¿Dónde encaja mi teoría de la expiación?



¿Dónde encaja mi teoría de la expiación?

Mi propuesta no encaja de manera exacta dentro de ninguna de las grandes teorías clásicas de la expiación desarrolladas a lo largo de la historia de la iglesia. No obstante, tampoco afirmo que todos sus elementos sean completamente nuevos o que nadie antes haya visto aspectos semejantes. Muchos de los componentes que forman mi modelo aparecen de manera dispersa en distintos momentos de la tradición cristiana.

Por ejemplo, Ireneo desarrolló con fuerza la idea de Cristo como aquel que recapitula y restaura a la humanidad. Atanasio enfatizó la victoria de Cristo sobre la muerte y la restauración de la vida humana. La tradición de Christus Victor subrayó la derrota de los poderes del pecado y de la muerte. Asimismo, en la interpretación antigua de Hebreos encontramos claramente a Cristo como Sumo Sacerdote permanente, vivo delante de Dios, ministrando en el verdadero santuario y abriendo el acceso a la presencia divina.

Por tanto, no sostengo que la historia de la iglesia haya carecido completamente de estas ideas. Lo que sostengo es algo más específico: no encuentro que estos elementos hayan sido reunidos y desarrollados como una sola arquitectura de la expiación organizada desde la lógica del pacto, del sistema levítico, del sacerdocio y del santuario, cuyo propósito final sea el encuentro restaurado entre Dios y la humanidad.

Ese es el lugar donde considero que mi propuesta adquiere su carácter distintivo.

No estoy proponiendo simplemente otra variante de Christus Victor

Mi modelo tiene afinidad con Christus Victor, porque entiendo que Cristo vence al pecado y a la muerte. Sin embargo, la victoria no constituye el punto final de la obra de Cristo.

La muerte conduce a la resurrección. La resurrección manifiesta la vida indestructible de Cristo. Esa vida indestructible está vinculada a su sacerdocio permanente. El sacerdocio conduce al santuario celestial. Y el ministerio de Cristo en el verdadero santuario abre el acceso de la humanidad a Dios.

Por eso, en mi modelo, la victoria sobre la muerte pertenece a un movimiento mucho mayor.

Tampoco estoy proponiendo simplemente una recapitulación de Ireneo, aunque encuentro una afinidad profunda con ella. Cristo es la humanidad fiel y restaurada. En él, el ser humano vuelve delante de Dios. Pero yo intento desarrollar esa restauración desde la gramática específica que proporcionan Levítico, los pactos y Hebreos.

La restauración de la humanidad no es solamente antropológica. Es también cultual y sacerdotal: la humanidad vuelve al Lugar de Encuentro.

La originalidad no está necesariamente en cada pieza, sino en la arquitectura

No considero que cada elemento de mi propuesta sea una novedad histórica.

No es nuevo decir que Cristo venció a la muerte.

No es nuevo decir que Cristo restauró a la humanidad.

No es nuevo afirmar que Cristo es el Sumo Sacerdote celestial.

No es nuevo decir que existe un verdadero santuario y que Cristo abre el acceso a Dios.

No es nuevo reconocer la importancia de la resurrección, la ascensión y la intercesión.

Lo que considero distintivo es la manera en que todas estas realidades se relacionan dentro de una sola secuencia bíblico-teológica.

La arquitectura que propongo puede expresarse así:

Fidelidad relacional de Dios

Muerte de Cristo

Nuevo Pacto inaugurado

Remisión de pecados

Victoria sobre el pecado y la muerte

Resurrección — vida indestructible

Nuevo sacerdocio

Ascensión y presentación celestial

Purificación de la conciencia

Apertura del verdadero Lugar de Encuentro

Acceso del nuevo pueblo a Dios

Comunión y gozo en su presencia

En otras palabras, la muerte de Cristo no es para mí el final de la expiación ni el punto en el que todos los demás acontecimientos se vuelven simples consecuencias secundarias. La muerte inaugura el Nuevo Pacto. Y precisamente porque ese pacto ha sido inaugurado, se despliega todo lo que sigue: resurrección, sacerdocio, ascensión, purificación, acceso y formación del nuevo pueblo.

Mi punto de partida también es diferente

Una diferencia decisiva entre mi propuesta y la sustitución penal es que no parto de la imagen de un tribunal.

La lógica penal suele construirse aproximadamente así:

pecado → culpabilidad → justicia retributiva → castigo → sustituto → pago → absolución.

Mi propuesta sigue otro movimiento:

pecado y separación → fidelidad de Dios → pacto → remisión → victoria → vida → sacerdocio → purificación → acceso → presencia → comunión.

Por eso no creo que estemos simplemente ofreciendo respuestas distintas a una misma pregunta. En buena medida estamos comenzando con preguntas diferentes.

