EL SANTUARIO CELESTIAL FUE PURIFICADO
Cuando el santuario abre sus puertas
La purificación de los lugares celestiales
Hay una afirmación en Hebreos que puede permanecer escondida a plena vista.
Tal vez hayamos leído la carta muchas veces sin detenernos en ella. Tal vez nunca nadie nos haya señalado lo extraño de sus palabras.
Pero allí está.
Hebreos 9:23 habla de la necesidad de purificar no solamente las figuras terrenales, sino también “las cosas celestiales mismas”.
La expresión resulta desconcertante.
¿Purificar las cosas celestiales?
La palabra nos lleva casi instintivamente hacia la suciedad. Si algo necesita purificación, pensamos que algo lo contaminó. Entonces comenzamos a imaginar problemas en el cielo que el texto nunca menciona.
Quizá convenga hacer algo más sencillo.
Regresar al santuario terrenal.
Antes de que Israel comenzara a acercarse regularmente al tabernáculo, hubo un día en que todo empezó.
La estructura ya estaba levantada. Las cortinas ocupaban su lugar. Los utensilios habían sido fabricados. El altar estaba allí.
Pero estar construido no era lo mismo que estar inaugurado.
Levítico 8 nos lleva hasta ese momento.
Moisés consagra el tabernáculo y cuanto hay en él con el aceite de la unción. Después se acerca al altar y aplica la sangre sobre sus cuernos. El texto dice que lo purifica y lo consagra.
El altar era nuevo.
No se estaba corrigiendo una larga historia de contaminación.
Estaba siendo preparado para comenzar su servicio.
Aquella purificación pertenecía al día de su inauguración.
A partir de entonces, el altar ya no sería simplemente una estructura colocada en el atrio. Entraría en la función para la cual había sido apartado.
El culto podía comenzar.
Hebreos vuelve sobre aquel comienzo y añade un detalle significativo. Al recordar la instauración del antiguo orden, afirma que Moisés roció con sangre “el tabernáculo y todos los vasos del ministerio” (Hebreos 9:21).
Es dentro de esa memoria inaugural donde, apenas dos versículos después, aparece la afirmación acerca de las cosas celestiales.
La proximidad merece atención.
El autor acaba de recordar cómo fue preparado el santuario terrenal cuando escribe que las realidades celestiales requerían una purificación superior.
Y entonces continúa:
“Porque Cristo no entró en un santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Hebreos 9:24).
Ese “porque” es importante.
Hebreos 9:24 no abandona el asunto del versículo anterior. Lo desarrolla.
Después de hablar de la purificación de las realidades celestiales, el autor nos muestra a Cristo entrando.
No describe qué clase de suciedad había que retirar del cielo.
Describe la llegada del Sumo Sacerdote.
Tal vez allí se encuentre la clave.
La purificación celestial puede estar hablando del momento en que el verdadero santuario es inaugurado para la realidad que el antiguo solo había anticipado.
El santuario terrenal había tenido su comienzo.
Ahora el verdadero recibe a su Sacerdote.
Y entonces una frase del Evangelio de Juan comienza a sonar de una manera distinta.
La noche antes de morir, Jesús dijo a sus discípulos:
“En la casa de mi Padre muchas moradas hay”.
Y luego añadió:
“Voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Juan 14:2).
Siempre me ha llamado la atención la tensión entre ambas afirmaciones.
La casa ya existe.
Las moradas ya existen.
Sin embargo, el lugar todavía debe ser preparado.
Entonces quizá preparar no signifique construir.
Quizá el problema nunca fue que en el cielo faltaran habitaciones.
Jesús mismo explica hacia dónde conduce su partida:
“para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3).
La preparación tiene un destinatario.
Vosotros.
Jesús va hacia el Padre para que después sus discípulos puedan estar donde él está.
Leída junto a Hebreos, la promesa adquiere una posibilidad profundamente sugerente.
Quizá el “voy a preparar lugar para vosotros” encuentre su cumplimiento precisamente en aquello que Hebreos describe como la entrada de Cristo en el cielo mismo.
El lugar no necesitaba ser creado.
Necesitaba ser preparado para nosotros.
El Hijo entra primero.
Y entra, según Hebreos, “por nosotros”.
Juan y Hebreos parecen encontrarse en ese punto.
“Voy a preparar lugar para vosotros”.
“Para presentarse ahora por nosotros ante Dios”.
La dirección es la misma.
Cristo va hacia la presencia del Padre, y su ida tiene en vista a quienes serán llevados hasta allí.
Entonces llegamos a Hebreos 10.
Y el lenguaje cambia.
Ya no se habla solamente de la entrada de Cristo.
Ahora se habla de la nuestra.
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo…” (Hebreos 10:19).
Para alguien formado por el antiguo santuario, esas palabras debían resultar asombrosas.
Durante generaciones, el Lugar Santísimo había permanecido detrás de una cortina.
Su existencia declaraba que Dios habitaba en medio de su pueblo.
Su límite recordaba que no todos podían atravesar aquella frontera.
Ahora Hebreos dice:
“teniendo libertad para entrar”.
Y enseguida habla de un “camino nuevo y vivo”, de un gran Sacerdote sobre la casa de Dios y, finalmente, pronuncia la invitación:
“acerquémonos” (Hebreos 10:22).
Ese llamado permite mirar hacia atrás y comprender el recorrido.
Primero hubo un santuario terrenal que debió ser consagrado antes de comenzar su servicio.
Después Hebreos habló de la purificación de las realidades celestiales.
Inmediatamente mostró a Cristo entrando en el cielo mismo.
Jesús había dicho que iba a preparar lugar para los suyos.
Y ahora sus hermanos son invitados a entrar.
Quizá entonces la pregunta inicial estaba mal formulada.
Al leer Hebreos 9:23 preguntábamos:
¿qué había que limpiar en el cielo?
Pero tal vez deberíamos haber preguntado:
¿qué estaba siendo preparado allí?
La respuesta no nos conduce hacia una contaminación desconocida.
Nos conduce hacia los adoradores.
El verdadero santuario estaba siendo inaugurado para recibir al pueblo del Nuevo Pacto.
Eso hace que las palabras de Jesús adquieran una profundidad extraordinaria.
“Voy a preparar lugar para vosotros”.
No porque la casa del Padre estuviera incompleta.
La casa ya estaba allí.
No porque faltara espacio.
Había muchas moradas.
La preparación consistía en abrir para los suyos aquello que hasta entonces ninguna arquitectura terrenal había podido ofrecer plenamente: entrada a la presencia de Dios.
Cristo fue delante.
Por eso nosotros podemos acercarnos.
Y quizá esa sea la mejor manera de comprender la misteriosa purificación de las cosas celestiales.
No como la limpieza de un cielo contaminado.
Sino como la inauguración del verdadero Lugar de Encuentro.
Un santuario preparado para recibir adoradores.
Una casa preparada para recibir hijos.
Un camino abierto hacia la presencia del Padre.
Por eso la historia termina con una invitación:
acerquémonos.

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