limpiado, el acceso ha sido preservado y la comunión puede volver a celebrarse con gozo delante de Yahvé.
Desde esta perspectiva, el primer axioma no se impone artificialmente sobre Levítico; solo ayuda a nombrar algo que la narración bíblica ya ha mostrado desde Abraham hasta el tabernáculo: toda conducta comunica, pero su significado se comprende mejor cuando se reconoce que ocurre dentro de una historia compartida. En el campo de acción de Dios, aun el silencio habla; no desde el vacío, sino como parte de una historia marcada por la palabra fiel de Dios.
Dios se revela mediante palabras, silencios, actos, espacios, mesas, límites y mediadores. En Egipto, el silencio comunica dentro de la promesa. En las plagas, la creación comunica juicio y liberación. En la Pascua, la casa comunica pertenencia mediante sangre y comida. En Sinaí, el monte comunica santidad mediante fuego, humo y límites. En Éxodo 24, el altar, la sangre y la mesa comunican pacto. En Éxodo 25, el santuario comunica presencia. En Levítico 8–9, el sacerdocio, el altar y el fuego comunican acceso autorizado y aceptación. En Levítico 10, el fuego extraño comunica la gravedad de alterar la gramática santa del culto. En Levítico 16, el silencio comunica purificación y preservación del encuentro.
Levítico prolonga esa gramática visible y la concentra en el culto. El altar, la sangre, el fuego, la comida, el sacerdote y el santuario enseñan corporal y espacialmente cómo el Dios santo abre, protege, restaura y celebra la comunión con su pueblo.
Por eso, Levítico 1 no debe leerse como si comenzara con el problema abstracto de un individuo que desea acercarse a Dios sin saber cómo hacerlo. El libro comienza con una realidad mucho más rica: Yahvé ya ha redimido, ya ha hecho pacto, ya ha mandado construir su morada, ya ha llenado el tabernáculo con su gloria, ya ha consagrado el altar, ya ha establecido el sacerdocio y ya ha confirmado el culto mediante fuego. Desde esa casa santa, Yahvé llama y habla.
El movimiento completo va del silencio cargado de promesa al orden visible del santuario. Va de la esclavitud en casa ajena a la morada de Dios en medio del pueblo. Va de la pregunta angustiosa —«¿ha olvidado Dios?»— a la voz que habla desde la tienda de reunión. Va de la casa pascual marcada por sangre a la casa santa donde la presencia divina ordena el acceso. Va del silencio ambiguo de la espera al silencio solemne de la purificación. Va de la distancia al encuentro.
Y en todo ese camino, Dios comunica.
No solo cuando habla.
También cuando calla.
También cuando espera.
También cuando marca una casa con sangre.
También cuando prepara una mesa.
También cuando enciende fuego sobre el altar.
También cuando delimita el espacio santo.
También cuando guarda silencio en el Lugar Santísimo.
Porque en la historia del Dios del pacto, incluso el silencio no es ausencia. Es parte de la gramática de una comunión que Él mismo abre, protege y conduce hacia su plenitud.
Notas
[1] Conviene distinguir entre campo comunicativo y vínculo pactal. El axioma 1 no requiere que exista una relación de pacto para que haya comunicación; basta con que exista una situación de interacción donde los actos, silencios o ausencias adquieran significado. Egipto no participaba del pacto de Yahvé con Abraham, Isaac y Jacob, pero sí fue incorporado al drama comunicativo de la redención y del juicio. Por eso, los mismos actos de Dios comunicaban cosas distintas según la posición de cada participante: para Israel, fidelidad y liberación; para Egipto, juicio y derrota; para Faraón, confrontación directa con el Dios que decía no conocer.
[2] Sobre la relación entre tabernáculo y Edén, véase L. Michael Morales, Who Shall Ascend the Mountain of the Lord? A Biblical Theology of the Book of Leviticus, New Studies in Biblical Theology 37 (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2015), especialmente los capítulos «Longing for Eden» y «Returning to Eden». La idea ha sido integrada aquí no como una digresión sobre Génesis 2–3, sino como marco espacial para comprender el tabernáculo como recuperación provisional, cultual y pactal del acceso a la presencia de Dios.

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