La pregunta central del modelo penal suele ser:

¿Cómo puede Dios perdonar al culpable sin dejar impune el pecado?

Mi pregunta es diferente:

¿Cómo lleva el Dios fiel a la humanidad desde el pecado, la muerte y la separación hasta su presencia, de manera que pueda volver a vivir en relación con Él?

Ese cambio de pregunta modifica necesariamente el significado de la expiación.

No comienzo en el tribunal; comienzo en el santuario

Por esta razón, mi marco de interpretación no es principalmente judicial, sino relacional, pactual, cultual y sacerdotal.

No comienzo imaginando una deuda jurídica que tiene que ser pagada. Comienzo con un Dios que desea habitar en medio de su pueblo.

Esto convierte al sistema levítico en algo fundamental.

Levítico no es para mí un sistema diseñado principalmente para explicar cómo Dios castiga al pecador. Es un sistema de adoración que organiza el encuentro entre Dios y su pueblo.

Pacto, Lugar de Encuentro y sacerdocio constituyen las condiciones fundamentales de ese sistema.

Las distintas ofrendas tampoco expresan exactamente lo mismo. Cada una cumple una función particular dentro de la arquitectura cultual. Por eso considero un error comprimir todo Levítico en una única explicación sacrificial basada en muerte, castigo y sustitución.

El movimiento del sistema conduce hacia la presencia de Dios.

Y esa lógica alcanza su realidad plena en Cristo.

La cruz inaugura el Nuevo Pacto

En mi lectura, la muerte de Cristo debe entenderse primariamente como la muerte mediante la cual queda inaugurado el Nuevo Pacto.

El orden es fundamental:

sangre derramada → pacto inaugurado → remisión de pecados.

La remisión no ocurre porque Dios haya recibido un pago equivalente al pecado. La remisión pertenece a la promesa del Nuevo Pacto.

Por eso la sangre de Cristo no funciona como una moneda de intercambio mediante la cual Dios cobra una deuda. Es la sangre del pacto.

Cristo muere y el pacto entra en vigor.

Entonces puede cumplirse la promesa:

«Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus transgresiones».

La remisión es una cláusula del pacto inaugurado, no el resultado de una satisfacción punitiva previa.

Pero la historia no termina en la cruz

La muerte de Cristo conduce a la resurrección.

Y considero que este punto ha sido frecuentemente subestimado en muchas construcciones occidentales de la expiación.

Cristo no simplemente muere y deja terminada toda su obra.

Resucita.

Y esa resurrección no es solamente la confirmación de que Dios aceptó algo que ocurrió anteriormente. La resurrección posee una función propia dentro de la obra redentora.

Cristo posee ahora el poder de una vida indestructible.

La muerte no pudo retenerlo.

El pecado actuó contra el Justo y descargó contra él toda su violencia, pero no logró convertirlo en servidor del pecado. Cristo permaneció fiel incluso hasta la muerte.

Por eso la resurrección es victoria, pero es más que victoria.

Es también el momento que conduce al establecimiento de su sacerdocio permanente.

El Cristo resucitado es el Sumo Sacerdote

Aquí Hebreos adquiere para mí una importancia decisiva.

Cristo vive para siempre.

Y precisamente porque vive para siempre puede ejercer un sacerdocio que nunca termina.

Por eso entiendo la secuencia de Hebreos de esta manera:

Nuevo Pacto → nuevo sacerdocio → nuevo acceso → nueva ley → nuevo pueblo.

La resurrección permite que Cristo se presente como el sacerdote de la humanidad delante de Dios.

Su sacerdocio no pertenece simplemente a la cruz. Pertenece especialmente a su condición de Cristo resucitado y ascendido.

Cristo vive delante de Dios.

Intercede.

Sostiene el acceso.

Mantiene abierta la relación entre Dios y su pueblo.

La ascensión es parte de la expiación

Por eso tampoco considero la ascensión como un simple epílogo glorioso después de que todo se hubiera completado en la cruz.

Cristo asciende al verdadero santuario.

Se presenta delante de Dios.

Entra en el verdadero Lugar de Encuentro.

Allí aparece otra dimensión fundamental de mi modelo: la purificación.

Hebreos habla de la purificación de la conciencia para servir al Dios vivo.

Yo no entiendo esto primariamente como la eliminación de un sentimiento psicológico de culpabilidad. Es una realidad cultual.

La conciencia queda limpia porque el obstáculo que impedía el acceso ha sido removido.

El creyente puede acercarse.

Puede servir.

Puede entrar.

Puede permanecer en la presencia de Dios.

La meta no es simplemente ser perdonado

Esto quizá sea uno de los puntos más importantes de mi propuesta.

El perdón es esencial, pero no es la meta final.

La purificación tampoco es la meta final.

La victoria sobre el pecado tampoco es la meta final.

El sacerdocio tampoco es la meta final.

Todo ello conduce hacia algo:

el encuentro con Dios.

La purificación existe para que haya acceso.

El acceso existe para que haya presencia.

La presencia conduce a la comunión.

Y la comunión conduce al gozo.

Por eso entiendo el movimiento de la expiación de esta manera:

purificación → acceso → acogida → comunión → gozo.

El ser humano no queda simplemente «sin deuda».

Es llevado delante de Dios.

Es recibido.

Es restaurado a la relación para la cual fue creado.

El propiciatorio también debe entenderse desde esa lógica

Por eso mi lectura del hilasterion tampoco comienza con la idea de satisfacer la ira de Dios.

El propiciatorio pertenece al Lugar Santísimo.

Está relacionado con el arca, los querubines, el trono, la revelación de Dios y el encuentro.

Las alas extendidas de los querubines me parecen especialmente significativas.

La meta de la purificación no consiste simplemente en declarar al adorador limpio y dejarlo fuera.

El adorador es limpiado para acercarse.

El movimiento es:

purificación → llegada al propiciatorio → acogida bajo las alas → acceso → comunión.

Por eso ser «cubierto» no tiene que significar simplemente que el pecado queda escondido de la vista de Dios. También puede expresar acogida, protección y recepción en el ámbito de su presencia.

Y el sacrificio termina en la comunión

Este principio también modifica mi manera de entender el sacrificio.

No considero que el sacrificio deba definirse exclusivamente por la muerte del animal.

En el sistema levítico, el Zébaḥ Šelāmîm muestra algo fundamental: el sacrificio culmina en la mesa.

Hay comunión.

Hay comida.

Hay participación.

Hay gozo ante Dios.

Por eso considero que la lógica sacrificial alcanza su telos cuando Dios y su pueblo pueden participar nuevamente de la comunión.

En la vida cristiana, esta realidad se manifiesta en la Mesa del Señor.

La Mesa no crea nuestra comunión con Cristo. Desde la conversión ya participamos de esa realidad. La Cena del Señor hace visible comunitariamente esa comunión.

Por tanto, la expiación no termina en un tribunal con una sentencia que dice «absuelto».

Termina, por decirlo gráficamente, en la casa, en la presencia, en la mesa.

Por eso denomino mi propuesta Expiación Relacional-Pactual

La llamo Expiación Relacional-Pactual porque considero que la fidelidad relacional de Dios constituye su fundamento y el Nuevo Pacto constituye su estructura histórica y redentora.

Pero podría describirse con mayor amplitud como un modelo:

relacional, pactual, cultual y sacerdotal de restauración.

No pretendo afirmar que he descubierto una doctrina completamente desconocida durante dos mil años.

Sería históricamente imprudente afirmarlo.

Lo que sí propongo es que muchos elementos bíblicos que la tradición cristiana ha reconocido por separado necesitan volver a integrarse dentro de la propia arquitectura de las Escrituras.

La victoria de Cristo.

La restauración de la humanidad.

El Nuevo Pacto.

La remisión de pecados.

La resurrección.

La vida indestructible.

El nuevo sacerdocio.

La ascensión.

El santuario celestial.

La purificación.

La intercesión.

El acceso.

La comunión.

Todos estos elementos pertenecen a una misma historia.

Por eso quizá sea más preciso describir mi trabajo no simplemente como la creación de «otra teoría de la expiación», sino como una reconstrucción bíblico-teológica de la expiación desde las categorías propias de las Escrituras.

Mi propósito es permitir que Levítico, los profetas, los Evangelios, Pablo y Hebreos dialoguen entre sí sin imponerles previamente una arquitectura jurídica que determine de antemano lo que deben significar.

Y si tuviera que condensar toda mi propuesta en una sola afirmación, la expresaría así:

La expiación es la obra del Dios fiel mediante la cual, por la muerte de Cristo, inaugura el Nuevo Pacto para remisión de pecados; por su resurrección vence la muerte y establece al Cristo viviente en su sacerdocio permanente; por su ascensión y ministerio celestial purifica la conciencia y abre el verdadero Lugar de Encuentro; y en él lleva nuevamente a la humanidad a su presencia, para vivir en santidad, fidelidad, acceso, comunión y gozo delante de Dios.

Por eso, para mí, la expiación no comienza con la necesidad de que Dios reciba un castigo y no termina con una deuda pagada. Comienza en la fidelidad relacional de Dios y culmina en el encuentro gozoso entre el Adorado y el adorador.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Levítico 1, la ofrenda aceptada y el gozo del acceso cultual

1) ¿Testamento o pacto en Hebreos 9? La palabra que cambia el mundo

Axioma 3: La relación depende de cómo se puntúan las secuencias